31 #2
Suspiré y me levanté. Le di un toquecito en el hombro al irme, pensando que ojalá mi hijo, la persona que mejor me conocía, tuviera un poco más de fe en mi matrimonio, en mí. Aunque lo cierto es que me conocía demasiado bien…
Se podría haber acabado allí. Podría haber seguido felizmente casada con Robert en Manhattan. De veras creo que podríamos haber conseguido que funcionara, si no hubiera sido por Gabrielle.
Es raro, porque esperas que la chica que destroce tu matrimonio sea una camarera de un bar de copas de veintipocos años con las tetas en su sitio. Sin embargo, en mi caso, fue una niña de doce años.
Todo empezó un día al llegar a casa después de una tarde de compras muy productiva. Me encontré a mi marido sentado en el suelo junto al teléfono, con el rostro del mismo tono gris que su traje de lana.
—¿Estás bien? —le pregunté, depositando las bolsas de la compra encima de una mesa con el mismo cuidado con que dejas un bebé y, acto seguido, me agaché a su lado.
—Tengo que darte una noticia —murmuró Robert—. No sé ni por dónde empezar.
—Adelante, dime —dije con firmeza, ayudándolo a sentarse en el sofá.
Durante un instante no dijo nada, y contuve las ganas de repiquetear con el pie en el suelo, como una maestra estricta que espera una respuesta.
—Hoy me ha llamado un abogado de California. Mi exmujer ha muerto —anunció con voz queda.
Me encogí de hombros. ¿Y qué? ¡Si me viniera abajo cada vez que se me moría un marido, estaba apañada!
—Sé que tal vez es un poco triste, pero hace más de diez años que no la veías —comenté.
Entonces Robert tomó aire ruidosamente y se secó la boca. Tenía el rostro flácido e hinchado, como si una visita al dentista se lo hubiera dejado entumecido.
—El abogado… me ha dicho que Sheila estaba embarazada cuando nos divorciamos, que tengo una hija de doce años.
—¿Qué?
—Mi nombre está en la partida de nacimiento. No puedo creer cómo pudo ocultarme algo así —dijo con amargura—. Así era Sheila.
—¿Vas a quedar con esa niña? —le pregunté, cavilando ya si podía darle la vuelta a aquello de modo que obtuviera algún beneficio. Jamás había estado en California.
—¿Que si voy a quedar con ella? Se vendrá a vivir con nosotros —soltó Robert.
—¿Qué? —repetí, pasmada.
—Sheila dejó por escrito en su testamento que quiere que Gabrielle se venga a vivir conmigo —declaró Robert, con la voz aún irritada. Jamás me había hablado mal. Yo ni siquiera conocía a esa cría y ya estaba afectando a mi matrimonio.
—Pero no puedes —repuse con un hilo de voz—. ¡Ni siquiera la conoces!
—¡Ya lo sé! —Gruñó—. ¿Pero qué esperas que haga? Además, esta casa ya está llena de niños, ¡no pasa nada porque haya uno más!
Entonces se levantó y se fue, furioso.
—¡Igual ni es tuya! —grité a sus espaldas.
Mi esperanza de que Sheila fuera una puta mentirosa se desvaneció en cuanto conocí a Gabrielle. Era el vivo retrato de Robert; el mismo pelo oscuro, el mismo rostro enjuto, los mismos ojos azul grisáceo. Sheila había dicho la verdad. Odié a esa zorra muerta.
Gabrielle no parecía de California, sino más bien de Boston, en realidad, con su piel lechosa y unos rasgos muy refinados.
Estaba de pie en el vestíbulo, envuelta en el abrigo rojo de diseño que le había elegido y que le había enviado con Robert, ya que supusimos que no contaría con la ropa apropiada para pasar un invierno en Nueva York.
—Hola —dije, extendiendo el brazo para darle un toquecito en el hombro.
—Hola —respondió, seca.
Creía que la intimidaría conocerme, pero sus ojos de párpados caídos apenas pestañearon. Me recordó a una iguana que vi hace tiempo en un zoo, posada en una rama; no se movió lo más mínimo, a pesar de que todos los niños golpeaban la vitrina.
—Me llamo Daphne Hanks. No sé cómo te gustaría llamarme.
Me puedes llamar señora Hanks o tía, lo que más te guste —le dije, confiando en que hubiese captado que «mamá» no era una opción.
Esperé a que hablara, pero no abrió la boca; simplemente, me miraba de forma altiva, así que continué—: Mis hijos y yo tenemos muchas ganas de conocerte y de enseñarte la ciudad.
—No era verdad, pero me sentí como una santa al decirlo.
Todas las demás esposas ricachonas andaban dando dinero para ayudar a los niños, pero ¿cuántas de ellas hacían una auténtica obra caritativa acogiendo a una niña desconocida en su hogar?
Seguía sin obtener respuesta de Gabrielle. Qué dura. La última vez que presencié un silencio tan largo como ese fue en el recital de violín de las gemelas, pero se lo ganaron a pulso, caray. Yo solo trataba de ser amable.
—¿Te apetece ver tu dormitorio? Seguro que te vendrá bien descansar.
Ella asintió y la acompañé por el pasillo.
Su dormitorio había sido mi tocador hasta hacía poco.
De mala gana, había recogido el maquillaje y las joyas, con la sensación de que esa niña ya me estaba echando de la vida de Robert.
Aun así, me había tomado muy en serio las compras y había montado una habitación de ensueño para una preadolescente: unos muebles blancos de mimbre, una cama con dosel con unas cortinas azules de seda, papel pintado con un estampado de nomeolvides.
Abrí la puerta con mucha ceremonia, como si destapara algo para ella, y miré para ver cómo reaccionaba, si sonreía o daba un grito ahogado.
Sin embargo, su expresión no cambió. Se quitó el abrigo nuevo, lo dejó caer al suelo y, a continuación, se tiró a la cama sin descalzarse. Por fin, habló.
—¿Puedes cerrar la puerta, Daphne? —me exigió Gabrielle con insolencia y una mirada retadora. Asentí, aguantándome las ganas de pegar un portazo al salir.
No fue un buen comienzo.
Las cosas no mejoraron los días siguientes. Yo siempre había tenido un hijo favorito, pero ahora, por fin, también tenía uno que era el menos favorito.