Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 40
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Una hora más tarde, Ruth recibió otro correo de Harper, con otros tres archivos de audio adjuntos. El mensaje rezaba: «Dijo que me esperara una hora antes de enviar este correo, para que tuvieras tiempo de asimilarlo todo». Ruth tragó y pulsó el botón de reproducción.

«Hola de nuevo. Lo sé, lo sé, soy como un sarpullido persistente, que siempre vuelve a salir.

Pero, oye, cuando me hablaste de tu padre, me dijiste: “Te queda poco tiempo de vida, ¡podrías colaborar!”.

Pues tienes razón. Ruth, tuvimos nuestros momentos, pero estoy satisfecha con el trabajo que has hecho, y bueno, tal vez vea un poquitín de mí en ti.

La vida te ha jugado una mala pasada y me gustaría ayudarte a inclinar la balanza a tu favor.

O sea que aquí tienes el giro inesperado.

Voy a grabar dos mensajes de audio, uno en el que confesaré el asesinato de tu padre y otro en el que lo negaré.

Puedes utilizar el que quieras, me da igual.

Es sencillo, de hecho, puedes optar por la verdad, y estará bien.

Es un gran pódcast, a pesar de todo. Sin embargo, seguirás siendo el blanco de tu hermana, su familia y la policía.

O bien puedes aprovechar la confesión para dar al pódcast un final explosivo.

Ruth Robinson: ¿la periodista que resolvió el asesinato de su propio padre?

Piensa en los libros, los artículos, tu propio programa de televisión si te hace ilusión.

De este modo tendrías la vida solucionada.

Pero, claro, tendrías un secreto. Y tendrías que aceptar que tu hermana no comparecería ante la justicia.

Por tanto, la decisión es tuya, Ruth. He tomado muchas decisiones difíciles en mi vida; eso forma parte de la edad adulta.

Ahora ha llegado el momento de tomar el control de tu propio destino.

De nuevo, gracias por todas las risas. Ha sido una experiencia brutal».

Ruth se quedó mirando los otros dos archivos de audio, sin molestarse en abrirlos. Ya sabía qué contenían. La verdad y una confesión falsa. ¿Acaso Daphne le ponía una última prueba? ¿O era un simple obsequio? Tratándose de Daphne St. Clair, la respuesta era siempre ambas cosas.

Poco a poco, mecánicamente, Ruth se puso una camiseta de tirantes y un pantalón vaquero corto y se calzó las sandalias.

A continuación, salió del piso y empezó a andar, mirando el mundo sin ver nada, mientras meditaba sobre todo ello.

Los coches circulaban veloces junto a ella, dejando estelas de aire caliente a su paso, pero lo único que sentía era la acera agrietada bajo sus pies.

Daphne le había dejado con una elección imposible.

Ruth podía utilizar la confesión falsa. Daphne ahora estaba muerta; no le afectaría ni una cosa ni la otra.

Ruth estaría a salvo de Lucy, que jamás sabría que ella creía que era una asesina.

Y eso a Ruth le reportaría fama y una carrera con un sinfín de posibilidades.

Habría dinero, dinero a raudales. Para ella. Para su madre.

O bien podía poner la verdad sobre la mesa.

Tenía la oportunidad de hacerlo bien, de investigar a su media hermana y defender sus argumentos contra la verdadera asesina.

Incluso podría ganar una herencia en el proceso judicial.

Al fin y al cabo, según la doctrina del slayer rule , vigente en Estados Unidos, Lucy no podría recibir la herencia si era declarada culpable.

Por supuesto, sería difícil, tal vez imposible, pero Ruth sabría que había sido fiel a sí misma y había hecho lo correcto para con su padre e incluso con Daphne.

Y podría vivir sin esconderse, sin secretos que ocultar, ni agendas que proteger.

Ruth se encontró de pie enfrente del cementerio a donde iba para recordar a Richard. Le pareció un lugar adecuado para decidir qué historia contaría sobre su asesinato. Porque todo se reducía a eso, en realidad: a contar historias, a dar sentido a la gente y al mundo en el que vivían.

La mentira la liberaría. La verdad redimiría su alma.

¿Qué era mejor, tener una vida feliz o vivir conforme a la moral?

Ruth se sobresaltó al darse cuenta de que esas eran justamente las preguntas que Daphne también se habría planteado, si es que alguna vez se detuvo un momento a hacer una autorreflexión.

Ruth se sentó en su banco favorito y cerró los ojos, notando como el sol le acariciaba los párpados.

Una brisa le susurraba a la cara y, de pronto, pensó en Daphne.

Y en Richard. Y deseó volverlos a ver. Solo una vez más.

Porque eso era la otra cosa que Daphne le había enseñado: la muerte no era el final de la historia.

Era solo el principio.