Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 31 #3
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Gabrielle era huraña y tenía por costumbre no responder a lo que yo le decía, incluso cuando le preguntaba algo de forma directa, que es una forma sencilla pero increíblemente eficaz para hacer rabiar a alguien.

Me fulminaba con la mirada, como diciéndome «no quiero otra madre».

Aunque yo no tenía ningún interés en solicitar el puesto.

Aunque era incluso peor era la forma en que camelaba a Robert; se pegaba a él como una lapa a una roca o una bacteria que devora carne.

Había algo inquietante en el modo en que se subía a su regazo en el sofá, envolviéndolo con sus brazos larguiruchos de adolescente como si fuera una niña mucho más pequeña.

Los ojos le brillaban con codicia mientras le hablaba con voz de bebé.

En una ocasión, recuerdo que las gemelas la examinaban con detenimiento mientras mirábamos la tele; ella le susurraba cosas a Robert al oído, pero en cambio esquivaba con asco la mirada de ellas.

Incluso mis hijas, que tenían diez años entonces, creían que la cosa estaba pasando un poco de castaño oscuro.

Mis hijos trataron de ser agradables. James asumió el papel del hermano mayor bueno, y le preguntaba por el colegio y le proponía ir al cine, pero ella pasaba casi siempre de él.

Las gemelas, que eran tan solo dos años más pequeñas que ella, tendrían que haber sido las amigas perfectas para Gabrielle.

No obstante, era evidente que Gabrielle las veía como unas rivales.

Había venido a la casa de su padre, a quien acababa de conocer, y resulta que ya vivían en ella dos niñas rubias de lo más guapetonas.

Hubo problemas entre las niñas casi desde el primer momento.

«Mamá, no encontramos las rosetas que ganamos en el concurso de equitación», me dijo Diane el segundo día, y descubrí que estaban apelotonadas dentro de la cisterna del váter de invitados.

«Mamá, mi falda del uniforme está cortada por la mitad, —y vi las tijeras del costurero en la habitación de Gabrielle—.

Mamá, nuestras almohadas están mojadas», pero ni siquiera quise resolver ese misterio.

Habría sido soportable si me hubiera podido reír con Robert, pero él estaba totalmente encandilado con Gabrielle.

Típico en un hombre. Durante años se llenan la boca diciendo que no quieren críos, despilfarran la tira de tiempo de las mujeres y sus reservas de ovarios, y luego más tarde declaran que la paternidad ha sido la experiencia más gratificante de su vida.

Para Robert, Gabrielle no podía ser dañina en absoluto. No importaba cuánto torturara a las gemelas o me desobedeciera; esa niña con una cara igualita a la suya era perfecta. Para que la gente diga que la paternidad no tiene nada que ver con el narcisismo.

Y entonces, un día Robert anunció que quería que nos trasladáramos al norte del país.

—Ni hablar —dije rotundamente.

Era de noche y estábamos en la cama. Robert juntó las manos sobre su pijama azul de algodón, dándolo todo en su papel de «papá lo sabe todo».

—Daphne, sería mucho mejor para los niños. No tienen suficiente espacio en este piso, y Gabrielle está acostumbrada a una vida más rural.

—Creías que la ciudad era perfecta cuando solo mis hijos vivían aquí —repliqué.

Robert nació y creció en Nueva York. La gente como él tenían idealizado el campo, algo que siempre me ha molestado en extremo. Pero ¿qué creían que era aquello? ¿Acaso pensaban que los pájaros te traían el café por la mañana mientras una joven granjera te hacía una paja?

—Ahora me doy cuenta de que fui un egoísta. Tener a Gabrielle aquí me ha enseñado que las necesidades de los niños están por delante de todo —argumentó Robert.

Puse los ojos en blanco. Ese hombre que a duras penas había ejercido la paternidad de pronto era el padre Teresa.

Se había saltado durante años las noches sin dormir y el cambio de pañales apestosos, y ahora se daba palmaditas en la espalda por haber pasado un par de horas después del trabajo con una niña de doce años agradecida.

—Pero ¿por qué? ¡Si se van a ir dentro de un par de años! —exclamé, mientras se me venían a la mente viejos recuerdos de Leosville—. Además, estamos en los setenta. ¡Tienen que saber moverse por una ciudad! ¿Cómo te crees que se van a ganar la vida? ¿Arreando cabras?

En ese momento fue cuando Robert, mi Robert querido y dócil, decidió hacer de tripas corazón e imponer su autoridad.

—Soy yo el que gano el dinero y, si quieres seguir disfrutando del estilo de vida que te he dado, deberás mudarte al campo —me soltó Robert.

Suspiré.

Los hombres dirán que somos iguales, pero al final del día, quien maneja el talonario es quien tiene el poder.

Quería gritar «disfruta el olor a mierda de vaca» y largarme, pero no estaba del todo preparada para cortar con Robert.

Porque estaba forrado. Tal vez debía aguardar el momento oportuno y esperar a que odiara la vida rural y se diera cuenta de que no pertenecíamos a un lugar donde no podías pedir comida china a las dos de la madrugada. Ni a esa hora ni a ninguna, de hecho.