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Al menos, eso es lo que le conté a Ruth.
Todo era cierto, salvo esta última parte.
Una mujer debe tener algunos secretos, ¿y por qué no querrías ocultar el «peor» acto que has cometido?
¿Sobre todo cuando no te arrepientes en absoluto?
Lo cierto es que esa noche estuve con Gabrielle, pero la historia de verdad había empezado unas semanas antes, cuando volví a casa de la tienda de comestibles y me la encontré fumando en su habitación, en lugar de haber ido a clase.
Gabrielle estaba sentada en una silla blanca de mimbre, con los pies encima del escritorio a juego, y movía los dedos de los pies con las uñas pintadas de amarillo.
Parecía una chica mala de Bond, tan engreída y siniestra.
Se había cepillado el pelo, cuyo color nogal resplandecía bajo la luz del sol como un mueble antiguo muy caro.
Tenía un cigarrillo encendido en los labios, y las volutas de humo coronaban su pelo con indolencia.
Me miró a los ojos y con descaro dio unos golpecitos al cigarrillo contra la copa del bautizo de Diane, de plata de ley.
—¿En serio? ¿Crees que puedes fumar? Y no creas que no reconozco qué marca fumo, pequeña ladrona —le solté entre dientes.
Ella sonrió y dio otra calada. Sentí un escalofrío de malestar. Eso era demasiado, incluso para Gabrielle.
—¿Sabes qué? Rose hizo algo interesante ayer.
Estaba haciendo un árbol genealógico para un trabajo de clase y vi que escribía Cecilia Dubois, como si fueras tú, pero que luego lo borraba y apuntaba Daphne Hanks.
Lo encontré un poco raro. ¿Qué clase de idiota no sabe cómo se llama su madre? —cuestionó Gabrielle.
Oh, Rose. No era muy avispada. Gracias a Dios que era guapa y tenía una hermana que impidió que se uniera a la primera secta que le habló sobre el hogar tan guay que tenían en la Guyana.
—Bueno, ese es mi segundo nombre… —empecé a decir, pero Gabrielle me cortó.
—Así que cogí a Rose para que me contara cuatro cosas.
Ella no quería soltar prenda, pero le dije que difundiría otro rumor sobre ella y Diane.
Algo muy asqueroso. O sea que me confesó que antes te hacías llamar Cecilia Dubois, cuando te casaste con un tal David.
Le pregunté si era su padre, pero me dijo que no.
Que su padre murió cuando ella era un bebé.
Eso era importante, pero sabía que necesitaba más.
Fruncí el ceño. ¿Más de qué?
—De modo que busqué en la maleta que tienes en el ático. Siempre he sabido que estaba allí; lo único es que creía que no tenías ningún secreto relevante. Y allí encontré algunas fotos, tú con otros hombres, con bastantes hombres, de hecho. Y también papeles. Importantes.
Se me encogió el corazón. Guardaba muy pocas pruebas incriminatorias de mi pasado, pero sí que había determinadas cosas que era preciso conservar, sobre todo por si algún día tenía que salir corriendo. Gabrielle siguió hablando, sin dejar de observarme, mientras fumaba mi cigarrillo regodeándose.
—Encontré documentos de las cuentas bancarias.
Y en cada cuenta figuraba un nombre distinto: Jacqueline, Cecilia, Daphne…
Muchos nombres, todos ellos con apellidos distintos también.
¿Por qué razón? Eso es lo que suelen hacer los criminales.
También encontré un certificado de adopción de James firmado por un hombre llamado Geoffrey Van Rensselaer.
Era de cuando nacieron las gemelas, más o menos, de modo que supongo que ese era su padre. Pero no el de James, eso seguro.
Me echó una de esas sonrisitas un tanto arrogantes típicas de adolescente, como si realmente comprendieran el mundo de los adultos y pudieran ver a través de él. Apreté los puños, y las uñas pintadas se me clavaron en las palmas de la mano.
—O sea, o te habías casado tres veces o jamás te habías casado con el padre de James.
Ni una cosa ni la otra tenían buena pinta.
Mentiste a mi padre. Le dijiste que solo habías estado casada una vez.
Pero has estado dos. Quizá incluso tres.
O es que tuviste un bebé sin estar casada.
Y has utilizado varios nombres y has mentido sobre tu pasado.
No creo que eso vaya a gustarle. Creo que no le gustará ni pizca.
—Oh, vamos, si él lo sabe todo —mentí—. Porque nadie se haya molestado en decírtelo no quiere decir que sea un gran secreto terrible.
Confiaba en que fuera una actriz lo suficiente buena para salirme con la mía, pero ella simplemente sonrió y negó con la cabeza.
—No, creo que es un secreto. Y de los gordos. Creo que has hecho algo muy malo y estás huyendo de la justicia. Por eso te cambias el nombre continuamente. Y yo diría que mi padre no tiene ni pajolera idea.
—Pero él no se lo contaría a nadie. Un escándalo perjudicaría su carrera —dije con cautela.
¿Robert guardaría mis secretos? En ese momento, ya había mucha distancia en nuestro matrimonio, mucho resentimiento.
Aunque lo encubriera, me odiaría por ello.
Incluso me podría pedir un divorcio exprés a cambio de su silencio, un divorcio que me dejaría sin blanca.
Incluso podría obtener una declaración de nulidad por todas las mentiras que le había dicho.
—Mmm, puede que tengas razón. Tal vez debería ir directamente a la policía —sugirió Gabrielle, señalando el teléfono que tenía en la mesa.
Se inclinó hacia él, colocando la mano encima del aparato, y observó mi reacción.
Me quedé inmóvil con el rostro impasible, aguantándole la mirada sin pestañear.
¿De veras que eso era el fin? ¿Secretos guardados durante años que iban a ser desvelados por una adolescente con un complejo de Electra?
—¿Y si no lo hicieras? —le pregunté tajante. Tenía la sensación de que estábamos jugando al póquer y nos apostábamos una gran cantidad de dinero, pero cada vez era más evidente que yo no tenía la mano ganadora.
Gabrielle se reclinó en la silla y entrelazó los dedos, con una sonrisa asomando en el rostro.
—En ese caso, me perteneces. A partir de ahora, no hay hora de llegada, ni normas, ni colegio, a no ser que me apetezca.
Si quiero chuches para comer, me las pones.
Si quiero que me compres cerveza, pues me la compras.
Si quiero estar de fiesta toda la noche, tú te callas.
A la mínima que te pongas chula, se lo cuento todo a papá y a la poli.
La mierda de niña disfrutaba con eso. Aunque ¿a quién no le gustaría ser una adolescente hablándole en esos términos a una madrastra odiosa? Estoy segura de que Cenicienta adoptó una expresión similar cuando le hizo una peineta a su madrastra y se largó con el príncipe.
—Entendido —logré articular apretando los dientes.
Me di la vuelta y, sin apenas gesticular, salí de la habitación, consternada porque una adolescente hubiera sido más hábil que yo. Un nudo de ansiedad me empezó a revolver el estómago. Alguien finalmente intuía mi secreto. Y era la peor persona que podía existir.
Las dos semanas siguientes fueron agónicas.
Gabrille hizo lo que le dio la gana. Cuando mi marido no estaba, se sentaba a la mesa del desayuno, cogía un cigarrillo de mi paquete y me hacía una seña para que se lo encendiera.
Salía de casa pavoneándose con botellas llenas de vino, diciéndome que la próxima vez no le comprara del barato.
Mis hijos lo observaban todo absolutamente horrorizados y perplejos.
Solo Rose se olía algo, y evitaba mirarme a los ojos.
Aunque yo tampoco le hablé del tema. No quería que mis hijos supieran lo precaria que era nuestra situación, hasta qué punto nuestras vidas dependían de los impulsos caritativos de una adolescente sociópata.
Gabrielle buscaba mi mirada y me sonreía con discreción, como para recordarme que ahora vivía de su caridad y que en cualquier momento podía decidir delatarme.
Y yo sabía que, al final, independientemente de lo que yo hiciera, ella llamaría a la policía.
Porque Gabrielle no quería vivir conmigo y mis tres hijos; ella solo quería a su padre.
Y una vez que la novedad de controlarme dejara de serlo, yo iría a la cárcel.
Necesitaba un plan. Había logrado salir airosa de situaciones muy peliagudas: el infierno que viví en Lucan, los abusos que sufrí en Winnipeg, mi vida de privaciones como madre soltera en Nueva York. Ese era mi poder secreto: era una superviviente.
Sin embargo, por muchas vueltas que le diera al asunto, esta vez no veía ninguna salida.
Podía dejar que Gabrielle llamara a la policía, mientras yo trataba de negar lo evidente, o actuaba como si ella fuera una colegiala estúpida que había leído demasiadas novelas de Nancy Drew.
Pero si siempre había logrado escapar era porque, en realidad, nadie me había prestado mucha atención, y yo nunca les había dado una razón para ello.
Una vez que empezaran a hacer una cronología de mi vida, resultaría obvio que algo no encajaba.
La policía se daría cuenta de que cualquier hombre que se me acercara demasiado parecía tener una fecha de caducidad sospechosamente temprana.
Podía coger a mis hijos y huir de allí, cambiarme el nombre y empezar de cero.
Sin embargo, Gabrielle lo seguiría sabiendo.
Y tarde o temprano (probablemente temprano), se lo diría a todo el mundo y la gente vendría a buscarme, me seguiría como a un perro.
Porque Gabrielle me odiaba. No tenía bastante con deshacerse de mí, tenía que castigarme.
Si yo iba a la cárcel, Robert no se ocuparía de mis hijos, no ahora que tenía a su preciosa hija. Mis hijos irían directos a una casa de acogida, ni siquiera les daría tiempo a asimilarlo. No se lo merecían. ¿Por qué deberían pagar por mis acciones?