Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 38
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A Ruth la despertó un mensaje de su madre que le decía que Daphne había muerto. Cogió rápidamente el portátil y empezó a revisar toda la cobertura mediática, con la boca seca después de dormir y la cabeza caliente y nublada.

Ruth se quedó sentada, sin saber muy bien cómo se sentía, o ni siquiera qué era lo apropiado sentir.

Había experimentado emociones muy distintas por Daphne —rabia, rencor, afán protector—, y todas ellas giraban a la vez en un torbellino.

Daphne había actuado con crueldad en multitud de ocasiones a lo largo de su vida.

Sabía cómo era mirar a los ojos de alguien que la quería mientras moría por culpa de ella.

También era probable que hubiese matado al padre de Ruth.

Sin embargo, no había nacido así, los recuerdos de Buzzy lo habían dejado bien claro, y Ruth siempre se preguntaba quién habría sido si hubiera crecido en un entorno distinto en un lugar distinto.

A pesar de todo, Ruth debía admirar ese don para el dramatismo.

Daphne había capturado a su última víctima.

Al hacerlo, había garantizado que la exclusiva de Ruth fuera justamente eso.

Había cambiado su vida, para lo bueno y para lo malo, y Ruth sabía que un día, cuando fuera mayor, si acababa internada en una residencia para mayores, puede que algún periodista todavía fuera a visitarla para preguntarle cómo había sido entrevistar a la Viuda Gris.

Sospechaba que Daphne seguiría marcando sus días, mucho tiempo después de que hubiera muerto.

—No me grabes hoy —le dijo Diane en cuanto abrió la puerta.

Parecía más apocada que la última vez que hablaron; iba vestida con unos pantalones chinos azul marino y una camiseta a rayas, y apenas llevaba joyas.

Era como si hubiera bajado el volumen a todo, desde las prendas de ropa hasta el maquillaje.

—Tampoco tenía intención —respondió Ruth.

Ruth le había propuesto a Diane quedar para que escuchara algunos de los episodios del pódcast y respondiera a varias preguntas. Ruth había llegado poco después de que Harper se hubiera ido a clase, por lo que Diane dispondría de tiempo suficiente para escuchar tranquilamente los episodios.

—¿Qué tal estás? —le preguntó Ruth, plenamente consciente de que visitaba a alguien que acababa de perder a su madre, la única figura parental que había conocido. La expresión de Diane se volvió glacial, y le indicó un asiento de madera para que se acomodara.

En la mesa estaba la misma jarra llena de cubitos Gucci, y las gotitas de condensación relucían a la luz de la mañana.

—Vamos a escuchar los episodios, porque significaba mucho para mi madre —respondió con formalidad.

Ruth asintió y sacó el móvil. Sin duda, Diane tenía la misma predisposición que Daphne a hablar de sentimientos.

Ruth puso los primeros cinco episodios, los que trataban de su vida en Lucan, Winnipeg y, de forma muy explosiva, del asesinato de Geoffrey, el padre de Diane.

Esta permaneció sentada inmóvil en el sofá durante la reproducción, y solo hizo alguna pausa para ir al baño o rellenar la jarra.

Ruth la examinaba con el rabillo del ojo, procurando que no se sintiera observada.

No se parecía en nada a su madre, pero había algo en su sosiego, en la forma en que Diane estaba sentada, con todos los músculos rígidos, que le recordaba a Daphne.

La única señal de que estaba tensa era que retorcía los dedos, y Ruth se preguntó si podía deberse a algún deseo latente muy antiguo.

Ya era primera hora de la tarde cuando terminó el cuarto episodio, y las dos se quedaron en silencio. Solo se oía el tictac de un viejo reloj de mesa que había en el pasillo.

—Así que es verdad que mató a mi padre —murmuró Diane con una voz extraña y distante—. Harper me lo advirtió, pero es distinto escuchar su confesión de viva voz. Siempre nos dijo que estaba enfermo de cáncer.

—Bueno, de hecho, sí que tenía cáncer —señaló Ruth, y al instante se arrepintió. Había estado tanto tiempo con Daphne que a veces tenía la sensación de que había integrado su voz, de que pasaría el resto de su vida viendo el mundo a través de unas lentes.

—Y lo descubro cuando es demasiado tarde para preguntárselo —dijo Diane con una sonrisa amarga—. Es típico. Mi madre era una experta esquivando consecuencias.

—Sí.

—No sé si esto cambia mucho las cosas —comentó Diane al final.

Ruth no estaba muy segura de qué había querido decir con «esto»: ¿el pódcast?, ¿la muerte de Daphne?, ¿la opinión que le merecía su madre? Esperó, pero Diane no añadió nada más.

—¿Qué te parece el pódcast? —preguntó Ruth.

—Lo cierto es que, después de escucharlo, mi madre me cae aún peor, aunque la entiendo algo más. Por tanto, probablemente se ciñe a los hechos —concluyó Diane.

—Te lo tendría que haber dicho antes. Te acompaño en el sentimiento —dijo Ruth, incómoda.

No sabía cómo gestionar la muerte. Con cada persona que había perdido, se había hundido, la había asaltado tal ansiedad profana que había hecho que deseara tener un conjunto de creencias tranquilizadoras sobre la vida en el más allá.

Diane suspiró y tomó un sorbo de agua. Su mirada pareció apagarse un poco más, y no le dio las gracias a Ruth.

—¿Cómo llevan tus hijos que haya muerto su abuela? —Volvió a intentar Ruth.

—Los mayores están bien. Harper está un poco afectada. Mi madre le ha dejado una herencia inmensa, probablemente solo para fastidiarme, ya que a mí no me ha dejado ni un céntimo. Cuando Harper cumpla dieciocho, podrá hacer lo que quiera. Ya no le podré decir nada.

—Y he visto que Reid ha perdido las elecciones —apuntó Ruth.

—Sí, pero no creo que haya sido por culpa de mi madre, por mucho que él insista en ello. Las cosas son así. Cuanto más habla Reid, menos gusta a la gente.

Ruth sonrió y rio con amabilidad. Diane se relajó y continuó:

—Como sabes, cuando James nació, mi madre andaba mal de dinero.

Ahora bien, cuando nacimos nosotras, su situación había cambiado.

Yo crecí en unas casas preciosas, tenía unos vestidos espléndidos, y todo lo que pudiera gustarme —explicó Diane.

Bajó la cabeza y se miró las manos, con una manicura perfecta, como si se confesara a un cura—.

Evidentemente, no nos quedábamos con casi nada cuando nos trasladamos, pero siempre supe que habría más vestidos y muñecas en el futuro, aún más bonitos que los que dejábamos atrás.

Ahora, cuando pienso cómo consiguió el dinero para esas cosas preciosas, todo se viene abajo —consideró.

Ruth pensó en todos esos tesoros, en esas muñecas de porcelana con las mejillas rosadas y el pelo resplandeciente, en esos vestidos de volantes esponjosos como el algodón de azúcar, y se imaginó que poco a poco se sumergían en la inmundicia.

—Supongo que no te sorprenderá que te diga que la convivencia con mi madre no era precisamente fácil.

En ciertos aspectos, era una madre muy maja.

Nos dejaba pedir helados sundaes cuando salíamos a cenar a restaurantes caros.

Le gustaba vernos felices. Pero una buena madre nos habría obligado a comer verdura.

Mi madre nunca se preocupó por lo que era mejor para nosotros, por lo que nos podría ayudar a ser unas personas más sanas y equilibradas.

Solo quería vernos sonreír. Y cuando mi madre debía elegir entre lo que ella necesitaba y lo que nosotros necesitábamos, siempre se elegía a ella.

Ruth la creyó, por supuesto. No dispuso de mucho tiempo para conocer a Daphne, pero sabía que Daphne se elegía a sí misma. Incluso cuando no había necesidad de elegir, Daphne siguió eligiéndose a sí misma.

—En cierto modo, lo entiendo. Una madre no es la prioridad para nadie.

Ella cambió esta visión, pero he estado toda mi vida adulta dudando sobre lo que era normal y cómo debía ser como madre.

Y fue entonces cuando pensé que mi madre era narcisista.

No una asesina. A pesar de todo, era mi madre.

Esa mujer que nos llevaba a vivir aventuras, y que siempre se aseguraba de que fuéramos bien abrigados y nos compraba un perro aunque odiara las mascotas.

Ruth no dijo nada, fascinada por lo que decía Diane. Le habría gustado grabarla, pero sabía que entonces Diane volvería a ser esa persona tan quisquillosa al ver el micrófono. Sin embargo, la maravilló que hubiera tanto en el interior de esa mujer que al principio le había parecido pura fachada.

Las mujeres eran mucho más de lo que pensaba el mundo. Sus vidas secretas eran mucho más complicadas y frustrantes que las vidas de los hombres, porque constantemente debían lidiar con el hecho de que poseían más poder del que creían, pero menos poder del que merecían.

—Solía verla como una superviviente, alguien que había nacido pobre pero que supo buscarse la vida.

Sin embargo, cuando confesó, tuve la sensación de que perdimos el derecho a estar orgullosas de ella.

De todos modos, aunque la hemos perdido, hemos ganado algo.

Mi hermano James se ha puesto en contacto con nosotras.

Pero no menciones esto en el pódcast, merece su intimidad, aunque a Rose y a mí se nos ha privado de ella.

Ruth ignoró el desaire, demasiado atónita ante esa revelación.

—¿James? ¿De veras? ¿Cómo está?

—Está bien, al parecer es bastante feliz, de hecho, aunque no le sobra el dinero —respondió Diane, como si se extrañara de que alguien pudiera ser feliz con unos ingresos de clase media—.

No te voy a decir nada más, porque no creo que a él le guste, pero he pensado que querrías saber que él estaba bien.

Creo que a partir de ahora nos mantendremos en contacto.

—Bueno, al menos hemos sacado algo bueno de todo esto.

—Sí, y no es que tú hayas puesto de tu parte —replicó Diane en un tono ácido.

Sacudió la cabeza y se levantó; se había roto el hechizo. Se quedó junto a la puerta, con lo que era evidente que invitaba a Ruth a irse.

—Mira, supongo que es mejor que haya muerto. Ahora mi familia puede seguir adelante —dijo Diane.

Parecía que lo decía convencida, pero había un titubeo en su voz, una pequeña burbuja de vacilación. Porque ahora ya no había más ocasiones de arreglar la relación, de enderezarla. Y cualquier otra posible interpretación o reflexión sobre quién había sido su madre podría venir solo de Diane.

En una ocasión, Daphne le había dicho en broma a Ruth que, cuando muriera, quería que en su lápida pusiera «Malnacida.

Madre». Sin embargo, al final la incineraron, y sus cenizas se esparcieron por la playa, cerca de su antiguo apartamento, justo detrás del edificio donde había muerto el padre de Ruth.

Nadie sabía si eso era lo que Daphne habría deseado, aunque Ruth sospechaba que tal vez hubiese preferido que sus cenizas se quedaran en la Quinta Avenida.

Ruth no asistió, por supuesto. Solo fueron las hijas de Daphne y un par de nietos, uno de los cuales era Harper.

Y James. Después de muchos años, por fin había regresado para despedirse.

Más tarde, Diane le contó a Ruth que habían intentado tirar las cenizas al mar, pero que un golpe de viento se las había arrojado a la cara, y que toda la familia había empezado a escupir y a toser. Parecía un justo homenaje a Daphne.