30 #2
Al fin y al cabo, Robin Hood era solo una leyenda. La historia real se parecía mucho más a Daphne St. Clair.
Presa de la desesperación, Ruth llamó a su madre.
Cuando Louise respondió, Ruth le contó lo de las acusaciones y que no sabía si eran ciertas o no, pero que eso le había hecho dudar sobre si debía seguir con el pódcast. Esperaba que su madre le recriminara diciéndole que ella llevaba razón y le instara a que lo dejara inmediatamente, pero la sorprendió.
—Ruth, a estas alturas, lo que está hecho, hecho está.
Abandonar el pódcast ahora solo perjudicaría tu carrera.
Quizá encuentres un buen trabajo a raíz de esto y puedas irte lejos.
Florida ya no es un lugar seguro para ti, de modo que ahora tan solo necesitas un poco de dinero y un razón para marcharte.
—No debería irme de donde me he criado. Soy inocente —protestó Ruth.
Louise suspiró. Ruth dedujo que estaba agotada, que tras un largo día de trabajo y, ahora, después de esa conversación, estaba sin fuerzas e irritable.
—Olvida el pasado y céntrate en tu futuro. Este pódcast no hará que vuelva y jamás verás ni un céntimo de esa herencia. Así que utilízalo como trampolín para otra cosa.
—Pero me preocupa que se interprete de forma equivocada. El hecho de darle esta plataforma —explicó Ruth, tratando de entender todas las emociones contradictorias que se agitaban en su interior.
—Ruth, un posicionamiento moralista no te paga el alquiler. Así que déjate de tonterías y hazlo por dinero, porque tú sabes mejor que nadie que ser pobre no tiene nada de noble, joder —dijo Louise con una voz glacial.
Su madre siempre había tenido trabajos precarios, había estado en despachos, restaurantes, fábricas, cualquier cosa que le saliera. No había tiempo para debates académicos en el mundo de Louise Robinson; no había tiempo para nada, en realidad. Estaba enferma, y cansada, y su hija era una cobarde.
—Pero… —empezó a decir Ruth.
—Ruth, estoy agotada. Todo esto también ha sido duro para mí. Tomaste una decisión y ahora debes acatar las consecuencias —dictaminó Louise—. Remátalo.
Ruth se despertó en mitad de la noche con unos toquecitos en la puerta principal. Eran tan suaves que Ruth no sabía con certeza si eran reales. ¿Estaba soñando? ¿Era un árbol, que daba golpes contra el muro del edificio? No. Los volvió a oír.
Ruth estaba sentada en la cama, paralizada, dudando sobre lo que debía hacer. Era pasada la medianoche, y su piso estaba totalmente a oscuras, ya que todas las cortinas estaban cerradas. Encendió la linterna del móvil y permaneció quieta, escuchando como llamaban a la puerta.
—Ruth… Ruth… —dijo una voz desde el otro lado de la puerta.
Ruth, despacio y sin hacer ruido, salió de la cama, esquivando la parte del suelo que crujía. Avanzó por el pequeño pasillo y dejó atrás la cocina, donde los electrodomésticos parecían gorgotear y gruñir en su sueño.
—Ruth… Ruth… —Esa voz de nuevo. Una voz masculina. Sosegada. Dulzona.
Ruth se acercó a la puerta y, con cuidado, comprobó que los dos pestillos estuvieran en su sitio.
Agarró el móvil con fuerza, dispuesta a llamar al teléfono de emergencias si él echaba la puerta abajo.
Lentamente, muy lentamente, acercó el ojo a la mirilla.
Aguantó la respiración, consciente de que había un hombre solo a unos centímetros de ella, un hombre que parecía decidido a encontrarla.
En el rellano apenas se veía nada, y la figura llevaba una sudadera verde oscuro con la capucha puesta. Pero entonces se giró, y la tenue luz del techo le enfocó el rostro.
Era el agente Rankin. No obstante, no llevaba el uniforme, y estaba solo. Ruth observó su sudadera ancha. No había forma de saber si iba armado.
—Te oigo desde el otro lado. Sé que estás aquí… —murmuró.
Ruth se apartó de la mirilla, tapándose la boca presa del pánico. Miró el móvil y, de repente, cayó en la cuenta de que no tenía a quien llamar —a la policía, por supuesto que no—. Estaba sola en un piso cuya única salida estaba bloqueada por un extraño.
No podía volver a la cama, no si él seguía ahí fuera. Así que se dejó resbalar despacio contra la pared, haciendo pequeñas respiraciones sofocadas bajo sus manos entrelazadas. ¿Cuánto tiempo se quedaría allí?
—Has tenido una buena racha. Pero es el momento de acabar con esto —dijo con un punto de suficiencia.
Ruth permaneció callada, así que él probó con otra táctica.
—Has acaparado demasiado atención. ¿Quieres adueñarte de todo internet o qué? Bueno, te escucho, Ruth. Y ya es hora de que nos digas la verdad.
Intentó seguir respirando, aunque la opresión en el pecho era cada vez mayor.
—No puedes seguir haciendo esto, Ruth. No lo vamos a permitir. Nadie sale impune de un asesinato. Eso ya lo deberías saber a estas alturas, zorra estúpida.
«No ha venido como policía, no esta noche».
Un agente que estuviera de servicio no actuaría de ese modo, y al parecer no lo acompañaba nadie.
Ruth sabía que el agente Rankin trabajaba para los Montgomery, y era obvio que estaba allí a petición de ellos.
¿La mataría? Todo parecía posible a media noche.
—Ruth… Ruth… —susurró, con una voz apenas audible desde el otro lado de la puerta. Ella se estremeció y se abrazó a sí misma aún más fuerte.
Ruth se quedó sentada allí una eternidad; tenía el cuerpo paralizado por el miedo.
En algún momento, él dejó de hablar, dejó de amenazar y de coaccionar con ese tono dulzón.
Permaneció sentada todavía un rato más, temiendo que su única intención fuera crearle una falsa sensación de seguridad, para que así cometiera alguna estupidez como abrir la puerta para comprobar si ya no había peligro.
Finalmente, reunió el valor suficiente para asomarse por la mirilla. El rellano estaba vacío, y oscuro aún.
No fue hasta la mañana siguiente, cuando Ruth finalmente se aventuró a salir, que encontró la foto pegada a su puerta. Era una foto antigua de ella con los Montgomery, cogida del brazo de toda la gente que ahora la querían fuera de allí.
De pie junto al hombre que Daphne había asesinado.