Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 20
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IncendiariaDeLibros:

ESTO es lo que no te cuentan las esposas tradicionales.

Que detrás de todos esos vestidos tan bonitos y esas cocinas tan limpias, las mujeres se EXASPERAN .

Cualquiera que esté emperrado con la educación en casa y en hacer pan debe recordar cuántas mujeres han luchado contra esto.

Hola, hola, Betty Friedan, ¿estás ahí? ¡Parece que tenemos un caso de «el problema que no tiene nombre»!

PresaTodoElDía:

Dios, parece que esta ya te la tenías guardada. ¿Qué, te has quedado a gusto?

AlSueloYTrolea:

No entiendo cuál es tu puto problema. Conoce a un hombre majísimo que se lo paga todo y le da una vida guay. ¡David era un santo, joder! ¡Incluso les hacía de padre a unos niños que no eran suyos! Tuvo suerte de conocer a un hombre así. ¿¿Qué coño le pasa?? ¡Por eso necesitamos el MGTOW !

PresaTodoElDía:

Síí, ¿y qué hay de la asesina en serie? Creía que estaría totalmente cuerda.

SustoOMuerte:

OK… ahí lo dejo, pero… ¿hay alguien aparte de mí a quien le haya saltado una bandera beis con David? Quiero decir que yo no me casaría con él…

IncendiariaDeLibros:

A ver, no la escuchaba. Ella le decía que no era feliz, y él pasó de todo.

FiestaCapote:

Aun así, nada de esto justifica que le matara.

AlSueloYTrolea:

Pues claro. No te jode, Sherlock.

DAPHNE : O sea que el proceso volvió a empezar. Esta vez fue más fácil porque David no era nada desconfiado. Era esa clase de persona que jamás revisaba los recibos ni comprobaba el cambio porque su mundo estaba lleno de buenas personas, y él siempre tenía bastante para compartir.

RUTH (con pesar): Qué persona tan encantadora.

DAPHNE : Sí, bueno, mejor a cierta distancia.

RUTH : ¿Cómo lo hiciste? ¿Sin que te vieran?

DAPHNE : Me levanté de la cama antes de que amaneciera.

Ese es el momento de una mujer; en realidad, puede hacer lo que le plazca en una casa donde todo el mundo duerme.

Trituré las pastillas y las introduje en el requesón, porque era lo único que mis hijos no tomaban para desayunar.

Cuando David se despertó, había un magnífico desayuno en su cocina soleada.

RUTH : ¿Con qué lo envenenaste?

DAPHNE : Con dexilcromato, que de hecho es la forma más amorosa de matar a alguien.

No quema el estómago ni te provoca vómitos continuos, sino que va derecho al cerebro y te hace sentir exhausto y débil.

Es casi como envejecer, pero a un ritmo mucho más rápido.

David no lo sabía, pero ahora yo controlaba su línea del tiempo.

RUTH : Pobre David.

DAPHNE : Entendido, ya ha quedado claro lo que piensas de David.

Y oye, intenté ser la esposa más atenta posible una vez que empecé con el envenenamiento.

No fue difícil porque, en cuanto tuve claro cuál sería mi plan, volví a ser la de antes.

El peligro de que me pudieran pillar, saber que escondía un secreto, el hecho de sentirme tan poderosa respecto a mi marido…

me excitaba. Y el primer día que se quejó de que estaba cansado, le ayudé a subir las escaleras antes de meterlo con ternura en su lecho de muerte.

Al cuarto día llamamos al médico. David insistía mucho y yo sabía que la gente acabaría haciendo preguntas si no lo examinaban.

Aun así, me dio un subidón de adrenalina cuando sonó el timbre, y traté de respirar profundamente.

Debía mostrarme preocupada sobre David, pero no porque tuviera algo que ocultar.

Debía controlar esa situación, hacer que el médico estuviera tranquilo mientras yo aseguraba a David que recibía la ayuda que requería.

Sin embargo, mi mente se llenaba de visiones horribles: el médico que se levantaba después de examinar a David y me señalaba con un dedo acusador; David que se volvía hacia mí con mala cara y los ojos ensombrecidos por el odio; mis hijos que veían cómo me esposaban y me metían en el asiento de atrás de un coche de policía.

Ese era el juego. No obstante, era el asesinato más arriesgado, porque en esa ocasión no había una situación que pudiera ser letal ni un marido que fuera un enfermo terminal.

Estaba matando a un hombre totalmente sano que no suponía ninguna amenaza para mí (salvo que me muriera de aburrimiento).

A pesar de todo, cuando abrí la puerta, dejé caer los hombros con alivio.

El doctor Penney era alto y desgarbado, y daba la impresión de que la nuez del cuello se le movía sin control.

Tenía las orejas de soplillo y un remolino en el pelo, como un niño pequeño.

Parecía horrorizado de que le hubieran llamado y sujetaba su maletín con el mismo fervor que un crío se aferra a su osito de peluche.

—Hola —carraspeó.

—Pase, por favor. —Le hice un gesto y él me siguió al interior, tropezando con el umbral de la puerta. Se disculpó y me aguanté una sonrisa, ganando confianza rápidamente—. ¿Es de aquí? —le pregunté mientras iniciábamos el largo ascenso al dormitorio.

—Eh… sí —titubeó—. Me fui a estudiar fuera, evidentemente, pero acabo de terminar.

Acababa de terminar. Eso fue música para mis oídos. Un médico inexperto sin confianza en sí mismo.

—¿Qué médico había antes? —pregunté.

—Mi padre —admitió—, pero murió hace unos meses y la gente… necesita un médico. O sea que aquí estoy yo, supongo.

Ni siquiera él parecía convencido de que le hubieran asignado ese puesto.

—Bueno, me alegro de que haya podido venir a visitarnos —dije, asegurándome de que mi voz sonaba grave y queda, aunque tenía ganas de escabullirme por el pasillo.

Abrí la puerta de un empujón e hice señas al médico para que entrara en nuestro dormitorio.

Mi marido estaba tumbado en la cama, con la cabeza sobre las almohadas, como si un peso enorme lo presionara hacia abajo y no le permitiera moverse.

—Y bien, ¿cuál parece ser el problema, señor Priestly? —preguntó el doctor Penney.

—David, por favor —murmuró—. Últimamente estoy muy cansado.

Cada día me levanto con la esperanza de que me sentiré mejor, pero luego me paso todo el día en la cama, incapaz de mantener los ojos abiertos.

—Hablaba con voz suplicante y desespero.

Mi marido imploraba a ese hombre que le entendiera, que le curara.

—¿Tiene otros síntomas? —le preguntó el doctor mientras manipulaba con torpeza un tensiómetro. Era como un mago que intenta a duras penas que le salga un truco nuevo.

—Tengo como una niebla mental, no me puedo concentrar —explicó David, observando como el doctor le tomaba la tensión con el mismo desinterés de alguien que ve la tele.

—Bueno, la tensión la tiene bien. Aunque está pálido. Me pregunto si puede ser a causa de una falta de hierro —dijo el doctor Penney frunciendo el ceño.

Parecía perdido, como si se hubiera presentado a un examen sin ir a clase. Intuía que su padre tenía planeado formar a su hijo antes de jubilarse, pero su muerte prematura había sumido a Penney Jr. en una situación de lo más delicada.

—¿Podría ser? —preguntó David, aunque la duda planeaba en su voz. No quería suposiciones; quería un diagnóstico firme y un plan para volver a la normalidad.

—Me aseguraré de cocinarle una gran cantidad de carne roja —dije con suavidad, dándole unos toquecitos en el brazo y sonriendo—. Aunque no haya un problema de hierro, un filete para cenar debería levantar el ánimo.

—Hace tan solo una semana estaba en ese jardín, cortando leña —murmuró, poniéndose de lado para mirar por la ventana—. Y ahora no me puedo ni mover de la cama.

—Pronto podrás volver a tu rutina —le dije dándole un beso en la frente—. Acompaño al doctor hasta la puerta y luego te preparo un filete para cenar.

Sin embargo, estaba absorto en su propio mundo, mientras la luz veteada procedente de la ventana le moteaba el rostro demacrado.

—Creo que deberíamos ingresarle en el hospital —me dijo el doctor Penney en la cocina una semana después.

Era una tarde cálida de otoño; hacía ese tiempo que te invita a salir y te hace sentir increíblemente feliz.

El sol estaba bajando y el aire estaba impregnado de una luz dorada.

Miré por la ventana, con pena de alejarme, pero consciente de que ese era el momento en que debía andarme con más cuidado, una esposa entregada que no levantaba la más mínima sospecha.

—Naturalmente, doctor. No mejora. Yo solo quiero que mi David se ponga bien.

—Hay dos horas de coche hasta Glendale, el hospital más próximo con los especialistas que podría necesitar. Les llamaré hoy, pero lo trasladaremos mañana. Ya está dormido y el trayecto será agotador para él. Nos iremos mañana a las ocho.

—Les pediré a los vecinos que se queden con los niños —dije—. Les preguntaré si pueden pasar la noche con ellos, así no los tengo que dejar por la mañana.

—Muy bien —dijo el doctor Penney. Negó con la cabeza y trató de hablar un par de veces antes de que lograra articular las palabras—. Empiezo a sospechar que David padece un tipo de cáncer muy agresivo. Creo que usted debería prepararse para lo peor.

—No sé qué decir —repuse. Suspiré y me froté los ojos, que tenía empañados por el agotamiento de ser la enfermera de David noche y día.

Él asintió, comprensivo.

—Bueno, pronto deberíamos tener algunas respuestas. Nos vemos mañana.

—Gracias —le dije, acompañándole hasta la puerta.

Cuando se fue, apreté los labios y empecé a preparar la sopa de David.

Saqué el dexilcromato de mi escondrijo del armario.

Esa tarde, mientras el sol se apagaba detrás de las cortinas, me senté con David en el dormitorio, que estaba arropado en la cama como un niño pequeño.

Curiosamente, parecía saber que se estaba muriendo.

Le ayudé a tomar un poco más de sopa, consciente de que contenía tanto veneno que no viviría para ver el fondo del cuenco, no en ese estado tan débil.

Daba la sensación de que encontraba consuelo conmigo, yo, que era la fuente secreta de todos sus problemas.

Se fue en paz, con una sonrisa en la cara que casi me reconfortó el hecho de matarlo.

Murió sabiendo qué significaba ser esposo y padre, y creyendo que lo querían.

Al mismo tiempo, sentí una excitación extraña con su muerte, la misma sensación que había tenido cuando había observado el cadáver de Ted o había considerado cómo yo había cambiado la vida de la familia Flanagan en un andén de metro.

Salvo en esa ocasión, la experimenté incluso con más intensidad, como si me lo inyectara directamente en la vena.

Era poder. Poder puro sin adulterar. Yo decidía quién vivía y moría.

Cada persona existía a mi merced. Y una vez que te has sentido así, bueno, cuesta volver a un rico plato de pasta con atún y verduras y a Sueño con Jeannie .

David me quería mucho. Aún me siento un poco mal por él.

Creía que iba a pasar el resto de mi vida conmigo. Y supongo que llevaba razón.