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¿De veras Daphne creía que Ruth se tragaría toda esta mierda?
Después de las horas y horas de entrevistas que habían pasado juntas, ¿tanto subestimaba a Ruth?
No había duda de que Daphne había matado a Gabrielle.
No es que la odiara y ya está. Era el modo en que contaba la historia, desenvolviendo poco a poco sus argumentos contra la hijastra antes de soltar el hilo súbitamente al final, una retahíla de verdades rematadas con una mentira.
Un helado sundae decorado con un cigarrillo.
Maldita Daphne St. Clair, joder. Había confesado una serie de asesinatos, vale, pero ¿cuántos más había omitido al contarle la historia de su vida?
—Has dicho que la muerte de Gabrielle lo arregló todo, pero muchos pensarán que fue demasiado oportuna como para ser un accidente —planteó Ruth.
—Qué cosas tiene la vida, ¿no? —dijo Daphne con voz dulce.
Ruth apartó la mirada, asqueada por la sonrisa de satisfacción de Daphne.
—Venga ya. Gabrielle habría heredado el dinero de su padre si él moría. Les estaba amargando la vida a tus hijas. Tú la mataste —le acució Ruth.
—Un chico murió por el impacto de un rayo cuando yo vivía en Leosville.
¿Acaso crees que también soy responsable de eso?
—dijo Daphne, levantando tanto las cejas que las arrugas le alcanzaron el nacimiento de su pelo ralo—.
Reconozco que envenené a mis maridos, y que causé la muerte de un par de maltratadores.
Pero jamás he matado a un niño. —Habló con tal seguridad que la sombra de la duda empezó a planear sobre Ruth; sin embargo, no se dejó llevar por ella.
—Ya que vas a pasarte el resto de tus días en la cárcel, podrías ser sincera ahora —le dijo Ruth, asombrada de lo rencorosa que había sonado.
Algo había cambiado entre ellas. Había surgido una tensión nueva, y el aire echaba chispas.
Era evidente que a Daphne le sorprendía que Ruth no estuviera del todo de su lado.
Tal vez pensaba que debía limitarse a permanecer sentada en silencio mientras ella le contaba su vida.
Sin embargo, Ruth ya estaba cansada de estar callada.
—Siempre he sido sincera. Recuerda que la única razón por la que estos crímenes se saben es porque los he confesado. Se necesita mucho valor para hacer algo así —declaró Daphne con una voz severa y altanera.
—¿De verdad piensas que los oyentes te aplaudirán por lo valiente que has sido? —preguntó Ruth con escepticismo.
—Pues claro, ¿por qué no iban a hacerlo?
Al menos me he movido. La mayoría de las mujeres son unos pasmarotes y se resignan.
¡Tú, por ejemplo! Naciste en la mejor época de América para ser mujer ¿y qué has hecho?
¿Qué tienes de especial? ¡Te da demasiado miedo irte de tu Florida de las narices!
Tú, en mi lugar, jamás te habrías marchado de Lucan.
La voz de Daphne estaba cargada de desprecio. Parecía tan orgullosa de sí misma, esa anciana frágil con una lengua viperina, que Ruth no pudo sentir más que asco.
—Y entonces ¿qué? ¿Se supone que tu historia tiene que servir de inspiración? ¡Te ha ido bien porque has mentido y has matado! ¡Has hecho trampas en todo!
—Lo siento, me he saltado la parte de la vida en que la gente es justa. ¿Te montan un sistema que quiere joderte y luego esperan que sigas las normas? Qué estupidez —dijo Daphne con una voz punzante y sarcástica.
Ruth sabía de sobra cómo era que te arrebataran lo que era tuyo legítimamente, pero a Daphne nunca le había bastado con lo que le pertenecía, o incluso con lo que merecía; Daphne siempre quería más.
—Supongo que no lo entenderé nunca —dijo Ruth.
—¿El qué? —espetó Daphne.
—Cómo pudiste hacer todo eso, cómo pudiste hacer daño a esa gente.
—Y, en cambio, no te preguntas cómo pudieron hacerme daño esos hombres.
Es como si todo el mundo quisiera saltarse esta parte de la historia, como si esto lo explicara todo pero no significara nada —terció Daphne.
Sus ojos sagaces brillaban como los de un cuervo bajo la luz de la lámpara—.
Por lo menos, gracias a mí los maridos que tuve guardaron algunos recuerdos felices.
Los hombres que me hicieron daño jamás me dieron eso.
—Sí, pero no solo mataste a hombres violentos, mataste a gente inocente. Te obsesionaste con quienes te hacían daño, pero tú también agrediste —aseveró Ruth con frialdad, mirando fijamente a Daphne.
—¿Qué insinúas? ¿Que soy una mala persona? ¡Soy una asesina en serie! ¿Qué esperabas? —se burló Daphne.
«Esperaba entenderlo, —pensó Ruth—. Realmente creía que, si reflexionaba lo suficiente sobre todo esto, cobraría sentido para mí. Pero la violencia que infligiste, y la que te infligieron a ti, no tiene ningún sentido. Mi vida se fue a pique por un impulso pasajero».
—¿Por qué confesaste entonces? Dices que eres una mala persona, pero ¿eso no es en cierto modo una muestra de arrepentimiento? —preguntó Ruth. Era una de las muchas preguntas sin respuesta sobre Daphne, pero parecía ser una de las más cruciales.
—No, no lo es —respondió Daphne—. Me gustaba la idea de que la gente supiera lo que había hecho y que había salido impune.
Ruth entrecerró los ojos. Ya había oído esa respuesta. Daphne lo había dicho en numerosas ocasiones; esas palabras brotaban de sus labios como unos guijarros de río lisos y relucientes. Fuera cual fuera la razón que la había hecho confesar, no era esa.
—¿Solo querías que la gente supiera lo lista que eres? —preguntó Ruth, incrédula.
—Por supuesto —respondió Daphne—. La gente solo se fija en las mujeres cuando quieren echar un polvo o asesinarlas. Y nadie presta la más mínima atención a las viejas. Me sentía orgullosa de haberme salido con la mía, pero no es divertido si nadie sabe que has ganado.
—La gente te odiará por eso —dijo Ruth—. Si de verdad no hay una razón de peso, de ningún modo lo van a entender.
Daphne resopló, y sus labios se redujeron a una línea muy fina.
—Bueno, vamos a hablar claro, Ruth. No me estás entrevistando porque crees que soy la madre Teresa. Estás aquí porque sabes que la gente quiere exprimir al máximo los asesinatos. Quieren todos los detalles morbosos, y quieren conocerlos por boca del monstruo.
—A la gente le gustan los crímenes de verdad porque enganchan, y así aprenden sobre las investigaciones y sobre… la sociedad —concluyó Ruth de forma poco convincente.
—Les gustan por la misma razón que sienten curiosidad por los accidentes de tráfico.
Porque la desgracia nos excita. Y sabes que con cualquier detalle terrible que te cuento tendrás más oyentes, más fama, y más dinero.
Pero nunca será suficiente. Los que escuchen este pódcast desean que haya matado a más personas con unos métodos peores.
Porque ahora ya han aborrecido incluso los asesinatos.
Estás aquí para ganar dinero a costa de los peores impulsos de las personas, del mismo modo que hice yo.
A Ruth la invadió una rabia punzante, una ira tan profunda y elemental que tuvo que hacer un esfuerzo para no propinar un puñetazo al vidrio de la mesa de centro de Daphne. Ya no podía soportarlo ni un segundo más.
—De hecho, Daphne, estoy aquí porque tú mataste a mi padre.