Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 28 #2
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¿Se había movido la botella? Quizá. Creía recordar que estaba más cerca del centro de la mesa, pero no lo podía asegurar.

Se sentó, plenamente consciente de los latidos desbocados de su corazón.

Daphne la miraba con una ligera sonrisa.

¿Había echado algo en el recipiente? ¿Líquido limpiador?

, ¿medicación? ¿O puede que lo hubiera movido para hacer creer a Ruth que lo había tocado?

¿Y si todo eso solo eran paranoias suyas, porque tenía falta de sueño y sabía que estaba en una habitación con una puta asesina?

Daphne la observaba, y luego, despacio, inequívocamente, sus ojos se desplazaron hasta la botella.

Pero ¿qué significaba ese gesto? ¿Debería desenroscar el tapón y echar un vistazo dentro?

¿Para ver si había espuma en la superficie o una pastilla que aún se estaba disolviendo?

Daphne no se podía mover muy rápido. ¿Le había dado tiempo a manejar la botella mientras Ruth estaba en el baño?

De pronto, Ruth se notó la boca seca y movió la mano, como si quisiera alcanzar la botella. Daphne todavía la miraba mientras trataba desesperadamente de decidir qué hacía. ¿Examinaba el contenido del frasco? ¿Se iba airadamente? ¿Exigía una explicación?

Finalmente, Daphne tomó la palabra.

—Y bueno, ¿con qué me estabas calentando la cabeza?

—Te decía que por qué dejaste de matar. ¿Por qué hay un intervalo tan largo entre Donald y Warren…? —dijo Ruth con la voz quebrada, apartando la mirada de la botella.

—Era vieja, supongo, y estaba cansada. Requiere mucho esfuerzo simular que eres la persona que alguien quiere, engancharlo, casarte con él, esperar un tiempo razonable para poder empezar a envenenarlo.

Sencillamente, estaba cansada de la gente.

Cansada de fingir —murmuró Daphne, encogiendo sus hombros huesudos.

Observaba la mesa, ¿o la botella?, con una mirada distante, ausente.

—Entendido. Bueno, supongo que por hoy ya es suficiente. Si dices que no mataste a nadie más, pues es que no lo hiciste —resolvió Ruth con los labios secos y agrietados.

Todos sus planes para encararse con Daphne ese día, acorralarla para que confesara, se habían quedado en nada, aterrorizada de que Daphne pudiera haber intentado envenenarla.

¿Cómo no se le había ocurrido antes de que podía ser peligroso inducir a Daphne a revelar algo que ocultaba?

, ¿de que una asesina acorralada era especialmente letal?

—Exactamente, no maté a nadie más —confirmó Daphne, aún con la mirada fija en la mesa, aunque atormentada.

Ruth frunció el ceño. La respuesta de Daphne sonó sincera. Sabía mentir muy bien.

Alguien llamó a la puerta. Ruth consultó la hora en su reloj. Debía de ser una cuidadora, que traía las pastillas de Daphne.

El momento en que Daphne cerró la puerta del baño para tomárselas, Ruth destapó la botella y examinó el contenido.

Parecía agua, la misma agua del grifo con que la había llenado en su piso.

Ruth olió el borde con cautela, pero no percibió ningún aroma químico.

Consideró la posibilidad de acercarse el líquido a los labios, pero no podía obligarse a sí misma a hacerlo.

Al salir del edificio, tiró la botella a la basura. ¿Y si Daphne solo estaba jugando con ella? ¿O era una amenaza? Ruth estaba cerca. Demasiado cerca.

Esa tarde, a última hora, Ruth estaba en la acera de enfrente del edificio Seacrest, grabando algún ruido de fondo.

Oía el océano, las gaviotas y los coches que pasaban, que en su mayoría valían más que su grado universitario.

Era en ocasiones como esta, en que se centraba en los aspectos mecánicos del pódcast, preparaba su equipo, estructuraba los episodios mentalmente, cuando Ruth se sentía en paz.

—¿Por qué estás aquí? —inquirió una voz, sacándola de su ensueño.

Ruth dio media vuelta al instante y ahí estaba.

Lucy. Su figura intimidaba. Era incluso más alta que Ruth, iba vestida con una ropa de gimnasia de color marfil y llevaba una esterilla de yoga Chanel.

Su coleta rubio platino estaba resplandeciente, y lucía mejor aspecto al salir de una clase de yoga del que tiene la mayoría de gente el día de su boda; sin embargo, había una rabia gélida en su expresión.

—He visto que aparcabas cerca, pero ¿ahora resulta que te dedicas a merodear delante de mi casa? —preguntó Lucy con voz imperiosa, lanzando una mirada de desdén a Ruth.

—Estoy en un espacio público. No estoy haciendo nada malo —respondió Ruth.

Lucy puso los ojos en blanco.

—¿Que no haces nada malo? Todo el mundo sabe qué pretendes con este pódcast. Está clarísimo y, francamente, es un poco patético —escupió Lucy.

Su tono tan soberbio le recordó a Ruth los años en la escuela primaria, cuando la ropa de segunda mano que llevaba, barata y típica de empollona, la convertía en un blanco para todas las niñas ricas con buena presencia.

—Solo trato de averiguar la verdad —respondió Ruth.

Lucy soltó una risotada brusca, casi un ladrido.

—¿La verdad? Todos sabemos la verdad. Lo mataste —dijo Lucy en voz baja—. Lo mataste y saliste impune, y ni siquiera tienes la decencia de dejarnos en paz.

—No, no lo maté. Yo jamás haría daño a nadie —protestó Ruth con la voz temblorosa. Ya se lo habían dicho antes, pero le dolía cada vez que se lo recriminaban.

—Te pedí que lo dejaras, te advertí de los riesgos. No te hagas la víctima, Ruth. Allá tú con las consecuencias de tus actos.

—Es mi familia también —replicó Ruth—. Puede que no te guste, pero es la verdad. Es mi familia y tú eres mi media hermana.

—Oh, por favor —gruñó Lucy—. Mis padres estuvieron casados durante más de cuarenta años. Solo tuvo un pequeño desliz con tu madre, ¿y crees que es lo mismo? Pues no. No eres una Montgomery. Todos cortamos el contacto contigo en cuanto te quitaste la careta.

Mientras Lucy le hablaba, la hacía retroceder contra una columna, y sus palabras eran cortantes como un cuchillo. Ruth tragó saliva, intentando controlar su creciente ansiedad.

—Vamos, le suplicó a tu madre que abortara.

Si la hubiera convencido, tú no habrías nacido.

Eso habría sido lo mejor para todos —continuó Lucy con una sonrisa cruel en sus labios—.

Incluso tú te das cuenta. Te lo vuelvo a decir, me conformaría con verte en la cárcel. Y aún hay tiempo, Ruth, aún hay tiempo.

—Así es como lo hacéis todo, ¿verdad? Intimidáis a la gente para que os obedezca —le espetó Ruth.

Fue un gran descanso soltarlo, después de tantos años de resentimiento y frustración, de haber intuido, sin ninguna certeza, que los Montgomery estaban detrás de toda su mala suerte.

—Sí, y yo en tu lugar haría como los demás —contestó Lucy, y acto seguido se volvió y cruzó la puerta principal, tan segura del lugar que ocupaba en el mundo como tan insegura lo estaba Ruth del suyo.

Ruth vio que hablaba con el portero y que la señalaba a ella y, luego, al teléfono.

Muy probablemente Lucy le pedía que llamara a la policía, y Ruth recogió su equipo y se fue a toda prisa.

Condujo rápido y no fue hasta unas manzanas más allá, parada en un semáforo en rojo, cuando se inclinó para vomitar una taza de café. El cuerpo le temblaba por la tensión.

Lucy la había asustado. Parecía fría y serena por fuera, pero por dentro casi ardía, tensa como una serpiente enroscada que se prepara para atacar.

Ruth debía terminar el pódcast lo antes posible, ofrecer al mundo la confesión entera de Daphne antes de que los Montgomery se lo impidieran.

Era la única forma que tenía de salvarse.

PresaTodoElDía:

¡He vuelto a ver a Ruth! Esta vez ha sido raro.

Pues estoy cerca de mi bloque y va y veo a Ruth con su equipo de grabación enfrente del Seacrest. De pronto, esa otra mujer se le acerca y se ponen a hablar acaloradamente.

Luego la mujer entra en la recepción y Ruth se larga. Supongo que temía que viniera la poli.

IncendiariaDeLibros:

¡Guay, esto SÍ que mola! ¿La mujer se cabreó porque Ruth estaba grabando allí?

PresaTodoElDía:

No, por la forma en que hablaban, daba la impresión de que se conocían. Pero no fue un encuentro en plan amistoso. Creo que incluso la llamó asesina a Ruth. Aunque quizá estaba mosqueada porque Ruth le daba un programa a Daphne.

SustoOMuerte:

¿Sabes quién era la otra mujer?

PresaTodoElDía:

No, era una de tantas que hay por aquí, con la cara de plástico y bolsos de diseño.

IncendiariaDeLibros:

¿No dijiste que Daphne vivía en ese edificio? Tal vez la mujer la conocía y no quería que la entrevistara.

PresaTodoElDía:

En el Blue Diamond, que está en la misma manzana.

Pero es la segunda vez que veo Ruth cerca del Seacrest. No sé, me parece recordar haber escuchado que ocurrió “algo” allí hace unos años, pero solo rumores.

Entonces yo no vivía allí. Creo que, sucediera lo que sucediera, la gente tenía tanta pasta que se ocupó de que no se publicara.

SustoOMuerte:

¡¡¡¡Igual Ruth ya se está documentando para la segunda temporada!!!!

IncendiariaDeLibros:

Dios, eso espero. Aunque no sé cómo conseguirá superar esta temporada. Pero, eh, ¡parece que tienes un avance! ¡Qué suerte!

PresaTodoElDía:

Ojalá me acordara de lo que sucedió en el Seacrest…