Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 31
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Ruth decidió seguir con el pódcast.

Ahora estaba en el punto de mira de la gente, y debía asegurarse de que la historia de Daphne St. Clair y Ruth Robinson era la correcta.

Según el enfoque que le diera al asunto de Gabrielle, tendría éxito o bien fracasaría en su vida pública.

Cuando Daphne finalmente respondió al teléfono y accedió a que la entrevistara, Ruth condujo hasta Coconut Grove con la esperanza de lanzar ese episodio lo antes posible, antes de que la gente abandonara el programa.

Sus oyentes debían saber que tenía intención de contarles la verdad, toda la verdad.

Sobre Daphne, sí, pero también sobre Ruth.

Y debía hacerlo rápido, antes de que empezaran a sacar sus propias conclusiones.

En el coche todo era silencio mientras se dirigía hacia Coconut Grove.

Los únicos sonidos eran el murmullo del motor y el viento que le rozaba las orejas.

Ruth se secó la cara cuando se detuvo en un semáforo y le sorprendió comprobar que la tenía cubierta de un sudor pegajoso y frío.

Al mirarse en el retrovisor, vio que estaba roja y se le marcaban las arrugas.

Esta investigación le había minado sus energías, había sacado mucho a la superficie, y Ruth sabía que no le quedaba mucha cuerda.

Ya fuera Daphne o Ruth, algo tenía que dar.

Había un coche de policía aparcado enfrente de la residencia, pero Ruth lo adelantó con paso firme, sin mirar en el interior.

Nada de lo que pudieran decir o hacer la detendría.

Sabía lo que se jugaba, sabía lo que ocurriría si se equivocaba y cuánta gente esperaba que hiciera justamente eso. Hoy era el día.

En cuanto Ruth entró en el apartamento de Daphne, se dio cuenta de que ella también sabía que ese día iba a ser distinto.

Era como si el aire estuviera cargado de bruma y electricidad, y se gestara una gran tormenta tropical.

Advirtió que Daphne la observaba mientras preparaba el equipo de grabación, y cuando sus ojos se encontraron, Ruth detectó esa mirada fría y depredadora que poseía Daphne cuando no trataba de ocultarla a propósito.

Daphne no sabía cómo Ruth abordaría esas nuevas acusaciones, qué historia respaldaría el pódcast. Ni la propia Ruth lo sabía todavía.

De modo que respiró hondo y empezó a grabar, rezando para no meter la pata.

UNDÉCIMO EPISODIO: 1972-1974

RUTH : Daphne, esta semana ha salido a la luz una noticia, una muy polémica. Hablemos del tiempo que viviste en Abrams, Nueva York.

DAPHNE : Claro. Es básicamente el punto de la historia donde nos quedamos.

RUTH : Bueno, no. De hecho, estábamos en el 2022 la última vez que hablamos, o sea que esto sería oh… cincuenta años antes.

DAPHNE : Tal vez, si no le dieras tanto a la sinhueso, ¡no me habría olvidado de los años setenta!

Vamos a ver. Después de Leosville, regresé a Nueva York.

Los niños fueron a los mejores centros educativos de la ciudad, hicieron toda clase de extraescolares y veraneábamos en Los Hamptons. Les compraba lo que querían.

RUTH : Todo con el dinero de David.

DAPHNE : Sí, por supuesto. De todas formas, a los cuarenta años me casé con el que sería mi siguiente marido, Robert Hanks. Estaba de lo más aburrida, y realmente pensé que sería distinto esa vez.

RUTH : Háblame de Robert.

DAPHNE : Robert era mi gran objetivo. Un hombre rico sin hijos a quien no le importaría adoptar varios hijastros.

Los bebés no le hacían mucha gracia, pero no le estorbaban unos cuantos preadolescentes en casa.

Cuesta encontrar a un hombre de más de cuarenta que no se haya mudado a las afueras y no esté cargado de un puñado de mocosos.

RUTH : ¿Cuánto tiempo estuvisteis juntos antes de prometeros?

DAPHNE : Un año. Nos lo tomamos con calma, cada uno tenía su vida.

Con el matrimonio lo que suele ocurrir es que el hombre pasa de verte como una seductora de lo más atractiva a la refunfuñona en albornoz que se pone delante del televisor.

Incluso los mejores hombres se apoltronan y, de pronto, las noches de los viernes en el exclusivo bar de champán se convierten en cenas frente al televisor mientras él se rasca las pelotas.

RUTH : Pero te propuso que te casaras con él.

DAPHNE : ¡Vaya, hoy sí que me estás metiendo prisa!

Sí, supongo que él no estaba tan harto del matrimonio como yo.

Me llevó al Lutèce, uno de los mejores restaurantes de Nueva York a principios de los setenta.

Me regaló un anillo con una esmeralda enorme en una copa de champán.

Fue un poco raro, porque lo tuvo que sacar con esos dedos tan gordos, pero luego me soltó el discursito, sobre lo bien que viviríamos en Nueva York, que viajaríamos por el mundo y que nos divertiríamos.

Mi primer marido había sido un timo, el segundo, un aburrimiento, o sea que tal vez con Robert me fuera bien.

Así que le dije que sí y me coloqué el anillo en el dedo.

Esa noche estábamos tumbados en la cama, con la cabeza todavía flotando por las burbujas y la excitación.

—Quiero que esto funcione —susurró Robert—. Es que no podría superar otro divorcio.

—¿Fue duro? —pregunté.

Hasta ese momento, el único hombre con quien había estado que había logrado salir con vida era Cari, el padre de mi hijo; por tanto, no tenía mucha experiencia en rupturas.

—Fue terrible. Estuvimos casados solo dos años y, después de los primeros seis meses, sencillamente… dejamos de querernos. El año y medio que quedaba nos dedicamos a amargarnos la existencia. Y después, ella empezó a engañarme con otros.

—¿Cómo terminó todo? —pregunté, deseando que él pusiera fin a esa historia y se concentrara en mí.

—Esperó a que yo no estuviera, por un viaje de trabajo, para coger todos los objetos de valor del apartamento e irse a la costa oeste. Una semana después me escribió para pedirme el divorcio. Nos divorciamos de forma exprés en Nevada, y ya no la he vuelto a ver.

—Qué duro —dije, distraída, mientras contemplaba cómo brillaba mi anillo a la luz de la lámpara.

Entonces se puso de lado y me acarició el pelo.

—Claro que ni me imagino lo duro que tiene que haber sido para ti perder al padre de tus hijos, quedarte viuda…

De acuerdo, sí, me había tomado una pequeña licencia artística: había asignado a todos mis hijos a un mismo padre difunto, y no a una sarta de malos padres y muertes sospechosas. Así mi historia había quedado más depurada.

—Pero por lo menos sabías que tu marido no quería dejarte. Él no quería morirse —apuntó Robert.

—No —accedí—. Él realmente no quería morirse.

El año siguiente todo fue felicidad. Nos casamos en una pequeña ceremonia civil, porque —y esto tal vez te sorprenda— no soy mucho de bodas.

Las invitaciones, los cientos de invitados, las fotografías en papel…

no son más que una fórmula para engancharte.

Luego, nos instalamos en un ático espectacular, el típico lugar donde desde el mismísimo salón tienes la sensación de encontrarte en el centro de la ciudad.

Robert y yo nos llevábamos bien. Parecía que le complacía volver a ejercer de esposo después de tantos años de soltería, y yo estaba contenta con mi papel de mujercita, ya que él no esperaba que cocinara, limpiara o pariera.

A menudo quedábamos para almorzar, en la pausa que él hacía al mediodía en el trabajo, y después, por la noche, salíamos e íbamos a restaurantes, al teatro y al cine.

Robert me dejaba hacer lo que yo quería, y corría con todos los gastos. Era el marido perfecto.

Mis hijos, sin embargo, parecían mantener cierta distancia con Robert.

En una ocasión, una noche fría y ventosa de noviembre, le pregunté a James.

Estaba sentada en su cama, observándole montar una maqueta de avión bajo la luz tenue de su lámpara de escritorio.

Habíamos ido al cine y hacía poco que habíamos regresado a casa.

Había conseguido que James viniera a ver la nueva película de Audrey Hepburn; sabía que ella me fascinaba desde que la había visto actuar en Desayuno con diamantes .

—James, ¿te cae bien Robert?

Sacudió sus hombros huesudos de adolescente.

Vi como los omóplatos se le movían bajo la camisa y, de pronto, me entraron ganas de besarle, de comerle a besos, tal como hacía cuando era un bebé, cuando su cuerpecito me pertenecía.

Pero, por supuesto, en ese momento no lo besé.

A la madre de un adolescente solo se le permite recibir un par de abrazos a regañadientes cada seis meses, normalmente después de un buen regalo.

Me entristeció verlo crecer y alejarse de mí.

—Sí, normal —respondió James con una voz totalmente neutra, como si le hubiera preguntado si le gustaba el pan.

—Tal vez podrías ser más afectuoso con él. Gracias a Robert, podemos hacer muchas cosas —le dije.

Eso es lo más cercano a una regañina que le dado jamás a James, mi niño perfecto.

Aun así, creía que no era pedirle demasiado que sonriera a cambio de una educación en un colegio privado, entradas a museos y viajes en el extranjero.

Todo eso había sido inimaginable para mí de pequeña.

James se volvió hacia mí, sentado en la silla, y me miró, agarrándose las manos.

Su pelo oscuro le tapaba los ojos, y tuve que contenerme para no apartárselo de la frente brillante.

—Mamá, ha habido muchos hombres todos estos años. No quiero cogerle cariño.

—Pero, cielo, Robert es distinto. Este va a durar.

—Eso es lo que dijiste de David —apuntó en voz baja.

—Bueno, ¿y cómo iba a saber yo que a la larga tendría cáncer? —Planteé.

James no dijo nada durante un momento. Tan solo se me quedó mirando y, a continuación, se frotó las manos. Me moví incómoda, sin saber en qué pensaba.

—Lo único que digo es que es más fácil no encariñarse —murmuró.