Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 25
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Jamás le contaré a Ruth lo que le ocurrió a James. Jamás se lo contaré a nadie.

Un buen día, al despertarme, antes de tener plena consciencia, me doy cuenta de que estoy reviviendo mis recuerdos preferidos como si sucedieran por primera vez.

En ellos siempre aparece James. Unas veces estoy en nuestro piso minúsculo, con su cuerpecito durmiendo plácidamente junto a mí en la oscuridad, su piel suave pegada a mi mejilla.

Otras conduzco por la calle en un descapotable muy llamativo, con mi niño al lado.

Y en otras ocasiones estoy en su graduación, contemplando como le entregan el título de Yale.

Esta mañana me he recreado soñando con su graduación.

El momento en que James cruzó ese escenario, alto y majestuoso con su toga negra, fue el mayor orgullo de mi vida.

Todo el esfuerzo y el dolor habían valido la pena cuando vi a ese hombre, a un hombre tan maravilloso, triunfar, consciente de lo mucho que lo he amado.

Y James se graduaba en una universidad de la Ivy League sin deber ni un céntimo.

Yo lo había pagado todo. No estaba nada mal para una chica que no había pisado un instituto.

Pensar que, a sus veinte años, había alcanzado el éxito y era feliz me llenaba de una dicha indescriptible. Él era mi triunfo.

Era una lástima que Roy, mi marido, estuviera demasiado enfermo para asistir a la ceremonia.

Y al acto de bienvenida. E incluso a la cena de celebración.

En ese momento llevaba dos años casada con Roy.

Era alto y delgado, como un vaquero, con un grueso bigote y unas cejas que debía recortarse para que no le taparan los ojos.

Había ganado una fortuna con la maquinaria agrícola e industrial, pero a juzgar por su aspecto parecía más bien un viejo peón agrícola que un millonario.

Por lo general, le encantaba estar fuera, arreglando cosas en el garaje y llevando cacharros al vertedero con su camión.

Últimamente, sin embargo, se había encontrado mal y pasaba la mayor parte de tiempo en la cama.

Las gemelas estaban fuera, cursando un semestre en el mar (en un crucero que simulaba ser una universidad) y, por dentro, me alegraba de que esa noche estuviéramos mi hijo y yo solos en la ciudad.

Pedimos unos martinis y brindamos, y me quedé contemplando a mi precioso hijo, orgullosa de haberlo logrado: había educado a un hombre bueno.

—Felicidades, James —dije mientras tomábamos un sorbo de la bebida—. Estoy muy orgullosa de ti.

—Gracias, mamá, qué bien que hayas venido. Sé que no ha tenido que ser fácil, criarnos a todos… Espero que algún día pueda cuidar de ti —dijo de todo corazón, con el rostro resplandeciente.

—Oh, cariño, no te preocupes por eso —repuse, emocionada por dentro—. Puedo cuidar de mí misma.

—Y de Roy, evidentemente —dijo mi hijo, arqueando una ceja.

De pronto, mi marido enfermo estaba allí, junto a la mesa, un aguafiestas invisible.

—Sí, me puedo ocupar de Roy.

Unas semanas después, James vino al rancho que teníamos en Montana para organizar sus cosas y preparar la siguiente mudanza.

Muchas noches nos quedábamos hablando hasta tarde, sentados fuera en el porche para no despertar a Roy.

James era muy bueno con mi marido: le subía las bandejas con comida a la habitación y le leía el periódico cuando se encontraba demasiado débil para hacerlo él.

Un día me levanté de la cama a las cinco de la madrugada y entré sigilosamente en la cocina. La casa estaba en silencio, y los primeros rayos rosados de luz teñían el cielo. Mi estado de ánimo se asemejaba a la salida del sol: me sentía optimista, como si la vida fuera más fácil de lo habitual.

Calenté el agua y le añadí copos de avena. Los dejé hervir un poco y, luego, saqué mi alijo secreto de pastillas y empecé a triturarlas. Estaba tan absorta en esos pensamientos felices que no le oí entrar.

—Mamá, no —dijo James, poniéndome una mano en la cintura para detenerme.

Me sobresalté, con los nervios de punta.

—¡James! ¿No qué? —solté.

Estaba muy serio, aunque llevaba una vieja camiseta de manga corta del instituto y un bóxer de cuadros escoceses.

—No pongas esas pastillas en la comida de Roy —articuló.

Me quedé inmóvil.

—Yo no… —empecé a decir sin mucha convicción.

Sin embargo, su expresión me confirmó que estaba seguro y no había forma de hacerle creer otra cosa.

—Supongo que lo sospechaba desde hacía mucho tiempo. Los cambios de nombre, todas las mudanzas, el hecho de que de niño fuera a más entierros que a los que han asistido algunas personas en toda su vida —expuso James lentamente, sin mirarme a los ojos.

—¡Oh, vamos! ¡Dos de mis maridos enfermaron de cáncer y el otro se suicidó! Eso sí que es tener mala suerte —alegué, pero no me hizo caso y siguió hablando.

—Pero todo parecía imposible. Y jamás vi nada que lo demostrara, nada que ni siquiera me permitiera mencionarlo. Hasta ahora —dijo James.

No dije nada, y él se me acercó y me cogió las manos. Por un momento se le suavizó la expresión, y sentí que mis huesos se derretían como mantequilla. ¿Qué le podía decir a mi niño?

—Por favor, mamá. No me vuelvas loco. Dime la verdad —suplicó.

Si hubiera sido otra persona, habría mentido. Pero se trataba de James. No quería que sufriera.

—Sí. Es verdad —murmuré, reconociéndolo por primera vez—. Pero lo hice por ti y por las niñas.

Frunció el ceño y me soltó las manos.

—No, no es cierto. Geoffrey era rico. Podríamos haber vivido bien, con normalidad, con lo que nos dejó.

¿Y David? ¡Era como un padre para mí! Sin embargo, tú no estabas conforme, buscabas algo más.

Me dabas lástima, por toda la gente que habías perdido.

Pero tú eres la culpable de todo esto —dijo con desdén.

Cuando alguien a quien amas te mira con asco, una parte de tu alma se muere.

—Quería dártelo todo… —empecé a decir, pero no me dejó hablar.

—Y no puedo denunciarte. Eres mi madre. Y lo único que has hecho es quererme. —Se le quebró la voz, y vi que unas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

—Sí, exactamente. —Traté de abrazarlo para consolarlo, pero él retrocedió, y una expresión de repugnancia le cruzó el rostro. Me quedé con las manos en alto, forzando los músculos para intentar levantar algo que, de pronto, pesaba mucho.

—Pero por eso me odio a mí mismo. Porque sé que eres una asesina. ¡Y que no puedo detenerte! —exclamó, apuntando un dedo al techo, hacia donde Roy dormía bocabajo, indefenso.

—Oh, cariño, no pienses… —Pero me cortó.

—Y por eso te odio a ti también. Por lo que nos has hecho. Nos has arruinado la vida —sentenció. No intenté a decir nada más. Sentía un vacío inmenso en el pecho—. No te quiero volver a ver.

—¡No! ¡Por favor, James! —imploré; aun así, él seguía hablando, con el cuerpo rígido como si estuviera chapado en hierro.

—Me voy a vivir lejos de aquí y me cambiaré el nombre. Y luego intentaré olvidarte —concluyó, y se volvió.

—Por favor… —gimoteé, agarrándome el abdomen como si me hubieran disparado. Pero él ya no miró atrás. Cogió la mochila del pasillo y se fue.

No lo he vuelto a ver más.

No maté a Roy. Dejé de envenenarle y, poco a poco, titubeando, recobró las fuerzas.

Fue pesado, porque Roy era un paciente quejica, y se tomó la recuperación con el mismo desánimo y mal humor que se había tomado su enfermedad.

Esperé a que se pusiera bien y luego lo dejé.

Fue muy frustrante hacer una maleta y llamar a un abogado en lugar de verlo morir y llamar al encargado de la funeraria.

Sin embargo, cada vez que me imaginaba matándolo, veía el rostro descompuesto de James.

Confiaba en que volvería conmigo cuando se enterara de que Roy aún estaba vivo. Pero no lo hizo.

He pasado momentos terribles a lo largo de mi vida, pero perder a mi hijo fue el peor castigo que podía recibir. Mis hijas sabían que no debían mencionar a James delante de mí, que era incapaz de hablar de él. Tal vez debería haber confesado entonces.

Esa noche Ruth estaba sentada frente al portátil, con las manos sobre el teclado, esperando que le viniera la inspiración.

Siempre se había sentido orgullosa de sus aptitudes como investigadora.

Era una de las cosas que la distinguían de otros periodistas y le daban cierta ventaja en la selva del trabajo freelance .

Ruth había tirado adelante con todo, desde ayudar a una mujer a encontrar al que fuera su novio en la Segunda Guerra Mundial para escribir un artículo de corte sentimental hasta localizar, para un portal web sobre delincuencia, unos gemelos que habían sido de un mafioso condenado.

Por este motivo, desde que Daphne le había dicho que no veía a su hijo desde hacía muchos años, Ruth se había preguntado si podría encontrar a James.

Sería fantástico para el pódcast. Ruth podría trazar un arco narrativo completo sobre la búsqueda de James, y en caso de localizarlo probablemente sería ella quien le comunicaría que su madre había confesado los asesinatos.

Resultaba muy atractivo. Además, podría empatizar con James.

Ella también había sido criada por una madre soltera en un mundo que a menudo era caótico y escapaba a su control.

Y las acciones de Daphne les habían afectado a ambos, de formas sorprendentemente similares.

Ahora bien, ¿cómo podía encontrar a alguien cuando apenas disponía de información?

Ruth permaneció sentada frente al portátil durante siglos y trató de formular una pregunta, una pregunta cualquiera, para iniciar la pesquisa.

Buscaba a un hombre blanco de cerca de setenta años que residía en alguna parte del mundo y que podría llamarse James. Así era imposible.

Ruth se imaginó a James, un hombre familiar encantador, que un día salía a hacer unos recados y que, al llegar a casa, encendía el televisor y veía a su madre y hermanas en las noticias.

¿Se lo contaría a su propia familia? Probablemente no.

¿Quién deseaba compartir esa vergüenza? Se quedaría allí sentado, solo y con miedo a que alguien lo encontrara.

Más tarde, ya pasada la medianoche, Ruth seguía mirando fijamente la pantalla, y es que el aluvión de consultas de la prensa y de propuestas de artículos no había hecho más que aumentar con cada episodio.

Le resultaba difícil revisarlo todo. La asustaba la idea de perder una oportunidad que le cambiara la vida, que un simple traspié la hiciera descarrilar, y esta ansiedad le impedía apartarse de la bandeja de entrada.

Decidió fumarse un porro mientras leía de forma mecánica todos los correos, con la esperanza de poder dormir un poco esa noche en cuanto la hierba empezara a hacer efecto.

Ruth se reclinó en la silla, contemplando su piso durante unos instantes.

No le gustaba la idea de que la echaran de allí, siempre le había desagradado trasladarse después de no haber tenido un hogar fijo de pequeña.

No obstante, puede que fuera muy positivo empezar de cero en otro lugar, lejos de los recuerdos de Jenn y de sus roces con los Montgomery.

Mientras apagaba el porro en una lata vacía de Diet Coke, Ruth abrió un archivo del portátil y se puso a mirar fotografías antiguas.

Se detuvo en una en que aparecía con la familia de su padre.

Recordó la vez en que su padre se la había presentado: su hermana y su hermano, su hija, sus primos.

Era en una casa palaciega con unas verjas altas y un camino de entrada repleto de coches de lujo.

Ruth se había sentido más intimidada por la vivienda en sí que por la gente rica y exigente en su interior que sospecharía de una hija ilegítima fruto de una aventura con una secretaria.

Pero Richard le había dado unas palmaditas en la mano y le había recordado que lo que hubiera hecho él no tenía nada que ver con ella y que estaba orgulloso de ella.

«Esta también es tu familia. Y si les das tiempo, te apreciarán tanto como yo te aprecio a ti. Ruth, hoy es el primer paso en tu vida como una Montgomery».

«Gracias», había murmurado Ruth. Un padre. Una familia. Era todo lo que siempre había deseado.

En ese momento se había sentido como Cenicienta, a quien habían rescatado de las cenizas para ser trasladada hasta el castillo. Sin embargo, si se trataba de un cuento de hadas, era sin duda la versión de los hermanos Grimm. Y nadie tenía un final feliz.