Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 23
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Me enteré de que mi yerno, el senador Reid Prescott, se había presentado como candidato a gobernador de Florida por las noticias.

Nadie se había molestado en comunicármelo.

Reid estaba en una tarima, con esa barbilla larga y prominente y su mata de pelo; parecía un muchacho de una residencia estudiantil cuyo padre acaba de hacer desaparecer una acusación por violación.

Mis dos hijas se casaron con hombres hechos de la misma horma.

Diane siempre había sido la hermana dominante, la que tomaba las decisiones y protegía a Rose.

Diane se había casado con Jonathan y, luego, con Brad, y ambos agachaban la cabeza cada vez que ella ladraba.

Por su lado, Rose se casó con un macho alfa como su hermana gemela, el tipo de hombre que creía que era romántico pedir por ti en los restaurantes sin ni siquiera preguntarte qué te apetecía.

Sí, es psicología elemental, pero quizá, como la historia, si la ignoras, estás condenado a tropezar con la misma piedra.

A Diane eso le ocurrió sin duda con el segundo marido.

—Tengo intención de presentarme a gobernador desde hace años, pero unos sucesos recientes no han hecho más que confirmarme que debemos actuar en contra de la decadencia que vemos a nuestro alrededor —anunció Reid negando con la cabeza de forma ostensible, enfrente de toda la sociedad venida a menos que había acudido a la sala de prensa de un hotel de cuatro estrellas.

Puse los ojos en blanco. Siempre pronunciaba pequeños discursos pomposos de ese estilo, incluso antes de que fuera elegido senador. Probablemente por ese motivo Rose bebía tanto.

—¿Por suceso reciente se refiere a que su suegra haya confesado ser una asesina? —preguntó un periodista.

Reid colocó una mano sobre el hombro de Rose, que tenía la mirada fija en el regazo, la imagen de la vergüenza recatada propia de una dama.

Sí, qué egoísta por su parte tenerme a mí como madre.

Debería haber considerado las repercusiones políticas que eso podría tener para su futuro marido cuando eligió salir por mi canal de parto.

—Sí. Daphne St. Clair representa el modo en que nuestra sociedad moderna ha socavado los ideales cristianos y los valores de la familia a partir de los cuales se construyó nuestro país —respondió Reid.

¿La sociedad moderna? ¡Tenía noventa años, por el amor de Dios!

Empecé a asesinar en los cincuenta, ¡la década en que todos esos idiotas la tenían tan dura!

Debían de pensar que todo era como en la telecomedia Leave it to Beaver , cuando, en realidad, la gente se tiraba a sus vecinos y zurraba a sus mujeres; lo único es que no lo enseñaban por la tele.

Y todas esas bobadas sobre los valores de la familia y el cristianismo.

¿Quién apreciaba a la familia más que yo?

Todo lo que hice fue por mis hijos. ¿Y dónde estaban esos valores cristianos cuando me violó un cura?

—¿Alguno de los dos está en contacto con ella ahora? —preguntó otro periodista.

—Absolutamente no —respondió Reid con vehemencia—. Debo proteger a mi familia de monstruos como ella.

—¿Por qué cree que confesó? ¿Opina que estas elecciones han tenido algo que ver con el momento que ha elegido?

—Es muy posible —accedió Reid—. La madre de mi esposa no comparte en absoluto mis convicciones políticas.

Resoplé. Menudo chiste. Como si tuviera que airear mi vida para que Reid no fuera elegido gobernador. Reid no necesitaba la ayuda de nadie para perder las elecciones, era capaz de lograrlo solo.

—¿Qué cree que debería hacerse con ella? —preguntó el mismo periodista.

—Creo que todo aquel que cometa un acto abyecto como un asesinato debería ser castigado con la pena capital, con independencia de su edad —contestó Reid. El rostro de Rose permanecía impasible mientras su marido hablaba de mandar a su madre a la silla eléctrica.

Supongo que yo no estaba en la lista de personas a quien se les debía enviar una felicitación de Navidad.

La rueda de prensa siguió, con los periodistas formulando preguntas sobre mí y las revelaciones en el pódcast, mientras Reid trataba de reconducir la conversación a su tarima y a su perorata habitual sobre Dios, América y la familia.

Siempre me ha parecido sospechoso lo mucho que a los hombres conservadores les gusta hablar sobre las familias.

Por lo visto, siempre eran los que luego aparecían con la cabeza agachada sobre unos gramos de cocaína.

Resulta extraño, sin embargo, ver a mi propia hija repudiándome por televisión, aunque no era ella la que hablaba.

Sabía que mi confesión podía herir los sentimientos a algunos miembros de la familia, pero pienso que realmente no valía la pena que me pusieran palos en las ruedas.

Les había dado mucho a mis hijas. ¿Acaso no merecía un poco de lealtad a cambio?

Jamás había antepuesto a un hombre a mí ni a mis hijos, y siempre había confiado en que ellos harían lo mismo.

En algún momento, Reid dejó de esbozar sus ideas políticas y se dedicó a buscar un millón de formas distintas para tildarme de malvada. Supongo que quería marcar distancia con cualquier otro candidato que pudiera presentarse con un programa a favor de los asesinos en serie.

—Y, por si no bastara con eso, ni siquiera nació en este país. Ni tan solo sé si inmigró de forma legal —declaró Reid con tono solemne, haciendo una pausa por si alguien soltaba un grito ahogado. Nadie lo hizo—. Daphne St. Clair es… canadiense. —Rose se cubrió el rostro, avergonzada.

Otro día, otra cita con Arthur Tisdale, mi abogado. No era lo que digamos una visita apasionante, pero por lo menos rompía la monotonía del día.

—¿Qué hay de nuevo? —pregunté—. Llevo esperando durante casi seis semanas y tengo la impresión de que no ocurre nada.

Tisdale sonrió, dedicándome una pequeña mueca irónica como si me encontrara divertida. Me dieron ganas de pegarle un bofetón.

—¡Nunca había conocido a nadie tan ansioso por ir a la cárcel! Dentro de poco nos darán una fecha para que presente la declaración de culpabilidad. Ahora bien, en lo que se refiere a ese pódcast…

—Ya hemos hablado de eso —dije con brusquedad—. No quiere que lo haga, y lo estoy haciendo igualmente. ¿Qué es lo peor que podría ocurrir? Tengo noventa años; cualquier pena de prisión a la que me condenen será para el resto de mi vida.

—Pues sí —murmuró Tisdale—. Entiendo que no tiene mucho que perder, pero ¿y la periodista? ¿Ruth Robinson? Al final podrían citarla a declarar en algún proceso judicial. Puede que alguien incluso trate de acusarla de algo, como de obstrucción a la justicia.

—¿Por qué? He confesado. Y, gracias a ella, los abogados dispondrán de horas y horas de información.

¡Obstrucción a la justicia! ¡Si ha hecho su trabajo!

Esto es América. Caray, el único derecho que le importa a alguien aquí es la libre expresión —aduje—.

Un chiflado con una AK-47 te puede pegar un tiro en un instituto, pero después te dejan organizar una manifestación de protesta.

Además, siempre puede utilizar una parte de ese dinero que está ganando gracias a mí para contratar a un abogado tan excelente como usted.

—Sí, tal vez. Aun así, como está tan insistente en ese pódcast, ándese con cuidado.

Un hombre ha estado llamando todos los días a nuestra oficina.

En el trabajo también he visto a alguien sospechoso merodeando junto a mi coche.

Creo que ayer un coche incluso intentó seguirme hasta mi vivienda, pero conseguí esquivarlo.

Le he tenido que decir a mi mujer que se vaya a casa de su familia, en Savannah, porque me preocupa nuestra seguridad.

Daphne, alguien la está buscando. Quizá más de una persona.

—Pues no me van a encontrar —murmuré, haciéndome la valiente, aunque notaba un poco de opresión en el pecho, por el miedo—. De eso se trata, ¿verdad? Nunca nadie ha atrapado a Daphne St. Clair.