33 #2
Dejé de dormir. Cuando todo el mundo se había ido a la cama, me paseaba por la casa durante horas, con mi bata de seda, y una estela fantasmagórica de humo de cigarrillo me seguía escaleras arriba.
Me preguntaba si esa sería mi última noche antes de que todo cambiara, si al día siguiente a esa hora ya estaría en una celda, y no sería ni madre, ni rica, ni libre, ni nada de lo que importaba.
Estaba tan agotada que a veces me daba la impresión de que tenía alucinaciones, como si la casa y los árboles de fuera me hablaran en susurros, diciéndome que solo había una salida.
Si estaba dispuesta a dar ese último paso hacia el infierno…
Como ves, Gabrielle no era consciente de lo que había hecho.
Creía que yo tenía algo que esconder, pero desconocía el alcance de mis secretos.
Gabrielle había acorralado a una asesina, y es entonces cuando somos más letales.
Y mucho más que eso, se estaba interponiendo entre una madre y sus hijos, y puede que esa sea la posición más peligrosa de todas.
La noche en que Gabrielle había salido y Robert me ordenó que la fuera a buscar, estaba en un aprieto de verdad.
Robert esperaba que hiciera respetar las normas y mantuviera a Gabrielle a raya, pero no fui capaz, no mientras esa hijastra despiadada tuviera la última palabra.
Y yo estaba desquiciada de tanto andar con pies de plomo durante semanas, esperando a que Gabrielle hiciera algún movimiento, elucubrando a todas horas diferentes escenarios.
Estaba atrapada entre una hijastra que me chantajeaba y un marido que parecía haber perdido todo el respeto hacia mi persona.
Me exasperaba que ambos me controlaran a mí, una mujer mayor que normalmente no aguantaba la mierda de nadie.
Conduje varios kilómetros, evaluando todas las posibilidades sobre cómo podía escapar de esa familia con los bolsillos llenos y la libertad intacta. Pensamientos medio perfilados pasaban por mi mente, y cada plan ingenioso estaba lleno de agujeros.
La carretera era oscura. Apenas había iluminación en esos caminos rurales, y los árboles y los setos abarrotaban los bordes del asfalto, empujando mi coche hacia el centro de la estrecha carretera.
Las ramas de árboles raquíticos aparecieron delante de los faros, y examiné la carretera atentamente a través de una nube de humo de cigarrillo, nerviosa por si chocaba con un ciervo que saltara de entre los setos.
Y, entonces, de pronto estaba allí. Era como un espejismo delante de mí, con esas piernas flacas pedaleando con brío, y esa espalda huesuda que se alzaba y bajaba con cada esfuerzo.
Puse los ojos en blanco. Era casi medianoche y ahí estaba, volviendo a casa en bici después de darse un fiestón.
Sabía que más tarde cruzaría la puerta de entrada como si tal cosa, con unos aires y una despreocupación que eran del todo inapropiados para su corta edad.
Eso me enfureció. Esa princesita no había tenido un susto en su vida.
Sin embargo, estaba allí, la causa de mis problemas, yendo en bici sola en una carretera oscura.
Confiésalo: si estuvieras en la misma situación, tendrías la tentación.
Pedaleaba tan rápido que era casi como una presa que trata de aventajar a un depredador.
Vacilé un minuto. Matar a una niña, aunque fuera tan horrible como ella, jamás había sido el plan.
Esa era la clase de crímenes que alteraban a la gente, que la policía consideraba prioritarios, que las comunidades jamás olvidaban.
Actuaba mejor cuando nadie ni siquiera sabía que había ocurrido un crimen.
Aun así, había considerado todas las alternativas, y no veía la manera de salir de esto manteniendo a Gabrielle con vida.
Ella había empezado este asunto tan atroz y ahora yo debía ponerle fin.
Acto seguido, aceleré, pisé a fondo el pedal hasta tocar el suelo del coche.
Vi por un instante fugaz su rostro blanco, horrorizado, y luego escuché un ¡pum!
de lo más satisfactorio. Fue lo contrario que el veneno, una breve explosión de sonido y movimiento en lugar del lento y turbio proceso de llevar con delicadeza a alguien a la muerte.
La carretera estaba tan solitaria y el mundo, tan silencioso, que me aventuré a pararme un momento solo para confirmar que estaba muerta.
No sé qué diablos le habría explicado a Robert si se hubiera arrastrado, maltrecha, hasta la puerta de casa, preparada para señalar con el dedo.
Algunos problemas son demasiado gordos para la terapia matrimonial.
Paré el coche y bajé, con cuidado de no mancharme los tacones de sangre.
Estaba hecha un ovillo desgarbado, con los ojos blancos por el dolor.
Hizo una última inspiración, entrecortada, y luego murió.
Su cuerpo se detuvo de golpe con una fuerte sacudida.
Aun así, en esa última mirada, me di cuenta de que me reconoció y que sabía lo que le había hecho.
En ese momento, vi miedo en su rostro, al tomar conciencia de que su pequeño mundo seguro no había sido infalible, al fin y al cabo.
¿Que si disfruté de ese momento, después de aguantar sus faltas de respeto durante un año y medio y sus amenazas a mi familia durante semanas?
No especialmente. Como madre, el hecho de pensar en matar a una niña me repugnaba.
Y me sabía mal haber llegado a ese extremo.
Lo curioso es que, en las semanas que transcurrieron entre la muerte de Gabrielle y la suya propia, me di cuenta de que Robert me miraba; eran solo pequeñas miradas de soslayo cuando pensaba que yo estaba distraída.
Y esas pequeñas miradas me demostraban que él tenía ciertas dudas.
Y luego esas dudas empezaron a cristalizar en sospechas.
A medida que pasaron los días, su mirada se endureció, y supe que él estaba seguro.
Al final, tanto el padre como la hija murieron sabiendo la verdad sobre mí.
Como sabes, cuando Robert y yo nos casamos, me prometió que ese sería nuestro último matrimonio.
Tenía razón, en parte.