Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 29
73%

29

Lucan. Ruth sabía que tarde o temprano debería ir. Es donde empezó todo, la tierra amarga donde se había gestado Daphne y, después, había sido cultivada por la crueldad de otra gente.

Hacía mucho tiempo que había planeado ese viaje, pero debió esperar a que le llegara su primer pasaporte por correo.

Era un trayecto complicado; tuvo que tomar varios vuelos y, después, conducir una larga distancia hasta Lucan.

En ese preciso momento se encontraba en las afueras de la ciudad, rodeada por un entorno desconocido.

En Florida, el cielo era una sábana colgada henchida de agua.

Aquí, en cambio, era como un cuenco volcado sobre la tierra, una cúpula enorme que parecía tan profunda como la eternidad.

La luz del sol era intransigente, firme e intensa, el horizonte zumbaba en el paisaje, y solo algún que otro árbol o vivienda interrumpía el ruido.

Le resultó raro abandonar Florida en ese momento, hacer un paréntesis en su vida, normalmente tan organizada, pero ese viaje era imprescindible para el pódcast. Esperaba resistir, al menos.

Su insomnio se estaba agravando. Durante las horas en que estaba despierta, le daba la sensación de que se encontraba bajo el agua, con la cabeza nublada y de mal humor por todo el café que se tomaba para tenerse en pie.

Sin embargo, por la noche era como si un miedo increíble se apoderara de su cuerpo, y estaba tan alterada que cada vez que soplaba el viento o gorgoteaban las tuberías, se incorporaba de un sobresalto en la cama.

Últimamente había pasado mucho miedo, un miedo indescriptible que era incapaz de expresar en palabras.

La atormentaba la idea de la muerte, y sabía que esto no se podía eternizar, que debía terminar esa historia y seguir adelante.

Confiaba en que, yendo al punto de partida, encontraría una forma de ponerle fin.

DÉCIMO EPISODIO: 2022

RUTH : Hola, y bienvenidos a Los seis asesinatos de Daphne St. Clair .

Os habla vuestra presentadora, Ruth Robinson.

Hoy estoy en Lucan, Saskatchewan, con una población de novecientos habitantes.

Esta localidad apenas tiene información en internet, no es conocida por ningún evento famoso ni personalidad destacada.

O eso se creía. Porque, como sabéis, en este lugar nació Loretta Cowell, la niña que se convertiría en Daphne St. Clair.

Espero que, viniendo aquí, pueda encontrar a alguien que se acuerde de Daphne, aunque ya haya transcurrido mucho tiempo.

[Sonidos típicos de una cena. Gente que habla y ríe, cubiertos que tintinean].

CAMARERA : ¿Desea algo para comer?

RUTH : Solo la cuenta, por favor. Mire, estoy trabajando en un proyecto de investigación sobre una mujer llamada Loretta Cowell que se crio aquí en los años treinta y cuarenta. Supongo que no la recuerda, ¿verdad?

CAMARERA : Eso fue antes de que yo naciera, pero recuerdo haber oído hablar de la familia Cowell. Aunque era una familia muy grande, o sea que no sé si he oído alguna vez el nombre de Loretta. Se iba un montón de gente entonces, en busca de trabajo.

RUTH : Y en cuanto a los demás hijos de los Cowell, ¿sabe qué fue de ellos?

[La camarera se ríe].

CAMARERA : ¿Por qué no le pregunta a Buzzy? Aún está aquí.

RUTH : ¿Buzzy?

CAMARERA : Russell Cowell. Uno de los hijos más pequeños de los Cowell. No sé por qué todo el mundo le llama Buzzy.

RUTH : ¿El hermano de Loretta?

CAMARERA : Sí. No sé por qué se sorprende. Aquí hay gente que se larga en cuanto se le presenta la ocasión; otros se quedan para siempre. Pero él es el único Cowell de Lucan que queda por aquí. Así que solamente puede hablar con él.

RUTH : Gracias.

Solo había una residencia para la tercera edad en la localidad, que consistía en un conjunto de habitaciones y apartamentos anexos al hospital, por lo que fue fácil encontrar a Buzzy.

Ruth se acercó a una mujer en silla de ruedas que fumaba delante de la residencia, y esta le señaló un anciano que estaba sentado fuera.

El hombre tenía la piel curtida y llevaba un jersey liso de algodón y una gorra de béisbol bien calada sobre su pelo ralo.

Estaba acomodado en una silla del jardín, con las manos planas encima de sus muslos y la mirada fija en el horizonte, como si una decisión importante dependiera del tiempo.

—Hola, ¿Buzzy? —preguntó Ruth, aproximándose a él. Revolvió en su mochila para coger el micrófono.

—Sí, soy yo —respondió Buzzy, examinando a Ruth con recelo.

—Me llamo Ruth Robinson. Soy periodista. He venido aquí, señor Cowell, para hablar con usted de su hermana Loretta —expuso Ruth.

Las cejas del hombre se arquearon por encima de sus gafas de cristales oscuros con la montura cuadrada.

—¿Loretta? ¡Cuánto tiempo sin oír este nombre! ¡Hace más de setenta años que no la veo! ¿Por qué diablos le interesa Loretta a usted? —preguntó, de pronto mucho más animado. Señaló la otra silla del jardín y Ruth se sentó, sosteniendo el micrófono delante de ella.

—Se lo explicaré todo, pero primero solo quiero que me confirme que se acuerda de ella.

—¡Por supuesto! Era mi hermana mayor. Nos cuidaba de pequeños, siempre era la primera en cogernos cuando llorábamos o en distraernos cuando nuestro padre perdía la cabeza. Pero se marchó cuando yo tenía siete años —explicó Buzzy.

—¿Sabe por qué se fue? —preguntó Ruth, que desconocía si la relación de Daphne con el cura, o el hecho de que le hubiera robado, había sido de dominio público.

—No —respondió, categórico—. Pero jamás lo cuestioné. Mi padre era un hijo de puta, sobre todo con las chicas —añadió con un tono de alarma en la voz.

Ruth sabía que tendría que hurgar un poco para que lo dijera claramente. Las insinuaciones servían de poco en las entrevistas para un pódcast. Sin embargo, no era el momento más agradable como periodista.

—¿Qué les hacía a las chicas? —preguntó.

Él la miró fijamente y, por un momento, Ruth pensó que le iba a pedir que se retirara.

Pero era evidente que deseaba saber sobre su hermana y puede que incluso le complaciera hablar con una desconocida.

Si Ruth había aprendido algo en los últimos meses era que las residencias para la tercera edad solían ser todas iguales, un día tras otro, y la mayoría de los internos luchaban contra la frustración y el aburrimiento.

—ÉL. Abusaba de ellas. Pero no quiero hablar de eso —dijo Buzzy, dando un manotazo en el aire—. En una cabaña de una sola habitación no hay muchos secretos, pero eso no quiere decir que deba ir ventilándolo todo.

—¿Cómo fue cuando ella se marchó? —preguntó Ruth.

Buzzy frunció el ceño.

—Bueno, éramos muy pequeños y lloramos mucho.

Y mi madre estaba cada vez más callada, hasta el punto de que era casi invisible.

En cambio, mi padre actuaba como si no hubiera ocurrido nada.

Una vez le pegó a mi hermano Ray con el dorso de la mano por hablar de ella.

Después de aquello, ya no volvimos a hablar de Loretta.

Suspiró y se quedó callado, como si articular todas aquellas palabras lo hubiera dejado agotado. Durante unos minutos, Ruth y Buzzy se quedaron sentados mirando el horizonte seco con los ojos entrecerrados, en el calor asfixiante.

—Esa casa te hacía malo. Te enseñaba a mirar por ti y por nadie más —dijo al fin, rompiendo el silencio—. Y bien, iba a decirme por qué pregunta por Loretta.

—Loretta… se cambió el nombre. Ahora se hace llamar Daphne St. Clair —empezó a explicar Ruth.

Se preguntó si apreciaría en él algún indicio de que sabía de lo que le hablaba, pero no fue así.

Puede que aquí no vieran muy a menudo las noticias del país, o tal vez Buzzy estaba enganchado al canal de deportes—.

Daphne vive en Florida, y hace poco confesó ser la autora de varios asesinatos.

Se casaba con hombres por su dinero y luego los envenenaba.

—Eso era simplificar en exceso la vida de Daphne, pero había demasiado por decir en una sola explicación.

Silencio. El rostro de Buzzy permaneció impasible durante un buen rato, hasta que finalmente se llevó las manos nudosas al rostro y emitió una tos húmeda.

—Qué duro —dijo—. Es algo que jamás te esperarías de alguien que conoces, aunque no lo hayas visto durante mucho tiempo.

Ruth se dio cuenta de que hablaba con generalidades como si quisiera protegerse.

Conversaban sobre cómo era tener a una hermana asesina en abstracto y eso no fuera con él.

Ruth lo entendía; a veces ella recurría a la misma técnica cuando entrevistaba a Daphne, de modo que por un instante podía olvidar que ella era la razón por la que su vida se hubiera ido al traste, y así le resultaba soportable estar en la misma habitación.

Buzzy silbó con sus labios secos, que frunció en un mohín.

—Creo que estoy a punto de caerme de la silla —confesó—. Bueno, por lo menos no conservó su nombre.

Ruth se quedó en silencio, esperando alguna reacción más por su parte. Sin embargo, él siguió sacudiendo la cabeza, con el semblante conmocionado.

—¿Y la policía la ha detenido? —preguntó Buzzy al final.

—No, acaba de confesar de improviso después de que dictaminaran que el último hombre que había asesinado había muerto por causas naturales.

—¿Y por qué ha hecho algo así? —preguntó él—. ¿Porque se siente culpable?

Ruth recordó la sonrisa petulante de Daphne mientras le relataba la muerte de Warren.

—No, por eso seguro que no. Es un misterio, la verdad —respondió Ruth encogiéndose de hombros.

—¿Ha hablado todo esto con la gente de aquí? —preguntó Buzzy despacio.

—No —contestó Ruth—. Acabo de llegar. Y la camarera no me ha pedido explicaciones.

—Bien, mejor no diga nada. Cuando mi padre murió, y también mi hermano mayor, que era un poco alocado y se fue al oeste, la gente dejó de hablar sobre estos Cowell tan miserables. Hice mi vida aquí, feliz, formé una bonita familia. No quiero que volvamos a ser la comidilla del pueblo.

—Pero… la gente lo descubrirá —apuntó Ruth—. Es una noticia de gran impacto, y cada día que pasa este pódcast tiene más difusión.