Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 27 #2
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Ese día la entrevista no había empezado con buen pie.

Ruth había estado dando vueltas en la cama toda la noche, y cada dos por tres se había levantado para comprobar que todas las cortinas y persianas de su casa estaban bien cerradas y que había echado las dos cerraduras de la puerta.

Hubo un momento en que se cayó un cubo de la basura, y Ruth se había despertado del susto, convencida de que alguien había forzado su puerta.

Por si fuera poco, Ruth no dejaba de dar vueltas a la historia de Joe McLaughlin que Daphne le había contado.

Ese homicidio por omisión se parecía tanto al asesinato que Ruth trataba de resolver que, por un momento, se preguntó si Daphne había cambiado los nombres y había tergiversado los detalles, de modo que no se la pudiera acusar de otro cargo de asesinato en Florida.

Daphne había descrito la escena tan bien que Ruth se la podía imaginar sentada en otro salón, viendo como otro hombre se desorientaba cada vez más, se caía al suelo y se le agarrotaba el cuerpo, mientras le daba algún que otro espasmo en los brazos y las piernas, hasta que se quedaba quieto, muerto.

Lo único que faltaba era el vial de insulina.

Luego veía a Daphne contemplándolo todo con esa cara de satisfacción, antes de irse a su bloque, que estaba al lado.

Era una imagen repulsiva, pero se repetía una y otra vez mientras intentaba conciliar el sueño.

Ruth no oyó la alarma y llegó más de una hora tarde a Coconut Grove. Se encontró a Daphne de mal humor e inquieta. Llevaban solo unos minutos grabando cuando Daphne empezó a moverse incómoda, con las manos en la barriga.

—Necesito hacer una pausa —dijo Daphne, secándose la frente. Estaba despeinada, cosa inusual en ella, y tenía la piel húmeda y pálida.

—¿Estás bien? ¿Quieres que avise a alguien? —preguntó Ruth, deteniendo la grabación. ¿Iba Daphne a morirse de repente delante de ella?

—No —respondió Daphne, alejándose con la ayuda del andador—. Solo estoy un poco mareada. Es la tripa, que me da la lata.

Cruzó la estancia cojeando, encogida sobre el andador. Ruth supo, por la forma en que cerró la puerta, que regresaría al poco rato.

Con un movimiento suave, Ruth se levantó y se dirigió hacia el dormitorio de Daphne, procurando ser lo más sigilosa posible.

Al principio del pódcast, Daphne se había puesto furiosa cuando la encontró husmeando en su dormitorio, por lo que Ruth lo había evitado desde entonces.

Sin embargo, algo la inquietaba desde ese día; era una pequeña incongruencia que le rondaba por la cabeza.

La mayoría de los artículos que Daphne guardaba en el armario eran nuevos, las bolsas y las cajas estaban relucientes.

Por el contrario, al fondo había una maltrecha caja de zapatos marrón de la marca Roger Vivier, tan antigua que seguro que era de los años sesenta o setenta.

Daphne no era de las que guardaban calzado viejo, por muy espléndido que fuera, y Ruth no había podido dejar de pensar en esa caja de zapatos, preguntándose qué debía de contener.

Sacó la caja, mirando atrás para asegurarse de que Daphne aún estaba en el baño.

La caja no pesaba y era evidente que no contenía calzado.

Ruth se arrodilló sobre la alfombra peluda y quitó la tapa.

Encima de todo había una bolsita de malla con cinco anillos: una reluciente esmeralda, dos diamantes que brillaban como copos de nieve (uno incrustado en un anillo de oro y el otro en uno de platino), un diamante amarillo y un zafiro antiguo.

¿Eran los anillos de compromiso de Daphne? Era muy posible.

Debajo de los anillos encontró un fajo de fotos.

Por los tonos pastel tan deslucidos que tenían muchas, dedujo que eran de los años sesenta.

Ruth reconoció a Daphne, alta y glamurosa como una modelo, con unas curvas sinuosas y vestida como si fuera la estrella de una película.

Lucía un abrigo con estampado de leopardo y sombrero, e iba cogida de la mano de un chico de pelo oscuro con un chaquetón cruzado.

Allí estaba, sentada en un sofá de terciopelo, cubierta con un tul negro fumando un cigarrillo, mientras sus pequeñas gemelas jugaban con muñecas delante de ella.

Ruth sonrió. Daphne había sido verdaderamente guapa.

Un premio de consolación por todas las demás carencias con las que había nacido y un valor seguro cuando se combinaba con su ambición implacable.

También había fotos de hombres. Un hombre delgado y medio calvo con unas orejas prominentes y una gran sonrisa estaba tumbado en el suelo peleándose de broma con las niñas.

Por la edad que debían tener en la foto, Ruth supuso que era David.

Un hombre más joven con un traje entallado muy elegante y un cigarrillo en los labios.

Puede que fuera Geoffrey. Otra foto de un hombre apuesto con el pelo negro y un brazo alrededor de una Daphne jovencísima, con una cabellera negra y unos labios sonrientes pintados de rojo.

Este tenía que ser Cari, el padre de James.

Incontables fotos de los niños, desde la primera infancia hasta las bodas de las gemelas, e incluso algunas de los nietos cuando eran bebés.

No encontró ninguna foto de Warren. Salían otros hombres, pero no reconoció a ninguno y tampoco los pudo identificar con certeza. ¿Dónde estaba él? Entonces lo localizó.

Una fotografía formal de familia, todos muy arreglados y posando erguidos para un profesional.

Daphne estaba de pie, deslumbrante con un vestido de seda y un pantalón de esmoquin, cargada de joyas.

Diane y Rose, unas preadolescentes rubias preciosas, llevaban unos vestidos de lentejuelas.

No sonreían, pero miraban directamente a la cámara con semblante serio.

James era el adolescente trajeado que estaba sentado a su lado, con un pelo negro que le tapaba los ojos y una camisa de cuello italiano.

Lucía una ligera sonrisa, que no alcanzaba su mirada. No era una foto de familia feliz.