Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 36 #3
93%

36 #3

—Pues vivo en Nueva Zelanda. Al principio me fui a Australia, pero en Nueva Zelanda me siento más a gusto.

Es el lugar más bonito que he visto jamás.

Soy profesor de ciencias en el instituto de donde vivo, pero me jubilaré pronto.

Me he casado dos veces. El primer matrimonio duró poco.

Creo que arrastraba algunos temas personales, pero ahora ya llevo veinticinco años casado.

—¿Tienes hijos? —pregunté.

—Sí. Tengo un hijo de diecisiete y una hija de diecinueve. ¡Soy un padre tardío! Pero estoy disfrutando como nunca.

—Estoy segura de que eres muy buen padre —dije, recordando la bondad que no había vuelto a ver desde que él era pequeño—. Saber qué ha sido de ti… No podría pedir nada más. Jamás he dejado de pensar en ti.

Él no dijo nada. Era una conversación difícil de mantener, como si camináramos por un peligroso sendero de montaña, totalmente alejada de la fluidez y la confianza con que solíamos hablar.

—¿Te da miedo la cárcel? —me preguntó James.

—No. He visto muchas cosas en mi vida. Cuesta tener miedo —respondí, incómoda—. Aunque tal vez, cuando yo ya no esté, ¿qué te parecería llamar a tus hermanas? Sé que también te echan de menos.

James no dijo nada durante unos instantes; probablemente consideraba qué supondría retomar el contacto con ellas, hasta qué punto le cambiaría la vida para siempre. Por último, asintió. Suspiré aliviada. No quería que siguiera desvinculado de nosotros.

—¿Les has hablado a tu mujer y a tus hijos… sobre mí? —pregunté.

No respondió de inmediato; respiró hondo, ordenando las ideas. Imaginé que le besaba, tal como había hecho cuando era un niño, cuando le daba un millón de besos al día, pero parecía que nunca era suficiente. Me conformé con tomarle la mano, sentir sus huesos junto a los míos.

—Les dije que eras una buena madre, la clase de madre que me leía cuentos por la noche y me organizaba fiestas de cumpleaños. Que eras cariñosa y buena, y muy glamurosa. Pero que moriste hace mucho tiempo —respondió James en voz baja.

—Sí —dije—. Creo que es más o menos así.

Si soy sincera, nunca he querido ir a la cárcel, cambiar este dormitorio tan cómodo con su colchón viscoelástico y alfombras de pelo de color marfil por una celda con un catre y un lavabo a la vista en un rincón.

Fue mi decisión confesar, como un último esfuerzo desesperado para encontrar a mi hijo y liberarlo de la carga de guardar mis secretos.

Nunca había perdido el control, y no tenía pensado hacerlo ahora.

Solo deseaba una aventura final antes de subir al escenario, una oportunidad para cambiar las cosas.

He dicho cosas en voz alta que creía que morirían conmigo, y ha sido una liberación.

Todas las personas a quien he hecho daño están muertas, la historia las ha olvidado y se perderán en el anonimato.

Sin embargo, había sobrevivido a esos cabrones y ahora nadie se va a olvidar de mí. Era un buen final.

En cuanto James se fue, cogí mis pastillas, que había estado guardando desde que confesé, esas pastillas que siempre aseguraba a las cuidadoras que me tomaría en la intimidad de mi baño.

Entonces me las empecé a tomar a puñados, tragándomelas con agua.

Después me fui a la cama. Era el momento de marchar.

Ruth me había preguntado en una ocasión si creía en Dios, y le dije que no y que probablemente tampoco había vida en el más allá.

«¿Pero tus crímenes no son aún peores así?

, —me había preguntado—. ¿Al creer que mandas a la gente a la nada?

». Me había encogido de hombros y le había respondido que yo no era responsable de lo que les ocurría después de morir, sino de cómo llegaban a ese estado.

Siempre me había preguntado si, al morir, vería a todas las personas que había matado.

Imaginaba que, en lugar de ver mi vida pasar ante mí, tal vez vería solo las que había truncado, las personas cuya última visión había sido mi rostro observándolas.

Pensar eso no me asustaba. Estaría bien verlas por última vez.

Pues allí estaban.

Apiñadas alrededor de mi cama, suspendidas como un dosel.

La mayoría parecían enfadadas, y me miraban con una expresión acusadora y el ceño fruncido.

David, en cambio, solo parecía triste, con las cejas caídas, como si finalmente pudiera ver quién era yo y eso le apenara.

Robert y Gabrielle estaban a los pies de la cama, ocupando el sitio de honor que les habían cedido las demás apariciones.

Gabrielle llevaba la misma ropa de la noche en que la atropellé con el coche, y en el pelo tenía gravilla que le brillaba.

Robert la rodeaba con el brazo y lloraba.

Se le movía la boca y, aunque no oía ninguna palabra, sabía que me preguntaba por qué.

Querían saber por qué; por qué, en lugar de hacer daño a aquellos que me lo habían hecho a mí, me había ensañado con gente que lo único que deseaban era lo que desea todo el mundo: amor, compañía, la oportunidad de que se los quiera.

Sin embargo, no tenía respuestas para ellos. Nunca las tenemos. Sonreí. Y luego todo se volvió negro.