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Cuando me fui de casa de Diane, me compré un piso en Sweetwater Beach en un edificio de lujo llamado Blue Diamond.
Mi apartamento era un palacio espacioso con unas cortinas de gasa y un balcón con vistas al océano.
Por las tardes me sentaba allí y tomaba café, pensando en la muerte.
Lo había visto en multitud de ocasiones, cómo esa chispa indefinible se apagaba en unos ojos y los volvía mates y enmarañados, y, sin embargo, seguía sin entender los porqués y los cómos de todo el asunto.
Era la misma sensación que experimenté la primera vez que me pusieron a James en brazos, incapaz de creer que hubiera creado vida, de que podría estar tan cerca de los misterios del universo y, aun así, no pudiera comprender ninguno.
Después de pasar un par de meses en el balcón, me di cuenta de que debía dejar los cafés y hacer lo que se me daba mejor: quedar con hombres. No creía que eso me hiciera feliz, pero al menos era una buena distracción. ¿Y a quién no le encanta que le inviten a cenar?
Si buscas viejos ricachones que están cansados de beber solos, Florida es tu El Dorado.
El mercado estaba en ebullición, siempre y cuando no fueras muy quisquillosa.
Aunque ya hubiera cumplido los setenta, tenía un cuerpo estilizado, un culo bien puesto y una expresión que no daba muestras de haberse descompuesto.
Claro que tener citas a mi edad significaba aguantar el rollo de todas las guerras en que habían luchado (podía escuchar desde la Segunda Guerra Mundial hasta los inicios de la del Vietnam, pasando por la de Corea), pero si estabas dispuesta a aguantar la misma batallita de cómo le sostenían la mano al pobre Ryan mientras estaba con las tripas fuera, hacían lo que tú quisieras.
Me divertía de formas muy diversas. No sé cuántas tardes pasé en yates y veleros.
Comí el mejor marisco de Florida y les tomé el gusto a los rones y tequilas selectos.
Los hombres me compraban un armario nuevo de ropa cómoda e informal de diseño y me regalaban bolsos Louis Vuitton a juego con su piel curtida.
Y lo mejor era que casi no querían follar contigo.
Con que los cansaras un par de veces en las primeras citas, ya se quedaban satisfechos, contentos de conservar su virilidad.
Y todo el mundo tenía suficiente energía para bailar salsa y viajar al Caribe.
HAUTEHISTOIRE : «¡Hola, tiktokers ! ¡Tengo un plus estético para este episodio!
Se trata de nuestro conjunto de chica perfecto para estar en un yate, un poco actualizado para la mujer mayor que disfruta al máximo en los climas tropicales.
Os ofrecemos unos tejanos blancos de pierna ancha, una básica acanalada sin mangas de la casa Breton y el gran bolso marrón Louis Vuitton que dice a gritos: “¡Otro hombre con dinero me lo ha comprado a mí!”.
Como ese bolso Burberry que salió en Succession , seguro que irritará a los blancos anglosajones y protestantes, pero esto es lo que mola de Florida; da igual.
También tenemos las gafas de sol doradas de Versace y unas sandalias con tacón porque Daphne no parece ser esa clase de mujer que elija un calzado cómodo o funcional ni siquiera para subir en un barco.
Es un look alegre para una persona taciturna y simplemente es perfecto para una mujer ya setentona que sabe manejar las apps y, a la vez, ¡trata de dejar atrás su pasado asesino! ».
Una noche tuve una primera cita con Joseph McLaughlin. Rondaba los ochenta años y se había criado en Chicago (la Winnipeg de Estados Unidos), donde había ganado una fortuna en el sector inmobiliario antes de jubilarse en Florida.
Joe era bastante agradable, aunque se le veía cansado y daba la impresión de que le costaba mantener la conversación, lo que me molestó.
Con setenta años, las citas eran distintas, pero eso no quería decir que deseara flirtear con alguien que había sufrido un derrame cerebral.
De todas formas, nos quedamos sentados en el patio del restaurante, observando como el océano resplandecía en la luz rosada del atardecer y tomando un vino blanco frío.
Era agradable pero poco memorable, y ya me disponía a guardar a Joe en la R de «Reservas» de mi archivo mental cuando me preguntó si me importaría acompañarlo a su casa.
—Es que estoy un poco mareado. Creo que el vino me ha hecho algún tipo de reacción con la medicación —murmuró, secándose la frente.
Me pregunté si se trataba de algún truco de seducción (en ese caso, era muy malo), pero sí que se le veía débil y sudado, por lo que accedí.
Joe vivía solo en una de esas casas de vidrio modernas que no parecían gran cosa.
Lo llevé hasta el interior, sujetándole del brazo, y él se apoyaba en mí.
Noté que le temblaba el cuerpo por el esfuerzo de tenerse en pie.
Era evidente que Joe había vivido solo durante mucho tiempo.
A pesar de ser una vivienda cara, apenas estaba amueblada.
El mobiliario, de color beis, no tenía ninguna gracia, como si lo hubiera comprado directamente a un hotel.
Acompañé a Joe hasta el salón, una estancia espaciosa equipada únicamente con un sofá, un televisor gigante y una bombilla que colgaba de una pantalla inclinada de plástico.
Justo cuando me disponía a acomodarlo en el sofá, ansiosa ya por abandonar ese museo de viejales deprimidos, Joe se puso rígido y lanzó un ronquido.
Antes de que pudiera sostenerlo, Joe se precipitó al suelo y empezó a resollar y agarrarse el pecho.
No soy médico, pero a los setenta y cinco años sabes perfectamente qué es un infarto.
Sus ojos aterrados encontraron los míos, y me di cuenta de lo asustado que estaba, de las ganas que tenía de vivir.
Me di la vuelta, buscando un teléfono para llamar a una ambulancia.
Y luego…, simplemente me detuve. Poco a poco, con cuidado, me senté en el sofá y observé como convulsionaba en el suelo.
Apenas podía hablar, pero gimoteaba, tratando de preguntar por qué hacía eso.
Sin embargo, no lo sabía explicar. Aun así, esperaba que supiera que no era algo personal.
La cita no era perfecta, pero no estaba tan mal.
No lo envenené, y dudo que una ambulancia lo hubiera salvado, pero lo que está claro es que fue divertido estar allí sentada, sabiendo que tenía el poder de pedir ayuda o no.
Me sentí como alguien que había perdido la fe y, de pronto, se encuentra de nuevo en la iglesia, experimentando una revelación.
Me quedé allí con él, mientras sus ojos desencajados empezaron a cerrarse, consciente de que presenciaba sus últimos momentos en este mundo.
Fue emocionante, una especie de poder oscuro que muy poca gente ha llegado a descubrir o del que ha podido disfrutar. Me encantaba.
Después salí de su casa, pero no cerré la puerta con llave. La chica que limpiaba la casa o un vecino acabarían encontrándolo. Me fui, segura de que, si alguien me veía, me olvidarían casi al instante. Esto es lo mejor y lo peor de envejecer: hacerse invisible.
Cuando Joe murió, descubrí que deseaba que más viejos murieran en mi presencia.
Sin embargo, por mucho que intenté que les subiera la tensión, jamás volvió a ocurrir.
Aunque no le di más importancia. Al fin y al cabo, había venido a Florida por la misma razón que lo hace todo el mundo: para jubilarme.
SustoOMuerte:
Menudo cague, literal. Un lío de los gordos. Creo que debo escuchar cinco episodios de Mi padre escribió una porno solo para desintoxicarme de esto.
PresaTodoElDía:
Aquí está su necrológica. La he encontrado en internet.
SustoOMuerte:
Aaah. Dice que durante muchos años ayudó a los refugiados a comprarse una vivienda digna en Chicago. ¿Por eso Daphne se convirtió en una criminal? ¿Porque no la ayudaron?
IncendiariaDeLibros:
La verdad es que desconozco la ley; estudié Bellas Artes. Eso PARECE , ¿no? ¿Y si es un homicidio?
AlSueloYTrolea:
Pues ya se nota que LO TUYO son las Bellas Artes. ¿A quién coño le importa a estas alturas cuántos crímenes cometió? Si, de todas formas, se va a morir en la cárcel.
SustoOMuerte:
Vive una vida de película en Florida y sigue cagándola igual. Es que no me entra en la cabeza.
FiestaCapote:
Probablemente a ella tampoco.
IncendiariaDeLibros:
Es casi como si fuera a peor. Les pasa a algunos asesinos, que simplemente se vuelven más depravados y temerarios. Ya no se trata de dinero ni de venganza; se recrea viendo morir a hombres. Es probable que por eso matara a Warren.
PresaTodoElDía:
Sí, como Ted Bundy. Empieza haciendo subir a colegialas a su coche, pero al final ya entra en residencias de estudiantes para matarlas en grupo. Su último asesinato fue una chica de doce años, que es su víctima más joven con diferencia.
SustoOMuerte:
Qué raro. ¿No es cuando Ted Bundy se fue a Florida? Tal vez es Florida lo que hace que estos asesinos se vuelvan más depravados.
PresaTodoElDía:
Bueno, este es el fenómeno del «hombre de Florida» para ti… Ni siquiera los asesinos en serie son inmunes.
FiestaCapote:
Por curiosidad, ¿alguien sabe en qué residencia acabó? Pronto iré a Florida y pensé que sería guay ver dónde sucedió todo esto. Conozco la ciudad, pero hay la tira de centros para mayores…
AlSueloYTrolea:
¿De verdad? ¿A Florida? Qué sorpresa.
PresaTodoElDía:
Eh, que soy de aquí. Creo que intentan mantenerlo en secreto, ya sabes, para que nadie intente acabar con ella. Pero… mi prima trabajaba antes en la residencia de tercera edad de Coconut Grove, y se acuerda de Daphne y Warren Ackerman… o sea que ahí lo tienes.