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A la mañana siguiente, las cuidadoras encontraron a Daphne St. Clair muerta en su cama.
Se había tomado una sobredosis de pastillas la noche anterior y había fallecido mientras dormía.
El personal había visto muchos cadáveres, incluso algunos posibles suicidios entre los ancianos.
Sin embargo, este les perturbó. Puede que fueran las sombras que se proyectaban en su rostro, pero casi parecía que sonreía.
Y la vida se repetía, la historia volvía a empezar desde el principio.
Una vez más, un cadáver era retirado de la residencia para la tercera edad Coconut Grove.
Ahora bien, en esta ocasión en el aparcamiento no había una novia solitaria, sino multitud de periodistas que se afanaban en retransmitir ante las cámaras la noticia de última hora, que había filtrado algún empleado.
Cuando la muerte de Daphne se comunicó en las noticias de la noche, la mayoría de la gente se encogió de hombros y comentó, entre burlas y sin mucho reparo, que más dinero habría en las arcas públicas y que solo los buenos morían jóvenes.
Sin embargo, en todo el país, las mujeres siguieron secando rítmicamente los mismos platos, mirando sin verlos sus patios traseros sombríos, afectadas por una extraña mezcla de tristeza, culpa, excitación y arrepentimiento.
Solo las mujeres podían entender la ira que sentía Daphne, esa rabia que se apretujaba y se compactaba dentro de una bolsa de la basura demasiado llena.
Solo las mujeres sabían cómo era que un simple corte se fuera ensanchando hasta convertirse en una fisura que te partía por la mitad.
En los hombres, la rabia es una explosión; en las mujeres, una pústula.
Entendían que Daphne había vivido sumida en la frustración, y tal vez fuera eso con lo que esas mujeres se identificaban: el hecho de que tus propios sueños y deseos quedaran sumergidos, ya fuera por miedo o, tan solo, porque es lo que se esperaba de ti y, por tanto, lo que tú esperabas de ti misma.
En cuántas ocasiones una mujer no se habrá sentado en una silla, con un bebé dormido en el pecho, y habrá deseado moverse, desentumecer las piernas y correr por las calles con la misma libertad con que lo había hecho de niña.
En cuantas ocasiones una mujer no se habrá quedado de pie en una cocina muy bien iluminada, sola en una casa cuando todo el mundo duerme, con los ojos llenos de lágrimas, inmensamente triste, aunque sabía que esa tristeza no cambiaría nada.
Y luego estaban las partes más oscuras de la condición de ser mujer, escondidas bajo la superficie como siluetas tenebrosas de una cantera inundada.
La violencia, las amenazas desde el primer instante en que temes que te violen, un terror del que tomaste conciencia en algún momento de tu niñez y que no te abandonaba hasta que te morías, cuando ya era demasiado tarde para que los cabrones te fastidiaran o te volvieran a fastidiar.
Para todas esas mujeres, Daphne les resultaba cercana y era también como una revelación.
Había vivido en una agitación constante, tratando de esquivar a todos los hombres depredadores de su infancia, de buscar un lugar donde una niña que creció en la pobreza en una granja durante el Dust Bowl se pudiera sentir arropada.
Hasta que al final había absorbido todo ese dolor y miedo que las mujeres ingieren como si fueran pan y mantequilla, y se había convertido en ellos.
Y ninguna de estas mujeres normales y bondadosas lo reconocerán, pero saber cómo Daphne había logrado salir adelante, a costa de todo el mundo, con una fuerza tan violenta y aterradora como un tornado, las ayudaba a respirar.
Despertó algo que permanecía latente en su interior desde hacía mucho tiempo, y les abrió de nuevo el apetito.
No de matar necesariamente, sino de ser la clase de mujer capaz de cualquier cosa, la clase de mujer que podía andar de noche por un callejón oscuro sin miedo, porque sabía que las sombras se apartaban de ella.
Y tal vez, si el mundo fuera un poco menos exigente con ellas, si no dedicara todo su tiempo a mantenerlas a raya con una vorágine de violencia, valoraciones y distorsiones cognitivas, no habría necesidad de mujeres como Daphne St. Clair.
No obstante, saber que había vivido, y que había encontrado la versión más siniestra de la libertad, hacía que los largos anocheceres en casa fueran algo más llevaderos.