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DAPHNE : La residencia parecía el último capítulo de mi vida, ¡aunque ahora supongo que he añadido unos cuantos más!
Al principio, traté de mantenerme ocupada.
Leía mis libros de asesinos en serie, nadaba en la piscina, iba a los bailes que se organizaban y hacía gimnasia con silla.
Pero enseguida me encontré demasiado débil para bailar salsa, demasiado nerviosa para nadar.
Prácticamente ya no podía andar sola, y para salir de la habitación empecé a necesitar ayuda, primero de un andador y, más adelante, de una silla de ruedas.
RUTH : Mi madre empieza a tener problemas de movilidad, y es duro ver como… Aún recuerdo lo sana y vital que era.
DAPHNE : Sí, genial, lo siento mucho por toda la gente que tiene que presenciar mi decadencia.
RUTH (chasquea la lengua): ¿Cómo fue cuando estalló la pandemia?
DAPHNE : Oh, penoso. Estaba todo el tiempo sentada entre estas cuatro paredes, un día tras otro, viendo morir a la gente por televisión.
RUTH : ¿Cuándo empezaste a quedar con Warren Ackerman?
DAPHNE : Hace un año. Yo tenía ochenta y nueve años, estábamos en el momento álgido de la pandemia, y ya estaba hasta las narices de ver capítulos de Navy: Investigación criminal .
De todos los hombres de mi grupo de edad, él era el que tenía más encanto.
Pero había competencia. A mi edad, la proporción es de tres mujeres por cada hombre.
Me acordé de cuando tenía veinte años y tenía que competir por las citas con las otras chicas de Bergdorf Goodman, en Nueva York. Pero a mí no me gana nadie.
RUTH (con tristeza): ¿Y cuándo decidiste… matarlo?
DAPHNE : Justo al cumplir noventa. Hacía siglos que no mataba a nadie, pero la pandemia me había despertado la necesidad de asumir ciertos riesgos y quería saber si aún era capaz de ello. Él era un blanco fácil; nadie se inmuta cuando un viejo la palma.
RUTH : Pero ¿cómo lo hiciste? Si apenas puedes ir al baño sola.
DAPHNE : Vale, Ruth, no hace falta que me lo restriegues por la cara.
Aunque sí, fue difícil. Tengo artritis, e incluso me costó echarle las pastillas trituradas al café.
Pero el lado positivo fue que Warren no tenía muchas luces y no se dio cuenta de lo malo que sabía el café.
Eso es lo que puede ocurrir cuando llevas la tira de años fumando, que tomen nota todos los fumadores que nos estén escuchando.
RUTH : Así que murió. Y la gente dio por hecho que fue por causas naturales.
DAPHNE : Exacto.
RUTH : ¿Y qué te preocupaba? ¿Acaso no es este tu método habitual? ¿Simular que es un problema de salud? ¿Simular que el cáncer, o un problema de corazón, o incluso la diabetes, les había provocado la muerte?
DAPHNE : ¿Diabetes? ¿De dónde has sacado eso?
Bueno, sí, fue un poco decepcionante cuando me salí con la mía.
Quizá esa vez quería que me detuvieran, no lo sé.
En esa ocasión no lo hice por dinero; no nos llegamos a casar.
Lo hice para sentirme viva, para volver a notar ese subidón, pero luego estaba perdida.
Esa fue mi última aventura, y se acabó. Ahí terminó la cosa… hasta que decidí que eso no era el fin.
RUTH (molesta): No me lo trago, que no tengas nada más para confesar. Seguro que hay otras formas de sentirse vivo. Y supongo que debería recordarte que era un ser humano lo que mataste, que lo más triste de esta historia no es que este asesinato no te produjera una sensación de euforia.
DAPHNE : Sí, sí, pero deja los sermoncitos para más tarde, cuando edites esto. Ahórrate ese rollo.
RUTH (voz en off ): Fue duro escuchar como Daphne alardeaba de haber matado a un hombre mayor.
Sin embargo, sabía que no le importaba que sus comentarios me hicieran sentir incómoda, que me preocupara por lo que los amigos y la familia de Warren Ackerman pudieran pensar cuando escucharan este pódcast. No le importaba Warren y no le importaba yo, y creía que todos éramos unos estúpidos por preocuparnos tanto.
Me pregunté como sería vivir de ese modo, si la libertad que ofrecía compensaba el dolor que causaba.
SustoOMuerte:
Todavía no entiendo por qué lo hizo. Por qué mató a toda esa gente. O incluso por qué lo confesó todo cuando nadie sospechaba absolutamente nada. ¿Tenía algo que ver con el control? ¿Solo para escribir el final de la historia? No lo sé.
PresaTodoElDía:
Vamos, pero ¿qué esperabas? «Oh, resulta que soy alérgica al gluten. ¡¡Por ESO mataba a todo quisqui!!». ¿Por qué cada uno de nosotros hace lo que hace?
IncendiariaDeLibros:
Por patriarcado, capitalismo, colonialismo. De hecho, todo se reduce a esto. Ella es el lado oscuro del sueño americano, o lo que se deriva de él, en cualquier caso.
AlSueloYTrolea:
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PresaTodoElDía:
Pero Ruth grabará más episodios, ¿verdad? Creo que igual hay incluso una segunda temporada. Quiero saber cómo fue la cárcel. Y si encuentra alguna relación con los asesinatos del Tylenol.
AlSueloYTrolea:
BASTA YA DE LOS ASESINATOS DEL TYLENOL .
Según las cuentas de Ruth, su pódcast ahora se titulaba Los seis asesinatos de Daphne St. Clair .
Sin duda, la muerte de Joe suponía un reto para el título.
¿Era un asesinato ver como alguien sufría un infarto y negarse a llamar al teléfono de emergencias médicas?
Desde el punto de vista moral, no era correcto, claro, pero ¿estaba al mismo nivel que los demás pecados que había cometido?
¿Debería titular el pódcast Los seis asesinatos y medio de Daphne St. Clair , solo para asegurarse? De algún modo, no sonaba igual.
—Entonces ¿no te dejas nada? —insistió Ruth—. Porque el intervalo de tiempo entre el asesinato de Donald St. Clair y el de Warren Ackerman es bastante grande.
Ruth tragó saliva, intentando controlar la desesperación que se apoderaba de ella. Ese no podía ser el final. Daphne le estaba arrebatando la oportunidad de explicar por qué todo esto le importaba, cómo Daphne había cambiado su vida sin saber siquiera que ella existía.
—¡No soy una adicta! ¿Vale? Muchos asesinos paran. Unas veces empiezan otra vez, como BTK , pero otras no, como el asesino del Estado Dorado…
—Sí, todos sabemos que conoces datos curiosos sobre asesinos en serie —soltó Ruth antes de que pudiera morderse la lengua.
Se miró las manos, que tenía aferradas al micrófono con tanta fuerza que le dolían los dedos. Se imaginó que tiraba al suelo a la vieja y la reventaba a patadas con los zapatos de los que tanto se burlaba.
—No me interesan. Te pregunto que por qué paraste. ¿Qué podría justificar esta pausa tan larga entre un asesinato y otro?
—Creo que necesitas descansar. Estás sudando como un pollo —dijo Daphne despacio. Estaba sentada muy quieta, observando a Ruth con el rabillo del ojo, como un ave rapaz.
Ruth se llevó la mano al rostro y se dio cuenta de que lo tenía pegajoso.
—De acuerdo —dijo Ruth, y le temblaron las piernas al levantarse—. Voy a echarme agua en la cara.
Ruth fue con paso vacilante al baño y cerró bien la puerta. Le vibraba el pecho cada vez que tomaba aire. Todo el café que había consumido para vencer la falta de sueño la acaloraba y mareaba.
En todas las horas que había estado en el apartamento de Daphne, Ruth no había utilizado su baño.
Le resultaba demasiado violento e íntimo.
Y es que ¿cómo podías mantener cierta distancia psicológica de tu sujeto una vez que te sentabas en su taza del váter, aún caliente?
Además, sin lugar a dudas era un baño adaptado para una mujer mayor.
Había asas a ambos lados del inodoro y una ducha espaciosa con un asiento de plástico provisto de agujeros.
Ruth trató de no imaginarse a Daphne sentada ahí, desnuda y con las carnes fláccidas, mientras una cuidadora con mala cara la frotaba con una manopla.
Ruth se mojó bien la cara y se lavó las manos con un jabón con un intenso aroma floral.
En la repisa del espejo había un pequeño surtido de pintalabios y cremas faciales, todos de marcas de diseño.
En un esfuerzo por calmarse, Ruth leyó los nombres de los pintalabios Chanel; probablemente cada uno de ellos costaba lo mismo que su última compra en el supermercado.
Antoinette, Marie, Gabrielle, Etienne y Adrienne.
La clase de nombres glamurosos que Daphne había elegido y cambiado a lo largo de su vida, con la misma despreocupación con que cambiaba de pintalabios.
Al fin y al cabo, Chanel no iba a lanzar una barra de labios de cincuenta dólares que se llamara Loretta.
Al cabo de unos minutos Ruth se sintió algo más tranquila, aunque le dolía la cabeza y todavía le temblaban las manos. Tomó aire, una última inspiración consciente, mirándose al espejo.
«Ya casi has terminado, —se dijo a sí misma—. Haz que confiese y ya está».
Y al salir del baño, en el último momento, Ruth tuvo la ocurrencia de meterse en el bolsillo uno de los pintalabios, uno de color rojo llamado Gabrielle, su pequeño acto de rebelión contra Daphne.
Ruth advirtió al instante que Daphne estaba sentada al borde de la butaca y le dio la impresión de que resoplaba un poco, como si acabara de hacer un esfuerzo.
Lentamente, Ruth dirigió la mirada hasta la botella de agua que había en la mesa de centro.
Aunque en ninguna ocasión había aceptado comida ni bebida de Daphne, se había acostumbrado a traer su botella de agua reutilizable, para mantener la voz suave en las entrevistas.
Sin embargo, esa había sido la primera vez que Ruth había dejado a Daphne a solas con la bebida.