Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 39
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El día después del funeral, a Ruth la despertó un correo de Harper, la nieta más joven de Daphne: «El día antes de morir, la abuela me pidió que grabara un mensaje suyo. Me dijo que te lo mandara después del funeral». Había un archivo de audio adjunto al mensaje.

Ruth había dedicado muchas horas a escuchar las cadencias monótonas de la voz de Daphne, en que cada palabra se cortaba bruscamente al final.

De todas formas, le sorprendió que tuviera que escuchar una nueva grabación en ese momento, un mensaje reciente que venía de una mente y una boca que ya no eran más que cenizas en una playa.

«He pedido a Harper que grabara este mensaje para que podamos mantener una conversación unilateral.

A ella se le dan bastante bien estas cosas, o sea que, por favor, búscale un trabajo de verano dentro de un par de años.

Creo que tiene futuro en esto. Bueno, aquí estamos.

Sé que será más fácil hablar claro sin una periodista fastidiosa que te interrumpe».

Ruth se recostó sobre las almohadas, frunciendo el ceño hacia el techo. Todavía estaba en la cama, con el pijama puesto, escuchando esa perorata extraña. Era muy propio de Daphne, sacar todos los trapos sucios ahora, cuando no había forma de responderle.

«Tengo muchas cosas que decirte, o sea que estate atenta.

La primera es sobre mi testamento. He dejado la mitad de mis propiedades a Harper.

Mis hijas ya han despilfarrado bastante dinero y ella es la única nieta que me cae bien.

Aun así, no quería dejárselo todo a ella y arruinarle la vida.

Así que te dejo a ti la otra mitad. Mi abogado pronto se pondrá en contacto contigo, aunque llevará un poco de tiempo desbloquear los fondos a causa de mi situación…

jurídica. Es una buena cantidad, aunque me divertí muchísimo gastándome el dinero durante años.

Podrás seguir grabando este pódcast sin tener que perder el tiempo escribiendo listas para inútiles de internet.

Recuerda solo esto: para las mujeres, el dinero es libertad.

No dejes que nadie intente decirte lo contrario».

Ruth detuvo la grabación y se deslizó bajo las sábanas, con palpitaciones en el pecho y la cabeza dándole vueltas.

¿Cómo podía ser real? ¿Todo había empezado cuando le negaron la herencia de su padre y ahora recibía la herencia de la mujer que creía que lo había matado?

Era un dinero manchado de sangre, a todas luces.

Aunque ya se estaba lucrando gracias a Daphne St. Clair, ¿por qué poner límites ahora?

Quizá para Daphne esto era una forma de compensar el daño que le había hecho a Ruth.

La grabación continuaba.

«Finalmente, quería hablar contigo sobre tu padre», dijo Daphne.

Ruth se quedó inmóvil, agarrando el portátil tan fuerte que le dolieron las manos. Ya está. Su confesión in extremis . Todo el dolor habría valido la pena. Ruth estaba a punto de ser libre.

«Yo no le maté. Solo te estaba tomando el pelo», declaró Daphne riendo.

Ruth se estremeció como si Daphne la hubiera golpeado, y todo su cuerpo se puso tenso por la impresión.

¿Daphne había estado mareando la perdiz?

Era una decisión tan cruel que le cortó la respiración, pero Daphne siguió hablando.

«No obstante, sé mucho más que tú sobre asesinos.

Fíjate en el arma asesina. Alguien encontró su insulina y se la inyectó.

Por tanto, fue alguien que sabía que era diabético, que sabía que se administraba insulina, y que sabía dónde encontrarla.

No fue un desconocido con quien había quedado o que le había ido a visitar al apartamento; fue alguien que lo conocía.

Un hombre mayor rico al que encuentran muerto por una sobredosis de insulina no tiene pinta de crimen pasional.

En pleno ataque de locura, aporreas a alguien con un ladrillo o lo tiras escaleras abajo, ni se te ocurre pensar en su nivel de azúcar en sangre.

No, habían actuado a sangre fría. Y probablemente había sido una mujer.

Las mujeres quieren manchar lo mínimo; sacar la basura, matar a una persona, es lo mismo, en realidad.

»Así que la respuesta es bastante obvia, si lo piensas.

Porque, en mi opinión, la policía buscaba a la hermana equivocada, aunque tal vez ya estuvieran al corriente.

Y es que seguro que fue un día negro para tu media hermana cuando tu padre te localizó.

No le sentó nada bien eso de darle la mitad de la fortuna a una chica nacida de una aventura extramatrimonial, una chica cuyo padre ahora la exhibía como a una más de la familia.

Por dinero, venganza, afrenta moral, tenía todas las razones para actuar antes de que tu padre cambiara el testamento.

Supongo que ella lo odiaba a él un poquito más que a ti, porque, si no, te habría quitado de en medio a ti.

O sea que ya ves, tienes una asesina en la familia. Como la mayoría de la gente».

No. Ruth detuvo la grabación. No podía ser cierto.

Lucy no podía haber asesinado a su propio padre.

Ruth negó con la cabeza, enfadada. Daphne mentía…

, ¿verdad? Sin embargo, cuanto más reflexionaba sobre ello, más consciente era de que Lucy jamás había aceptado integrarla en la familia, de que la simple existencia de Ruth demostraba que su padre había engañado a la querida madre de Lucy.

Si ese domingo fatídico Richard le había comunicado a Lucy que dejaba la mitad de su fortuna a Ruth, se habría puesto furiosa.

No era una historia de una viuda negra seductora, sino una historia de codicia y venganza, de pequeñas rivalidades entre hermanos y de familias disfuncionales.

Ruth se tapó los ojos con las manos, e hizo tal presión que le hicieron chiribitas. Se había quedado tan maravillada por la teoría de Daphne, por la soltura con que todo encajaba, que había pasado por alto la verdad, una pequeña criatura deslucida acurrucada en el rincón.

«Lo siento, sé que querías que hubiese sido yo.

No dispones de ninguna prueba sólida que la incrimine.

Y su familia tiene mucho poder aquí y es probable que haya comprado a muchos policías, o sea que no puedes hacer nada», recitó la voz de Daphne, como si estuviera sentenciando a Ruth a una vida llena de pesar.

Ruth suspiró. Ni siquiera podía exponer sus argumentos contra Lucy en el pódcast; casi seguro que le interpondría una demanda.

Al fin y al cabo, el mundo estaba infestado de mamones ricos que estaban deseosos de llevar a periodistas a la ruina por la vía judicial, y los Montgomery sin duda tenían a unos cuantos en plantilla.

«Tan solo debes aceptar que tu hermana es la clase de persona que jamás se conformaría con la mitad de la fortuna si podía poseerla entera.

Mientras tú estabas totalmente centrada en la idea de tener un padre, a alguien solamente le importaba la pasta.

Ruth, tú hiciste lo correcto y ella no, y se salió con la suya.

Debes aprender la lección, pero no estoy aquí para regodearme».

La grabación terminó, pero Ruth siguió sentada en la cama, incapaz de moverse.

Había sido un mensaje fundamental: la promesa de una herencia y varias revelaciones sobre quién mató a su padre.

Recordaba un poco a una novela de Brontë, no el tipo de cosas que le sucedían a la presentadora de un pódcast en 2022.

Ruth tuvo una visión de Lucy Montgomery despertándose en ese preciso instante, en su ático de lujo del edificio Seacrest, donde antes vivía su padre.

Estaba tumbada en un dormitorio completamente blanco, con vistas al océano azul, que se extendía centelleante bajo sus pies.

Lucy se paseaba por su casa tomando un café con leche, pasando justo por el mismo trozo de alfombra donde su padre había agonizado, después de que le hubiera clavado la aguja en la nuca.

¿Le venía la imagen de él ahí tumbado? ¿Confundido y traicionado por su propia hija?

Tal vez ni siquiera pensaba en su padre, una vez que ya había conseguido de él todo lo que quería… , que era todo lo que él había tenido.

Ruth podía ver a Lucy ahora, mirando al frente, al vacío, pedaleando a buen ritmo en su bici Pelotón, mientras canciones pop de los noventa y gritos de ánimo estándar de un instructor de gimnasia que no veía borraban la violencia de sus pensamientos.

¿Pensaba en Ruth? Casi seguro que sí. Era horrible ser una asesina y tener de hermana a una periodista de crímenes reales, especialmente una que había grabado el pódcast de más éxito del país.

Sin duda alguna, habría consumido a Lucy ver a Ruth como una amenaza más peligrosa que nunca.

Ruth sabía cuál era su día a día: se duchaba, se ponía un conjunto blanco crudo de marca, tomaba el ascensor y se subía a su lujoso coche.

Iba al trabajo, escuchando la música pop narcisista e insulsa de la banda sonora de Sunset: La milla de oro , y cantando todos sus estribillos capitalistas con esos labios pintados de rojo chillón.

Ruth la vio entrar en el trabajo, las oficinas de Sunshine Development, con esos tacones de aguja repiqueteando sobre el suelo de mármol y esa larga cola rubia oscilando sobre su espalda como una soga.