Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 24
60%

24

Ruth estaba en Long Bean tomando un té matcha sabor frambuesa con hielo, intentando leer el sinfín de correos que había recibido, cuando se le acercó una mujer menuda con el pelo rubio cortado al estilo pixie y una camiseta deportiva sin mangas. Ruth se quedó petrificada.

Jenn.

Sus miradas se encontraron. Ruth agarró con fuerza la taza de té matcha para sentirse más segura. Jenn vaciló, y se le nublaron los ojos azul cielo. Después se acercó, pasando con cuidado entre las mesas y sillas llenas de gente.

—Hola, Ruth —le dijo.

Ruth vació de un trago media taza de ese matcha tan caro.

—¡Eh, Jenn! ¡Guau, eres tú!

Se hizo una pausa muy larga, en la que pareció que ambas revivían ese último día tan horrible.

Las dos lloraron mientras Jenn recogía sus cosas, y Ruth se puso furiosa cuando Jenn le explicó con lágrimas en los ojos que no podía estar con alguien que parecía decidida a ser infeliz, que no era capaz de dejar atrás la vida que sentía que le habían negado para construir una vida nueva que valiera la pena vivir.

Lo peor era que sabía que Jenn tenía razón.

—¡O sea, que ahora tienes un pódcast! —exclamó Jenn.

—Sí, así es. ¿Lo has escuchado? —preguntó Ruth, casi temiendo la respuesta de Jenn.

—Sí —dijo Jenn con timidez—. Al principio intenté evitarlo, porque pensé que sería demasiado desgarrador.

—¿Por la violencia? —preguntó Ruth.

—No —contestó Jenn, torciendo la boca—. Por ti.

La frase se quedó flotando en el aire, y Ruth se puso nerviosa, pero también se sintió algo exaltada.

—¿Pero lo estás escuchando ahora? —preguntó Ruth al final.

Jenn asintió.

—Sí. Y la verdad es que es fantástico. Esta es la respuesta que querías, ¿verdad? ¿Piensas que Daphne lo mató?

—Sí, eso es lo que pienso —murmuró Ruth, perpleja—. ¿Te lo has imaginado solo escuchando el pódcast?

—Claro, me hablaste mucho sobre el pódcast. Era como tu obsesión —dijo Jenn con un tono amenazador en su voz.

Porque tal vez esa obsesión había acabado asfixiando su relación, había hecho que Ruth fuera una persona más amargada y paranoica—.

Y algunas de las preguntas que le has hecho… Ya veo por dónde vas.

—Bueno, creo que ya nos estamos acercando. Y una vez que haya terminado con esto, podré empezar un nuevo capítulo —expuso Ruth, sin poder apartar la vista del rostro de Jenn.

No había transcurrido mucho tiempo desde que habían estado juntas, conviviendo en el pequeño piso de Ruth.

Sin embargo, habían sucedido tantas cosas en su vida desde entonces que le daba la impresión de que había pasado una eternidad.

Ruth se preguntó si aún estaría en su apartamento cuando acabara de grabar el pódcast, o si los Montgomery ya la habrían echado.

Tal vez sería una suerte que nada le recordara a Jenn.

—Mientras, estaré escuchando —dijo Jenn, despidiéndose de Ruth con la mano.

Ruth le respondió con el mismo gesto, y tiró sin querer la taza de té matcha. Cuando terminó de limpiar el suelo, Jenn ya se había ido.

A varias manzanas del piso de Ruth había un cementerio, con un muro conmemorativo de mosaico y un pequeño jardín.

Allí, cuando se ponía el sol, Ruth solía sentarse en un banco y oler la intensa fragancia del galán de noche.

En ese lugar, pensaba a menudo en él. No sabía dónde estaba enterrado en realidad, o ni siquiera si lo habían enterrado, por lo que esa era su forma de recordarlo.

Un atardecer fue al cementerio, después de pasar toda la tarde con Daphne.

Ruth aún debía hacer mucho trabajo de edición, pero necesitaba tomarse un descanso, sacar todas las emociones que se agitaban en su interior.

Cada vez era más difícil estar con ella, mantener la compostura mientras bromeaba sobre los hombres que había matado.

Cuando Daphne hablaba así, Ruth siempre se imaginaba que se le echaba encima con una jeringa de insulina, mirándola con esa sonrisa cruel.

Cuando Ruth iba a la universidad, asistió a un juicio de un compañero acusado de asesinato.

Resulta que, borracho, se había enzarzado en una pelea en una fiesta y había empujado al vacío a un joven de diecinueve años desde el balcón de un sexto piso.

Ruth había cubierto el caso para el periódico de su universidad.

El juez había mirado al muchacho, rodeado de familiares que no paraban de llorar (suyos y también de la víctima) y le había dicho: «Es monstruoso privar a una persona del curso natural de sus días».

Era una forma curiosamente poética de describir el asesinato, sobre todo en un juicio penal, pero a Ruth se le había quedado grabado.

Eso era lo que Daphne le había hecho a mucha gente.

Les había arrebatado lo más precioso que poseían: el tiempo.

Eso era lo que le había robado a Ruth también: un futuro con él, un millón de conversaciones y preguntas con respuesta, de brunches al sol y paseos al atardecer, una vida que no estuviera sesgada por la desgracia y el trauma de varias generaciones.

Ruth respiró hondo, y notó que las planchas metálicas del banco, aún cálidas por el calor del día, destensaban sus músculos contraídos.

Le sorprendió encontrarse lágrimas en las mejillas, que resbalaban rápidas y fluidas como el agua de un grifo.

Al llegar a la barbilla, se precipitaban a su regazo, y no se molestó en secárselas; tan solo, Ruth dejó que brotaran.

Hacía mucho tiempo que corría sin moverse del sitio, tratando de superar algo que nunca se había resuelto del todo.

Y ahora, al fin, tenía la respuesta. Solo necesitaba que Daphne la pronunciara.

Que la dijera en voz alta y liberara a Ruth de años de arrepentimiento, confusión y desconfianza.

Daphne la había metido en este infierno y Daphne tenía el poder de rescatarla, si le revelaba la verdad.

Se quedó en el jardín hasta que los últimos indicios de la puesta de sol desaparecieron del cielo y el vigilante la invitó educadamente a irse. Cerró la verja en cuanto ella salió.

Ruth estaba allí de pie, delante del cementerio, cuando de pronto la deslumbró el flash de la cámara de un móvil. Se asustó por un instante, y luego se agachó, como si estuviera en peligro. Cuando se recompuso, el fotógrafo ya se había ido.

¿Por qué le había hecho una foto? Se preguntó si la había reconocido, o si solo le había gustado la imagen de una mujer que salía de un cementerio al atardecer.

Confiaba en que no la subiera a las redes, aunque fuera algún tipo de publicación estética en Instagram.

Porque, aunque él o ella no la hubiera reconocido, alguien sí que la reconocería en internet.

Y no quería que nadie lograra encajar las piezas antes que ella.

Había un coche de policía en el aparcamiento de Coconut Grove cuando Ruth llegó al día siguiente.

Oyó el crujido de sus zapatillas al caminar sobre la gravilla, y trató de hacer menos ruido para no llamar la atención más de la cuenta.

Aguantó la respiración mientras se acercaba al coche, rezando para que no reconociera a los agentes que había en su interior y para que ellos la ignoraran.

Ruth viviría alegremente el resto de sus días sin tener que volver a hablar con un policía, ni ver un fluorescente o uno de esos cristales que funcionaba como un espejo por un lado y como ventana por el otro.

Entonces la cabeza rubia del agente Rankin se asomó por la ventanilla del lado del conductor.

Ruth estaba tan cerca de él que le pudo ver la piel enrojecida de la coronilla, quemada recientemente por el sol.

El corazón le empezó a latir con fuerza y le temblaron las piernas.

Aun así, no se detuvo. Él le ofreció una sonrisita de suficiencia y dio un manotazo a la puerta del coche.

El golpe resonó por todo el aparcamiento vacío.

—¡Pareces cansada, Ruth! Sé que sueles trabajar por las noches, pero, caray, ¿a la una de la madrugada? Eso es muy tarde —comentó simulando tranquilidad.

Su compañero, un hombre pelirrojo que Ruth no conocía, se rio.

Ruth asintió sin más y siguió caminando, consciente de que su espalda y su nuca quedaban totalmente desprotegidas.

No miró atrás para comprobar si la observaban.

Sabía que estaban allí. Odiaba esos jueguecitos de poder, las múltiples formas que tenía la policía de fastidiarte sin cruzar del todo la línea, aunque tampoco es que hubieran tenido reparos en cruzarla.

No fue hasta que entró en el edificio cuando entendió realmente lo que le había querido decir el agente Rankin.

Ruth se dejó caer en una silla del vestíbulo, con la mochila aferrada al pecho.

La noche anterior se había quedado trabajando hasta tarde, sentada frente al escritorio del salón.

Y había apagado las luces del salón y se había acostado sobre la una.

Lo que significaba que todo el tiempo que había estado sentada a la mesa, revisando el audio, montando el episodio, el agente Rankin había estado fuera, en un rincón oscuro del aparcamiento, observando cada uno de sus movimientos.

¿También había sido él quien le había tomado la foto en el cementerio?

No había forma de asegurarlo. Se le empañaron los ojos, pero pestañeó con rabia para reprimir las lágrimas, temerosa de que alguien, quien fuera, pudiera verla llorar y colgara una foto en internet.

Al fin y al cabo, ahora la gente la vigilaba. Y no había nada que pudiera hacer.

Ruth encontró a Daphne dormida en su butaca.

El asiento empequeñecía su cuerpo frágil, como si fuera un crío.

Ruth se sentó en la butaca que había delante de ella y la observó mientras dormía.

Tenía la frente lisa y libre de preocupaciones, la piel de alrededor de los ojos arrugada y flácida, y sus finos labios vibraban con murmullos silenciosos.

Dormía como una persona inocente, mientras en todo el país gente buena, gente que había perdido familiares por culpa de Daphne, se agitaba y se revolvía, angustiada y trastornada por sus revelaciones.

Ruth se paseó por el apartamento meditando todas las formas en que podía matar a Daphne.

Tal como estaba ahora, dormida, sería fácil.

Bastaría con una almohada cubriéndole el rostro.

O tal vez con un fuerte empujón en el baño.

De hecho, a nadie le importaría que Daphne muriera; con toda probabilidad, para las autoridades sería un alivio no tener que invertir más tiempo y dinero en esa investigación.

Y Ruth también quedaría libre. Se acabarían las investigaciones, las conversaciones desquiciantes con una vieja sociópata, las noches sin dormir dándole vueltas a lo que todo aquello podría significar.

Al parecer, Daphne St. Clair pensaba que se requería cierta clase de valor para asesinar a otra persona.

Ruth agarró con fuerza un cojín adornado con borlas y lo levantó despacio, extendiendo los brazos hacia delante.

Sería un final inolvidable para el pódcast. ¿Por cuánto tiempo Daphne opondría resistencia? ¿Entendería por qué lo hacía Ruth?

El cojín volvió a rozar la mejilla de Daphne, y ella sacudió la cabeza, susurrando algo en sueños.

Ruth suspiró y soltó el cojín, que cayó sobre la alfombra con un golpe suave.

Ruth no era una asesina. Lo sabía, y pronto todo el mundo lo sabría también.

Lo único que podía hacer era dejar constancia de la historia, desvelar la vida de Daphne: lo bueno, lo malo y lo feo, sacarlo todo a la luz.

Ruth se levantó de la silla y con suavidad tocó el brazo de Daphne para despertarla. Era el momento de empezar a grabar.

[ EDICIÓN: NO INCLUIR EN EL PÓDCAST ]

[Ruth coloca bien el micrófono y teclea algo en el portátil]

RUTH : Quería preguntarte: ¿qué ocurrió exactamente entre tu hijo y tú? ¿Qué es lo que os distanció?

DAPHNE : No me apetece hablar de eso. No lo he visto desde que él tenía unos veintipocos años.

RUTH : Tiene que ser duro.

DAPHNE : Es lo más duro de mi vida.

RUTH : Pero sabes dónde está, ¿no? ¿O si las gemelas tienen contacto con él?

DAPHNE (irritada): Santo cielo, eres como una mosca cojonera. ¡Que no quiero hablar de este tema! ¡Y más vale que no pongas esto en el pódcast o se acabó!

[Llaman a la puerta].

CUIDADORA : Aquí tiene su medicación.

DAPHNE : Déjela aquí, ¡me la tomaré después! ¡Estamos ocupadas!

[Se oye un portazo].