Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 22 #2
56%

22 #2

—¿Puedo insultar? Porque Daphne, o Cecilia, como yo la llamaba, era una auténtica…

zorra. —Belinda escupió la palabra haciéndola deslizar entre sus dientes, como si fuera un caramelo de toffee especialmente blando—.

Daphne siempre estaba hablando de lo fenomenal que le iba en Manhattan, de todas las tiendas fabulosas que había y de todas las celebridades que había conocido.

Pero yo siempre supe que todo eso eran milongas.

De todas formas, no tenía tiempo de prestarle mucha atención, estaba enfocada en ser la mejor esposa y madre que podía —concluyó, mirando a su invitada con desdén.

Ruth suponía que los pormenores no se tenían en cuenta cuando la muerte estaba a la vuelta de la esquina, pero sin duda estaba equivocada. La gente no cambiaba, daba igual la edad. Y la gente solía ser horrible.

—¿Su marido… está aquí? —preguntó Ruth, sin saber muy bien cómo preguntarle a alguien si su marido descansaba junto a la chimenea o bien dentro de una urna en la repisa de esta.

—Ya no estamos juntos —respondió Belinda con un tono agrio—. Desde hace treinta años. —Se desinfló cuando lo dijo, como si hablara de una preciada carrera profesional que hubiera terminado con un despido.

—Bueno, ¿y recuerda alguna peculiaridad de Daphne? —preguntó Ruth.

—La verdad es que estaba muy apegada a su hijo, y eso es raro, porque, en mi opinión, casi todas las mujeres habrían mimado a unas gemelas idénticas.

Eso era antes de que pudieras ir a una clínica para que te fueran metiendo bebés en el cuerpo.

Pero no, ella prefería a su niño. Era un amor —explicó Belinda—.

¿Cómo le va? Imagino que habrá sido extraño descubrir que tu querida mamá es una asesina —dijo con una satisfacción bastante evidente.

Ruth se preguntó por qué las mujeres disfrutaban tanto con las desgracias ajenas.

Una mujer sacaba punta a una infidelidad o un divorcio, aireaba todos los trapos sucios, y se relamía al final una vez que ya había exprimido todo el jugo.

Tal vez no podías ser tan altivo y noble cuando el mundo te negaba tanto poder.

Debías arrastrarte en lo más bajo, buscando migajas y criticando los defectos y errores de todos los demás.

—Hace años que no tienen relación, o sea que ni siquiera sabemos si él se ha enterado de que su madre ha confesado —explicó Ruth.

Belinda asintió, mordiéndose el labio.

—Bueno, supongo que tenemos eso en común. Mi hijo William tampoco tiene trato conmigo. Discutimos por… el tipo de vida que llevaba —dijo Belinda.

Ruth suspiró. Nunca había entendido cómo alguien podía perder a un hijo por algo tan íntimo como la sexualidad.

Ruth nunca se había molestado en explicar su inclinación sexual a su madre.

Louise solo estaba informada de todos los nuevos acontecimientos románticos que había en la vida de Ruth y si la persona que venía a comer era vegana o, simplemente, una vegetariana de lo más aburrida.

—¿Sabes? Fue la mejor época de mi vida, cuando los hijos eran pequeños. Tenía la sensación de que sí era útil —reveló Belinda con añoranza.

Ruth siempre se entristecía cuando las mujeres ancianas hablaban de lo felices que habían sido cuando sus maridos vivían y los niños eran pequeños.

Le recordaba lo que les esperaba ahora y lo que le esperaba a ella algún día.

Incluso Daphne se ponía un poco nostálgica al pensar en sus días de juventud, aunque por lo general rememoraba a los hombres que había asesinado y el dinero que había derrochado, lo que no era tan dulce.

RUTH : ¿Qué ocurrió cuando David murió? No hacía falta ser Angela Lansbury, ¿pero de verdad que nadie sospechó absolutamente nada?

BELINDA (con indignación): ¿Quién? ¿Y por qué alguien tendría que haber pensado mal, cuando su propio doctor iba diciendo que era cáncer? Ojalá ese maldito idiota aún viviera, ¡se le habría caído el pelo!

RUTH : ¿Y luego Daphne vendió la casa y se fue?

BELINDA : No puedo decir que nos pillara por sorpresa a ninguna de nosotras.

Por supuesto que era una lástima que la casa ya no perteneciera a la familia Priestly, pero probablemente fue lo mejor.

No habría soportado que esa mujer horrible se hubiera quedado en esa vivienda espectacular y nos hubiera tratado con prepotencia.

RUTH : Es comprensible. ¿Hay algo más que quiera decir sobre Daphne o sobre esa época?

[Belinda tararea y se mueve en la butaca].

BELINDA : Solo que… al descubrir todo esto ahora hace que te plantees qué más no sabes sobre tu propia vida. ¿Cuántas mentiras más me he tragado?

RUTH (voz en off ): Me fui de Leosville preguntándome si había conseguido sacar algo más en claro sobre Daphne.

Esperaba poder utilizar el pasado de Daphne para conocer su interior y tratar de encajar lo que pudiera encontrarme.

Y tal vez por eso no podía soportar que yo hablara con alguien que no fuera ella.

Sin embargo, lo que veía era que no importaba el nombre, ni la ciudad, ni el marido, Daphne había sido la misma fuerza inescrutable, malévola, durante muchos años.

Todas las personas con quien había hablado decían lo mismo: era preciosa, inteligente y un poco mezquina, la clase de mujer que coqueteaba con los hombres en el salón e ignoraba a sus mujeres.

Pero a mí esas descripciones no me valían.

Las únicas personas que podrían tener una impresión más real, porque habían visto a la Daphne de verdad, no estaban para responder.

Ruth volvía en coche del aeropuerto, mientras su pelo recuperaba ese encrespamiento habitual (gracias, Florida), cuando le sonó el móvil.

Ruth se detuvo en el aparcamiento que había junto a su piso y miró el número.

No era conocido, pero respondió igualmente con la esperanza de que fuera una agradable sorpresa, como un repartidor de Amazon o un medio de comunicación que le ofrecía un trabajo fijo (una chica tenía derecho a soñar, ¿no?).