Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 32
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DAPHNE : Cuando terminó el curso, hicimos las maletas y nos trasladamos a Abrams, una rica ciudad dormitorio en mitad de la nada.

Estaba lo bastante cerca para desplazarse hasta ella por trabajo, pero lo bastante lejos para que solo acudieran trabajadores.

Entre semana la ciudad estaba casi vacía de hombres, solo madres y niños llenaban sus calles.

RUTH : Parece que no te gusta ningún sitio que no sea la ciudad de Nueva York.

DAPHNE : Bueno, eso es porque la gente siempre tiene la manía de llevarme al culo del mundo.

Me habría encantado ir a Los Ángeles, Londres o París.

¿Pero Abrams? Había pasado toda mi infancia trabajando como una puta condenada en una granja, ¿a mí qué más me daba la naturaleza?

¡Y ahora no me vengas con los valores de los pueblos pequeños!

RUTH : ¿Los niños eran felices?

DAPHNE : Las gemelas eran felices porque vivíamos cerca de una caballeriza famosa.

Habían hecho equitación durante muchos años, pero solo un día a la semana; ahora podían practicar siempre que querían.

Era un poco pesado, escucharlas hablar todo el día en plan quejica sobre el adiestramiento y los caballos Cuarto de Milla, pero me gustaba verlas competir con sus elegantes abrigos de terciopelo.

Geoffrey se había recreado recordándome que yo no valía nada, pero nadie jamás les haría lo mismo a mis niñas.

RUTH : ¿Y James?

DAPHNE : Él era un chico de ciudad, como yo.

Los matriculamos en el colegio privado de la localidad, Abrams Country Day, y estaba infestado de deportistas.

Le costó hacer amistades, porque mi hijo no quería jugar a lacrosse; él quería estar en un museo o haciendo fotografías.

Me preocupaba James y me preocupaba mi matrimonio con Robert.

Empezaba a escuchar esa vocecilla de nuevo, ese suave susurro que me recordaba que era mucho más fácil conservar el dinero que el hombre. A pesar de todo, traté de ignorarlo.

RUTH : Aún no has mencionado a Gabrielle.

DAPHNE : Pues bien, resulta que, si eres imbécil, lo serás siempre, aunque cambies de aires.

Era una maleducada, y nos robó cosas a mí y a las gemelas.

En Abrams, hizo amistad con chicos que eran mayores que ella, y salía de fiesta, y bebía y fumaba.

Conmigo era muy desafiante. Y lo peor de todo era que Robert no se daba cuenta.

Una noche, cuando estábamos en el dormitorio, intenté hablar de nuevo con Robert.

—Robert, últimamente Gabrielle me falta al respeto. Y no para en casa. Durante la semana, cuando tú no estás, jamás está aquí a su hora —le dije, acurrucándome junto a él en la cama.

—Siempre me lo dices, pero yo la veo encantadora —contestó, moviéndose como si tratara de escabullirse de debajo de mi cuerpo.

—Te está manipulando. Créeme, no es una niña tan encantadora. Sé que fuma y bebe, y cuando duerme fuera es para montar fiestas —le solté.

—Tal vez no puedas soportar que tenga una hija, o tal vez estás celosa. Solo es una niña pequeña que ha perdido a su madre, y tú lo único que haces es fastidiarla —dijo Robert con frialdad, dándose la vuelta en la cama, y se puso de espaldas a mí.

—¡Es ella la que me fastidia a mí! Y les está haciendo la vida imposible a las gemelas —protesté.

Despacio, con rigidez, se levantó de la cama, aferrando la almohada.

—No me creo ni una palabra de lo que dices.

Y creo que es de muy mal gusto que intentes ponerme en contra de mi propia hija.

—Robert se dirigió hacia la puerta en pijama, todavía con la almohada bien sujeta en la mano—.

Voy a trasladarme a la habitación de invitados. Volveré cuando mejore tu actitud.

—Muy bien —dije entre dientes—. Pues entonces ¡vete!

Y cerró la puerta, pero no si antes mirarme por última vez, perplejo. Apreté las manos con fuerza y me puse a aporrear una almohada; el anillo se me clavaba en el dedo con cada golpe. Esa noche no dormí, atormentada por todos los sentimientos del pasado.

DAPHNE : Transcurrió casi un año. Era octubre de 1974 y aún vivía en Abrams. No tenía amigos, ni aficiones, y contaba con tanto personal que ni siquiera me podía distraer con las tareas domésticas, aunque tampoco es que me llamaran la atención.

Robert se levantaba temprano y se iba a trabajar a la ciudad, y yo llevaba en coche a los niños al colegio.

Y luego me quedaba… sentada hasta que era la hora de ir a recogerlos.

RUTH : ¿Y ya está? ¿Te quedabas sentada?

DAPHNE : Más o menos. Veía mucho la tele. Me preparaba cócteles. Me tomaba algún que otro Valium, solo para olvidarme de todo. Pero ya está, en verdad.

RUTH : No parecías tú. ¿Pensabas en el pasado?

DAPHNE : Todo el tiempo. A veces, se me venía a la cabeza así, sin más.

Volvía en coche de la tienda de comestibles o de ver una competición de las gemelas en adiestramiento y pensaba: he matado a cuatro hombres.

Y cuando envenenaba a David y Geoffrey, había tenido la sensación de que controlaba mi propia vida.

Recordar aquello me impresionaba, pero también me entristecía.

Antes hacía que ocurrieran cosas. Ahora, tan solo, la vida pasaba por delante de mí.

RUTH : ¿Cómo era tu matrimonio con Robert?

DAPHNE : Terrible. Ya se quedó para siempre en la otra habitación. Decía que tenía insomnio, pero yo sabía que no me podía perdonar que no quisiera a su hija. Y yo no podía perdonarle a él que hubiera arruinado nuestra vida feliz.

RUTH : Puede parecer una pregunta cruel, pero ¿por qué no lo habías matado ya?

DAPHNE : Mira, siempre he creído firmemente que asesinar había sido una forma de remediar mis problemas, pero matar a Robert no habría arreglado nada, ya que seguía habiendo el problema de Gabrielle.

RUTH : ¿Y no te planteaste el divorcio?

DAPHNE : Bueno, es caro, y si tenía intención de regresar a la ciudad, quería darles una buena vida a mis hijos. Además, Robert sabía gestionar el dinero y tenía muchos amigos abogados. No quería dejarle y acabar en la miseria.

RUTH : ¿Por qué otra razón os peleabais?

DAPHNE : Por Gabrielle, sobre todo, y cómo discutíamos. Me ponía de los nervios; no podía controlar nada en mi vida, ni siquiera a una niña. Robert me echaba la culpa; me decía que era cortante con ella y que la trataba peor que a mis hijos. Todo era culpa mía.

RUTH : Por lo visto, ya habíais superado con creces la fase luna de miel.

DAPHNE : Sí, las margaritas ya se habían derretido y estábamos quemados. La verdad es que saltaba a la vista que ya no le gustaba, y mucho menos me quería. Y ese sentimiento, sin duda, era mutuo.

Mis hijas seguían peleándose con Gabrielle.

James, al ver el percal, parecía haberse encerrado más en sí mismo, y pasaba cada vez más tiempo en la biblioteca.

Era el primero de la clase y ja más me ocasionó ningún problema, pero echaba de menos a mi mejor amigo y no podía soportar que ya no estuviera a gusto en casa.

Aun así, las gemelas fueron quienes se llevaron la peor parte.

Parecían especialmente vulnerables a la tortura a la que las sometía Gabrielle, ya que tenían solo dos años menos que ella.

Una noche me encontré a Rose sollozando en el baño, mucho después de que todos nos hubiéramos acostado.

Estaba acurrucada junto a la taza del váter, con una toalla en la cara para no hacer tanto ruido.

—Por favor, no me obligues a ir mañana a clase —me suplicó Rose con voz quejumbrosa.

—¿Por qué? ¿Estás enferma? —le pregunté sentándome en la tapa del inodoro, y le cogí la manita.

—No… Es que Gabrielle… ¡ha dicho mentiras sobre nosotros a todo el mundo! —chilló Rose, con las lágrimas resbalando por sus mejillas.

—¿Qué es lo que ha dicho? —pregunté, mientras un frío depredador extraño se apoderaba de mí.

—¡Ha-ha-ha dicho que Diane y yo somos unas frikis! ¡Que nos ba-ba-bañamos juntas y nos damos besos! —susurró Rose entre lágrimas y con cara de vergüenza—. Y ahora nadie quiere ser nuestra amiga.

—Oh, Rose —dije suspirando. Sacudí la cabeza y la arrimé contra mí—. Os podéis quedar en casa mañana, las dos. Y no te preocupes, ya se nos ocurrirá algo —murmuré con los labios pegados a su pelo. Noté que temblaba.

—Por favor, no se lo digas a Robert —me pidió en voz baja—. Se pondrá como loco y la creerá a ella.

—No, no le diré nada.

Dos días más tarde, Rose y Diane aún no habían vuelto a clase. Había pedido folletos de otros colegios privados para ellas, pero me molestaba que Gabrielle, de algún modo, estuviera echando a mis hijas de su colegio, después de haber tenido que cambiar de centro tantas veces.

Esa noche, un jueves, Robert regresó a casa antes de lo habitual y advirtió que Gabrielle no estaba; una vez más, había incumplido la hora de llegada.

—¿Has llamado a sus amigos? —preguntó Robert.

—A los que conozco —puntualicé—. Es muy reservada.

—Podría estar tirada en una cuneta cualquiera —terció Robert.

Estaba sentada en el salón con las gemelas viendo la tele cuando se me encaró, y ellas se fueron de mala gana a la cama, lanzándome miradas de preocupación.

—¡Esto es lo que hace siempre! —protesté—. ¡Y si le digo que está castigada, pasa de mí! ¡Te lo he dicho tantas veces! ¿Qué esperas que haga?

Robert se quedó allí, frío, reprimiendo la rabia.

No se parecía en nada al hombre que era cuando nos casamos, cuando tardaba quince minutos de taxi en ir al trabajo y su mayor preocupación era dónde podíamos reservar para ir a cenar.

Ahora estaba siempre agotado de esos días tan largos, crispado por nuestras peleas y obsesionado con su nueva hija. Ya no se preocupaba por mí.

—Estoy todo el día trabajando y lo único que se espera que hagas es ocuparte de los niños —dijo Robert, tirándome mi bolso—. Ahora sal y ve a buscarla. ¡Y no vuelvas hasta que la hayas encontrado!

RUTH : ¿La encontraste?

DAPHNE : No. Di una vuelta, pero supuse que estaba en alguna fiesta, fumando hierba y bebiendo cerveza.

Robert estaba furioso cuando llegué a casa, y también salió a buscarla, pero regresó al cabo de veinte minutos.

Yo sabía que no estaba en condiciones de estar dando vueltas en coche durante toda la noche; solo pretendía demostrar que a él le importaba más que a mí.

Dos horas después se presentó un policía en casa.

Tenía los ojos llorosos y la gorra sujeta con ambas manos.

Gabrielle había muerto atropellada en una carretera rural, al otro lado de la población.

El conductor se había dado a la fuga, y había transcurrido más de una hora hasta que alguien la localizó.

Al saberlo, Robert se desplomó en el suelo y se quedó allí, dando berridos.

Lo abracé durante un rato largo, intentando ofrecerle todo mi apoyo.

RUTH : ¿Cómo te sentiste cuando murió?

DAPHNE : Por supuesto, la muerte de un niño es algo terrible, pero es verdad que nos había complicado mucho la vida a mí y a mis hijos. Y siempre incumplía mis normas. Si hubiera respetado su hora de llegada, no habría estado por ahí en bici a las tantas de la noche.

RUTH : En cualquier caso, estoy segura de que Robert estaba destrozado.

DAPHNE : Oh, sí. Estaba hundido, no dormía nada.

Parecía una alma en pena. Había hecho de padre durante solo dieciocho meses, pero se tomó muy mal que todo terminara.

Ya ves, no maté a Gabrielle, si bien con su muerte las cosas se enderezaron.

Y es que, para rematar, al cabo de unas semanas, Robert se suicidó por la pena que sentía.

Y por el modo en que lo hizo, infalible, no dejó lugar a dudas de que había sido un suicidio: se lanzó al vacío desde el edificio donde tenía el despacho. Un regalazo para mí.

SustoOMuerte:

¿Hay alguien que se lo trague, esto?

IncendiariaDeLibros:

No. Es que… suena a… trola. Una trola que Daphne no ha tenido tiempo de elaborar.

SustoOMuerte:

¿Crees que Gabrielle era tan terrible como dice Daphne?

PresaTodoElDía:

No.

IncendiariaDeLibros:

Podría ser. Pero también era una niña que había perdido a su madre, que era la única que la había criado. O sea que probablemente no es que fuera imbécil, sino que se moría de pena.

AlSueloYTrolea:

Mi madre murió cuando yo era pequeña.

PresaTodoElDía:

Lógico.

SustoOMuerte:

Me indigna que nadie aún haya intentado cargarse a Daphne, sobre todo ahora que sabemos que mata a niños. Me da la sensación de que ya hay bastante gente que sabe dónde vive. Me sorprende que nadie haya entrado a escondidas y la haya liquidado.

PresaTodoElDía:

Si quieren hacerlo, más vale que se den prisa. Cualquier día la mandan a la cárcel.

FiestaCapote:

¿Cómo lo sabes?

PresaTodoElDía:

Por un amigo de un amigo. No puedo decir más, para no implicarlos a ellos. Pero os lo diré esta semana seguro.

SustoOMuerte:

Un momento, ¿¿FiestaCapote?? ¡¡Has vuelto!! ¡¡Estábamos preocupados por ti!!

SustoOMuerte:

¿… FiestaCapote?

SustoOMuerte:

Oh, joder. Se ha ido otra vez.