Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 22
54%

22

Ruth estaba enfrente de la gran casa azul, sobrecogida por sus dimensiones.

Era el tipo de casa con la que había soñado de pequeña, cuando vivía metida en pisos estrechos y húmedos leyendo Mujercitas .

Un pensamiento cruzó su mente —sería feliz si viviera aquí— antes de descartarlo rápidamente.

Una casa no podía hacer feliz a alguien.

Aun así, pensó, mientras contemplaba esa construcción colosal magnífica y se imaginaba chimeneas y estanterías, que tampoco hacía ningún daño.

Había tenido una sensación parecida la primera vez que había ido al ático de su padre, en el edificio Seacrest. Se había mudado allí cuando su mujer murió, porque la casa familiar contenía demasiados recuerdos, y a Ruth le habían impresionado las amplias vistas al océano y las colecciones de libros de Richard y las fotos de su vida.

Las fotografías que había aquí y allá eran básicamente de su mujer y su hija, pero con orgullo le había señalado a Ruth una foto que tenía de los dos encima de la mesa, una selfi que había enmarcado.

Entonces le había arrancado una sonrisa, había hecho que se sintiera parte de la familia, hasta más adelante, en su fiesta de cumpleaños, cuando Ruth se dio cuenta de que todo el mundo había evitado mirar la foto del mismo modo que habían evitado tener una incómoda conversación superficial con ella.

Pero de eso hacía siete años. Otra época.

Y Ruth había dejado todo aquello en Florida, aunque por poco tiempo. Fue como la tarjeta de crédito que había utilizado para pagar ese viaje. En este momento podía gastar cuanto quería, pero sabía que en algún momento del futuro le llegaría la factura.

La saga de los Leosville era lo que les encantaba a los fans de los crímenes reales: amas de casa asesinas, escenarios pintorescos y el punto débil secreto de la América provinciana.

Ruth sabía que debía compensar las entrevistas a Daphne sobre el asesinato de David con el color local sobre la ciudad, sus impresiones y, lo más importante, entrevistas a personas que recordaban a David y Daphne.

Debía quitar un poco el mal sabor de boca a los oyentes.

Aquí se sintió fuera de peligro, lejos del agente Rankin, de los Montgomery y de los acosadores de Daphne.

También era un alivio hacer una pausa de la propia Daphne, si bien ella era el foco de todo este viaje.

Cada vez resultaba más difícil permanecer en la misma sala con Daphne, dejar a un lado los resquemores personales de Ruth y actuar como una periodista imparcial.

Sobre todo porque Daphne parecía tener un sexto sentido para los temas que Ruth trataba de evitar, los detalles dolorosos que no deseaba revelar a una asesina a sangre fría.

Y ese era el problema. Había recorrido unos dos mil cuatrocientos kilómetros, toda la longitud de la costa este americana, pero lo único de lo que no podía huir era de los recuerdos.

SÉPTIMO EPISODIO: 2022

RUTH (voz en off ): Subí los escalones, ansiosa por comprobar si me sería posible hablar con los inquilinos de esa preciosa mansión.

También saqué el equipo de grabación porque sabía que, desde un punto de vista jurídico, era mejor que estuvieran al corriente de que era periodista y que les grababa desde el principio.

Ojalá me invitaran a pasar. Me imaginaba lo extraño que les debía resultar estar en el dormitorio donde había fallecido David Priestly, sin tener la menor idea de que alguien acabaría contando su historia, su historia real.

Llamé al timbre y contestó una mujer más o menos de mi edad.

Al instante me fijé en que llevaba tacones. De día. ¡En su propia casa!

PROPIETARIA (con cautela): ¿Puedo ayudarle en algo?

RUTH : Hola, me llamo Ruth Robinson. Soy periodista y estoy grabando un pódcast titulado Los cuatro asesinatos de Daphne St. Clair . ¿Ha oído hablar de él?

PROPIETARIA : No, no me suena.

RUTH : Esto…, bien. Daphne St. Clair es una mujer de noventa años que acaba de confesar haber asesinado a varios hombres a lo largo de su vida.

PROPIETARIA (con tono desagradable): Ah, ya sé a qué se refiere. Pero ¿a qué ha venido a mi casa?

RUTH : Bueno, uno de los hombres que mató vivía… aquí. Era su marido.

PROPIETARIA : ¿Aquí? ¿Me está diciendo que mató a alguien en mi casa?

RUTH : Sí, hace sesenta años. Un hombre llamado David Priestly.

PROPIETARIA : Nos dijeron que la casa había pertenecido a la misma familia desde hacía más de cien años, creo que el apellido era Priestly. Así, ¿se ha desplazado hasta aquí para entrevistar a gente para su… pódcast?

RUTH : Sí. No sé si me podría enseñar la casa. O quizá le podría entrevistar a usted para que hablara de la vivienda.

PROPIETARIA (fríamente): A ver, ¿por qué debería interesarme que todo el mundo supiera que en mi casa se cometió un asesinato? Ni siquiera yo deseo saberlo. Creo que es mejor que se vaya antes de que llame a la policía.

[Sonido de una puerta que se cierra de golpe].

Ruth subió al coche y se alejó, consciente de que la mujer la seguía con la mirada hasta que la casa desapareció al volver la esquina.

La conversación había sido un desastre, pero Ruth confiaba en que la entrevista del día siguiente con Belinda Vaughn iría mejor.

Cada vez que entrevistaba a Daphne, se aseguraba de sonsacarle la máxima información verificable posible: direcciones, nombres de personas, orden cronológico de los hechos.

El pódcast requería más entrevistas, por supuesto, pero Ruth también sabía que necesitaba acorralar a Daphne con la verdad para que así no tuviera margen de maniobra para mentir.

Después de entrevistar a Daphne sobre Leosville, Ruth había cogido la lista de los nombres y había tratado de localizar a gente que aún la recordara.

Buscaba a octogenarios y nonagenarios que todavía vivieran en la zona y accedieran a hablar con ella.

Uno a uno, los nombres fueron cayendo de la lista hasta que solo quedó uno: Belinda, la abeja reina.

Ruth condujo por la calle principal, siguiendo las indicaciones hasta el hotel.

Echó un vistazo a su alrededor y tuvo la impresión de que no había cambiado mucho desde que Daphne había vivido allí sesenta años atrás.

Las extensiones de césped estaban cuidadas, el ladrillo rojo relucía, y no vio ni un solo mendigo ni un local vacío.

Era como si, de algún modo, la epidemia de opioides que hacía estragos en todas las pequeñas ciudades norteamericanas hubiera esquivado ese lugar, un territorio que el fentanilo había olvidado.

En todos y cada uno de los escaparates y esquinas abarrotadas de gente, Ruth tuvo la impresión de que veía a Daphne, joven y deslumbrante, como un cuervo entre un grupo de canarios, pero con el rabillo del ojo, porque se escabullía en cuanto intentaba observarla mejor.

Al día siguiente, a Ruth la despertó un mensaje que le envió su madre para desearle un buen viaje, pero también para que aprovechara esos días fuera para reflexionar si de verdad valía la pena grabar ese pódcast. Ruth lo ignoró.

Entró en la cuenta de Instagram de Jenn y vio que había sacado otro libro y firmaba ejemplares en una librería de Palm Haven.

Estaba claro que su ruptura no había sumido a Jenn en una espiral negativa como a ella.

La vida de Ruth siempre había sido caótica, pero Jenn la había conocido en un momento especialmente bajo, cuando toda la vida de Ruth se había descarrilado y Ruth trataba de valorar lo que era más saludable para ella: ignorar por completo el pasado o intentar resolver el misterio que poco a poco la consumía.

Había oscilado entre la represión y la obsesión hasta que al final la relación se había terminado, irónicamente justo antes de que Ruth hubiera obtenido la señal que había estado esperando: la confesión de Daphne.

Ruth se encontró a Belinda sentada en el salón de la residencia para la tercera edad Willowdale.

Ruth se dio cuenta de inmediato de que la anciana se había esmerado en su aspecto: había aplicado máscara a sus escasas pestañas y había cubierto su oronda figura con una chaqueta bordada con abalorios y un pantalón de vestir, como si fuera de boda.

Belinda pareció decepcionada al ver que Ruth iba con tejanos y sudadera, pero se animó cuando esta le hizo un cumplido:

—Me encanta la chaqueta. Le da un toque muy glamuroso.

—Oh, es que me gusta arreglarme. Mi generación siempre cuidaba mucho su aspecto, no como la gente de hoy en día —dijo con una sonrisa.

Ruth no supo si le había lanzado una indirecta, pero en tal caso, ¿qué podía haber hecho? Belinda era la única entrevista importante que tenía ese fin de semana; el resto del tiempo lo destinaría a conocer el ambiente y a hojear viejos periódicos en la biblioteca local.

—Cierto. Era mucho mejor cuando los hombres llevaban traje y sombrero y las mujeres salían con el pelo arreglado —comentó Ruth, reproduciendo el mismo discursillo típico de las amigas de su abuela.

—No podría estar más de acuerdo —respondió Belinda, gratamente sorprendida—.

Bueno, me alegra poder ayudarla en su investigación.

Debo decirle que me ha extrañado que Daphne sea una asesina, y me ha extrañado aún más que haya confesado cuando nadie sospechaba de ella. Creía que era una cazafortunas más.

—Entonces ¿cuál fue la primera impresión que tuvo de Daphne? —preguntó Ruth, que se apresuró a sacar el equipo de grabación antes de que se perdiera más descalificativos.

Belinda entrelazó los dedos de las manos y se reclinó hacia atrás, preparándose, sin duda, para acaparar la atención.