Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 36 #2
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36 #2

Agarré el andador y me levanté con la intención de ir rápidamente hacia la puerta, pero con la certeza de que no llegaría antes que él.

Era como un espectro espantoso de mi pasado, una fusión de todos los hombres terribles a quienes había embaucado, que había regresado para arrastrarme al infierno.

Me temblaba el cuerpo mientras avanzaba, tremendamente lenta, incluso ahora, cuando me encontraba en un peligro extremo.

Y, de pronto, habló:

—¿Mamá?

Me quedé helada.

—¿James?

—Sí.

Parecía casi el mismo, aunque tenía una voz más grave, más áspera. Emití un gemido de dolor, como si me descompusiera por dentro, y tuve que agarrarme al andador para mantenerme erguida.

—Entra, entra —logré articular, dejándome caer en la butaca.

Cerró la puerta y se quitó la capucha, y allí estaba. Mi James. Se me llenaron los ojos de lágrimas y empecé a sollozar, agradecida pero también indescriptiblemente cansada. Llevaba muchos años esperando eso.

James se sentó en la butaca que había enfrente de mí, la butaca que siempre había ocupado Ruth.

Lo examiné de arriba abajo, tratando de captar cada detalle.

Era un joven la última vez que lo vi, y ahora ya era un hombre mayor de unos sesenta años.

Su pelo oscuro se había vuelto de un gris claro y lucía una barba completa que le ocultaba el hoyuelo de la barbilla; aun así, conservaba esa mirada cálida y esa sonrisa de labios cerrados.

Fue el momento más feliz de mis últimos cuarenta años: al mirarlo, tuve la sensación de que viajaba al pasado, a cuando era un niño pequeño, a ese minúsculo piso de Brooklyn, donde nos tumbábamos en la cama y yo le acariciaba la carita suave y le olía el pelo recién lavado.

A esa época en que éramos nosotros contra el mundo.

—Estás aquí —murmuré, extendiéndole la mano y agarrando la suya como si fuera un obsequio exquisito.

Él asintió, aunque advertí que la retiraba despacio.

—Sí. He oído que pronto irás a la cárcel. He pensado que esta sería probablemente mi última oportunidad.

—¿Por qué tanto misterio? —le pregunté—. ¿Qué haces espiando por las noches?

—¿Sabes cuánta atención mediática atrae tu caso? Temía que, si llamaba a tu abogado o a la residencia y les decía quién era, se filtrara a la prensa. No quiero que la gente me encuentre, que sepan quién soy realmente —respondió James.

—¿Cómo me has encontrado? —le pregunté.

—Bueno, he estado escuchando el pódcast, claro, o sea que me enteré de que estabas en Florida.

Luego contraté a un detective privado, pero no me aportó nada concreto.

También me uní a algunos grupos de internet que hablaban sobre el caso, para tratar de obtener algún dato conservando el anonimato.

Alguien mencionó Coconut Grove. —Sonrió—.

Te gustará el nombre que utilicé; te hice como un homenaje.

—¿Cuál era? —pregunté, con la esperanza de que no fuera algo tan aberrante como «LaMuyZorra» o «SatanásViejuno».

—FiestaCapote.

—Oh, ¿porque escribió A sangre fría ? ¿El mejor libro de un asesinato que se ha escrito? —pregunté.

James rio y sacudió la cabeza.

—¡No, porque escribió Desayuno en Tiffany’s ! Solías decir que Desayuno con diamantes era tu película favorita. Me llevabas a verla siempre que la ponían.

Todo lo que sabía sobre mí, los recuerdos que compartíamos, me enterneció el corazón. James era lo mejor de mí, y no había sabido nada de él durante mucho tiempo.

—Todavía es mi película favorita —dije—. Ella era todo lo que yo siempre he querido ser.

—Ella eras tú —señaló, mirándome como si estuviera loca.

Nos quedamos en silencio un instante.

—¿Qué te parece el pódcast? —pregunté, por decir algo.

—A veces es duro…, especialmente cuando hablas de cosas que recuerdo, aunque en cierto modo me alegro de que por fin haya salido todo a la luz. Me sorprendió que accedieras a grabarlo, pero también que confesaras, teniendo en cuenta que habías salido impune —contestó James.

Negué con la cabeza. Ahora sabía que no había salido impune, no del todo, no cuando en el proceso había perdido a la persona a quien más había querido.

—Tenía la esperanza de que… de que, si todo se destapaba, vinieras a buscarme.

—¿Por eso confesaste? —preguntó con voz de sorpresa.

Sonreí, sintiéndome modesta y noble, aunque no me lo merecía.

—Sí. No querías guardar mis secretos. Así que ahora ya no debes hacerlo.

Las lágrimas asomaron a sus ojos y, acto seguido, se inclinó hacia delante.

Vi que le temblaban los hombros, como si tratara de reprimir los sollozos, de engullirlos.

Era algo que hacía a menudo cuando era pequeño.

Lo empezó a hacer poco después de morir David.

De pronto, noté un escozor en los ojos, y tuve la sensación de que yo también lloraría.

No podía soportar ver a mi niño sufrir. El propósito de todo esto había sido encontrarlo y liberarlo. Quería que fuera feliz.

—Pero mamá… —empezó a decir cuando recobró la calma, secándose la cara y enderezándose en la butaca—. También quería que dejaras de matar.

Había tristeza en su voz, una decepción apabullante.

O sea que sabía lo de Donald. Y lo de Warren.

Podía haber tratado de decirle que todo era agua pasada, pero lo de Warren era muy reciente.

La verdad es que no debería haberlo matado, pero supongo que fue como un calentón, un pequeño recordatorio de lo que era capaz de hacer antes de delatarme.

Además, necesitaba pruebas, un asesinato que la policía pudiera verificar para que me tomaran en serio.

—Bueno, cariño, a veces simplemente debes aceptar a la gente tal como es. ¿Y tú…? ¿Me puedes hablar un poco de ti? —pregunté, dudosa, temiendo que, si elegía las palabras equivocadas, la puerta se volvería a cerrar de golpe.

Respiró hondo y creí que rompería a llorar de nuevo, pero finalmente empezó a hablar: