Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 36
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Ya anochecía, y me había dormido en la butaca, con un ejemplar abierto de El monstruo de Florencia encima del pecho. Había sido un día muy inquietante, y estaba agotada.

Había sido un trastorno descubrir que Ruth, la persona a quien había confesado mi historia, me había estado mintiendo a la cara.

Era una traición en toda regla, y no la había visto venir, a pesar de que durante años me había engañado mucha gente.

Sabía que no había estado bien burlarme de ella y que puede que no me volviera a dirigir la palabra, pero me cogió desprevenida, y estaba tan furiosa que solo tenía ganas de castigarla.

De pronto, se oyeron gritos que venían de fuera, unos gritos muy fuertes.

Era algo insólito en el Grove, donde los residentes podían estar algo irritables después de tomar un tiramisú mediocre o de que se anulara una clase de zumba adaptada a la gente mayor, pero eso era lo máximo.

Me levanté con la ayuda del andador y me acerqué a la ventana.

Cogí el borde de la cortina y la aparté para ver qué sucedía.

Estaba oscuro, pero la luz procedente de las otras ventanas iluminaba una silueta, un hombre de pie enfrente de mi bloque. Aunque estaba de espaldas a mí, advertí que llevaba una gorra de béisbol y una sudadera con capucha.

Me temblaban las manos. En efecto, había alguien al acecho.

Los empleados no se lo habían inventado para asustarme.

De repente, presa del pánico, temí que se me hubiera olvidado echar la llave, y que él se diera la vuelta y hábilmente lograra entrar, sin dejar de mirarme, consciente de que tendría unos segundos, tal vez minutos, para hacer conmigo lo que le viniera en gana.

Busqué a tientas el pomo de la puerta, con mis manos aquejadas de artritis temblequeando por el esfuerzo, y comprobé que estaba cerrada con llave.

Otro grito, y una luz intensa me deslumbró.

Por unos instantes, la figura del hombre quedó perfilada en mi puerta.

¿Puede que me resultara familiar, en cierto modo?

El hombre empezó a correr cuando los haces de luz de las linternas se movieron frenéticamente a su alrededor.

No había duda de que se dirigía hacia los árboles para esquivar a los guardias de seguridad, que trataban de capturarlo.

Me quedé paralizada del miedo. Estaba segura de que, en cualquier momento, el hombre volvería y aporrearía mi puerta, con los ojos desencajados y desesperado por atraparme.

La llave no serviría de nada para alguien tan obstinado, y los guardias se acabarían yendo, mientras que él seguiría aquí y esperaría el tiempo que hiciera falta.

Esos temores se confirmaron cuando vi que, uno a uno, tras una hora de búsqueda en el bosque, los guardias regresaban con las manos vacías.

El caso es que, fuera quien fuese, sabía dónde estaba yo. Dejé caer la cortina y, una vez más, comprobé que todas las puertas estaban cerradas con llave. No sabía quién vendría primero a buscarme, si el estado de Florida o él.

A la mañana siguiente, sonó el teléfono. Era mi abogado. Respondí, abatida y nerviosa después de pasar la noche en la butaca, demasiado asustada para irme a la cama, demasiado asustada para volver a mirar al otro lado de las cortinas, por si veía a ese hombre allí de pie.

—¿Sí? —contesté con voz quejumbrosa, tomando un sorbo de agua viciada de la taza que tenía en la mesita de centro.

—Tengo que darle una noticia. Sabe que he presionado mucho para que no entrase en prisión durante las diligencias preliminares, alegando que su estado de salud es muy frágil —expuso.

—Sí.

—Y ¿sabe que, una vez que se declare culpable, irá a la cárcel mientras espera que dicten sentencia?

—Obviamente —dije—. Y que luego voy a pasar el resto de mis días entre rejas. —Trataba de ser racional, de centrarme en las meras palabras y no en su significado.

—Bueno, ha llegado el momento. Quieren que comparezca en el juzgado mañana. Es por un tema de… programación.

Eso me espeluznó. Un largo escalofrío se me diseminó poco a poco por toda la piel.

Siempre he sabido que ese sería mi final, desde el primer momento en que descolgué ese teléfono y confesé.

Todo lo que había ocurrido desde entonces —el pódcast con Ruth, convertirme en el centro de la opinión pública, la oportunidad de mostrar a mi familia quién era realmente— eran solo desvíos del camino que conducía aquí.

Algo que se había puesto en marcha hace noventa años, en un rincón de una llanura polvorienta, llegaba ahora a su fin.

—Entonces ¿esta es mi última noche de libertad? —pregunté, aunque estar en arresto domiciliario en una residencia para la tercera edad no era lo que yo entendía exactamente por «libertad».

—Sí. Si tiene algunas botellas de vino bueno, le recomiendo que las abra hoy. Y mañana, estaré con usted, brindándole apoyo en todo lo que pueda.

—De acuerdo, toca pasarlo bien. Y ahora, tengo que hacer unas llamadas. Adiós —dije secamente, y colgué, con el teléfono temblando en la mano.

Me quedé sentada durante unos minutos, consciente de pronto de que el momento que me había estado esperando durante muchos años al fin había llegado.

Era el final. Era triste y frustrante, pero inevitable.

Me pregunté si era así como se sentía la gente a quien había envenenado.

Nunca me lo había planteado realmente, lo que les pasaba por la cabeza cuando sabían que estaban casi en las últimas.

Las cosas se percibían como más reales cuando me ocurrían a mí.

Despacio, con torpeza, cogí el teléfono y llamé a Ruth. Sentía la necesidad de hablar con ella; nuestra última cita había sido terrible. Contestó después de varios tonos. Me di cuenta de que estaba durmiendo.

—¿Diga? —preguntó con la voz ronca de un adolescente.

—Solo quería que supieras que mañana me declararán culpable y que luego iré a la cárcel. Puedes incluir esta información en el pódcast.

Hubo un largo silencio. Lo cierto es que la gente no sabe cómo reaccionar cuando les dices algo como: «Mañana me meterán en la cárcel y voy a pasar allí el resto de mis días». No hay ninguna tarjeta Hallmark para este mensaje.

—Vale, grabaré una actualización —dijo Ruth titubeante.

—Por favor, ¿puedes ponerles el pódcast a mis hijas? Todavía no lo han escuchado, pero quizá puedes hacer que lo entiendan.

—Claro. Bueno, sé que las cosas son complicadas, pero te agradezco que accedieras a que te entrevistara —dijo apretando los dientes.

—Ya, aunque probablemente no habría accedido si hubiera sabido que me estabas investigando.

—Por favor, Daphne, solo dímelo. ¿Lo hiciste? Necesito saberlo —insistió Ruth.

No tenía claro si hablaba de Richard o Gabrielle, pero mi respuesta era la misma en ambos casos.

—Tal vez es mejor que esto lo reservemos para la segunda temporada. Por cierto, ¿cómo lo vas a titular?

— Los seis asesinatos de Daphne St. Clair —respondió Ruth, y por la voz se notaba que estaba molesta.

Era evidente que aún no me había perdonado, que la cosa no iba a quedar así. Asentí con decisión.

—Bien, me alegro de que no tengas en cuenta toda esta historia de Gabrielle.

—Solo que… bueno… Ya he ordenado el material. Y ahora no sé muy bien cómo contarlos. La primera muerte no fue técnicamente un asesinato, puede que un buen abogado incluso hubiera logrado que te absolvieran de los dos cargos siguientes, o sea que supongo que los números no importan.

Los seis asesinatos de Daphne St. Clair .

Era un título que significaba mucho y casi nada a la vez.

Toda mi historia quedaría al descubierto, y sería visible y accesible en internet, con la idea de que atrajera a todas aquellas personas que deseaban escuchar una historia de asesinatos.

Nada de crónicas sociales, ni de humor, ni de intentos de cuestionar la originalidad; asesinato a secas, por favor, tantos como hubiera.

—Sí, supongo que está bien —dije, y colgué.

Solté el auricular más rápido de lo que hubiera querido. A veces me costaba hablar con Ruth. Me recordaba todo lo que había deseado cuando era más joven, todo lo que no tuve.

—¿Puedo ir a visitarte en la cárcel? —preguntó Harper cuando la llamé para comunicarle la noticia.

—No creo que sea una buena idea —contesté—. Aún eres pequeña para visitar a presos.

—¿Pero hablaremos por teléfono? —preguntó con tristeza.

—Ya veremos. Primero deja que me sitúe y, luego, puede que sí —respondí, no quería darle falsas esperanzas. Era una buena niña y la quería proteger ahora, aunque más tarde no me fuera posible.

Debería haber colgado, pero esperé, con unas ganas inusitadas de dar un consejo de vida típico de abuela.

—¿Sabes, Harper? Debes averiguar qué es lo que te hace feliz. Yo nunca he sabido lo que me haría feliz, ni siquiera ahora.

—Qué triste, abuela —admitió Harper con voz solemne.

Asentí, aunque no pudiera verme. Durante muchísimos años había estado dando palos de ciego, tratando de imaginar qué podría llenar todo ese vacío que había dentro de mí, y nunca lo he sabido.

—¿Y si no lo averiguo? —preguntó Harper.

—Lo averiguarás. Una chica como tú es capaz de todo. Pero no te tuerzas cuando crezcas —le dije, y colgué antes de que pudiera responderme. Fui a coger otro vaso para intentar deshacer el nudo que tenía en la garganta.

Era medianoche, pero no podía dormir, sabiendo que todo estaba a punto de cambiar. Estaba sentada en mi butaca con las cortinas abiertas y la puerta entornada, solo para que entrara un poco de aire. No estaba dispuesta a desperdiciar mi última oportunidad para refrescarme y ver las estrellas.

Entonces apareció de detrás de los árboles, una figura oscura, que cobró forma y cruzó el suave césped, directa hacia mí. Sus pasos eran silenciosos; su cuerpo, pequeño y flaco en el horizonte.