26 #2
El resto de la cincuentena fue amargo y borroso.
Gasté dinero. Viajé a lugares tropicales.
Empecé a tomar cócteles en la comida del mediodía solo para que el día transcurriera más deprisa.
La vida, que había parecido brillar con oportunidades cuando era una veinteañera y trabajaba en Bergdorf’s, ahora era como si se hubiera apagado.
Contaba con todo el dinero que necesitaba para el resto de mi vida.
Tenía un piso en el Upper West Side y una residencia en Los Hamptons.
Todavía era atractiva y, ahora que mis hijos eran adultos, era libre para hacer lo que me viniera en gana.
Sin embargo, de algún modo esa libertad hacía que fuera imposible soñar.
De adolescente, había deseado muchas cosas: tres comidas completas al día, ropa nueva, y que mi padre tuviera las manos quietecitas.
En ese momento, en cambio, no se me ocurría nada.
Me sentía increíblemente vieja, lo que tiene gracia, por supuesto, ahora que soy un vejestorio.
En aquel tiempo llevaba una vida muy independiente, jamás me tenía que preocupar por si me quedaba poco para irme al otro barrio.
Y, aun así, al mismo tiempo sentía que realmente esperaba la muerte.
Empecé a beber cada vez más. Solía pasar las noches tumbada en el sofá de mi oscuro salón enfrente de la pantalla parpadeante del televisor.
Trincaba ron con Coca-Cola, y sabía que había cogido el puntillo cuando me ponía a hablar con los personajes de la tele y me reía de mis propios chistes.
¿Por qué bebía? Solo para poner fin al aburrimiento, en realidad.
Y tal vez porque en mi vida había intentado dejar atrás multitud de cosas que al final me estaban atrapando.
Había representado tantos papeles a lo largo de los años que me daba la impresión de que tenía fragmentos de identidades flotando por todo el cuerpo como metralla.
Después de todo el dramatismo y el glamour , de alguna forma había acabado convirtiéndome en otra mujer de mediana edad, sola e invisible, que había perdido a su hijo.
Todo se hacía añicos. Dejé de decirles a mis hijas si quedaba con alguien, dejé de decirles a mis pretendientes que tenía hijos adultos. A veces contaba tantas historias que las mezclaba y me contradecía a mí misma. Ya no vivía una vida coherente, ni siquiera una mentira coherente.
También fue la década en que empecé a familiarizarme con asesinos en serie.
Aunque pueda resultar extraño, jamás me vi a mí misma como una asesina en serie.
Más bien tenía la sensación de que estaba inmersa en unas situaciones descabelladas en las que debía hacer borrón y cuenta nueva para volver a ser yo.
Sin embargo, cuando empecé a leer más sobre los asesinos en serie, me di cuenta de que mi infancia tan terrible probablemente hubiera tenido algo que ver.
Pero a la gente le da lástima Oliver Twist , Ted Bundy no.
No es que me identificara del todo con esos desgraciados de mierda que violaban y mataban mujeres.
Son monstruos como ellos los que crean monstruos como yo.
Y nunca me pillaron. Setenta años cometiendo asesinatos, y no me pillaron.
Eso te hace pensar cuántas personas más salieron impunes.
Y entonces, ya con casi setenta años, me fui de Nueva York por última vez.
Era diciembre de 2001, la ciudad se había quedado sin alma.
Aun así, me entristeció irme. Nueva York había sido mi estrella polar, que siempre me guiaba a casa después de mis rodeos por la ciudad.
Diane me había invitado a instalarme en su casa de Florida.
Se acababa de divorciar y estaba en plan sentimental.
Acepté, básicamente porque daba por hecho que me moriría pronto, al fin y al cabo, y pensé que estaría bien morir bronceada.
Si hubiera sabido que me quedaban más de veinte años de vida, creo que me lo hubiera pensado mejor.
Diane creía que tendríamos una relación más estrecha y que yo compartiría con mis nietos todo mi saber mundano y anécdotas sobre buena gente chapada a la antigua.
Por desgracia, mis nietos eran unos adolescentes egoístas, y la abuelita había estado toda su vida liquidando a tipos ricos por dinero.
Para colmo de males, Diane y yo empezamos a discutir.
Me sentía frustrada con mi hija. Hice cosas terribles para darle una buena vida, y ella la desaprovechó.
Claro, era rica, pero llevaba la misma vida que yo: vivía a costa de los hombres y de su propia belleza.
Le había brindado un sinfín de oportunidades, y las había desperdiciado todas.
Al cabo de unos años, me mudé. A Diane no le importó porque para ese momento ya tenía otro marido. Me encontré sola en Florida, descolgada de mi vida anterior. Y esa forma de vida puede resultar peligrosa.
HAUTEHISTOIRE : «Vamos a ver, tenemos dos estéticas muy distintas para este vídeo de TikTok.
En primer lugar, está la de la esposa de un millonario de Colorado, ¡una imagen para aquellos a quien les molan los todocaminos, los incendios virulentos y consumir cocaína en un jacuzzi de exterior!
Pensad en botas de ante, una falda plisada de lana y un cinturón de grandes discos metálicos, pensad en cuellos altos calentitos y joyas color turquesa.
¡El look perfecto para una asesina montañera!
Ahora pasamos al look de nuestra abuela de la costa, uno de nuestros clásicos favoritos, pero lo estoy actualizando para que sea más bien un look de asesina de la costa.
Pues bien, tenemos la camisa de hilo y el pantalón pirata, pero añadiremos un bolso de malla para todo el vino que toma Daphne y unas sandalias trenzadas Tory Burch, porque por muchos apuros que pase, no creo que la pillen muerta con unas Birkenstocks.
Y es que a Daphne no hace falta que le recuerden esos tiempos que vivió en el gran estado de Vermont.
Este look es ideal para pasear en bici junto a la playa, ¡mientras meditas sobre su propia mortalidad y sobre todos los hombres a quienes ha ayudado a irse en paz! ».