Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 19 #3
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[ EDICIÓN: NO INCLUIR EN EL PÓDCAST ]

RUTH : Aunque en cierto modo resulte extraño, puedo explicarlo. Me he pasado los últimos diez años escribiendo artículos ridículos en internet para poder pagar el alquiler. Habría matado por tener suficiente dinero como para dedicarme de verdad al periodismo.

DAPHNE : ¿Matado?

RUTH : Vale, bueno, no… He elegido mal la palabra. Me habría encantado tener…

DAPHNE : Pareces un poco nerviosa.

RUTH : No, estoy bien. Perdona, es que no he dormido bien… El pódcast cada vez tiene más éxito, y estoy un poco preocupada por nuestra seguridad. La tuya y la mía. La última vez que salí de casa en coche para venir aquí, juraría que me seguía un coche. Pero no puedo asegurarlo…

DAPHNE : A ver, por qué diablos alguien tendría que seguirte. Yo soy la asesina. Solo me estás ayudando.

RUTH : Bueno, no sé si te estoy ayudando. Soy una periodista que intenta sacar a relucir la verdad…

DAPHNE : Vale, perfecto, lo que creas necesario decirte a ti misma cuando empieces a ganar dinero con mi historia.

[ FIN DE LA PARTE ELIMINADA ]

RUTH : Así que, ¿no eras feliz en Leosville?

DAPHNE : Realmente sentía que me había perdido a mí misma. Era tan solo otra mujer anónima en el fregadero de la cocina, que deseaba que todas las chicas tomaran las mismas decisiones que ella porque no podía soportar saber que otras personas aún tenían libertad.

RUTH : Parece todo un reto.

DAPHNE : Tal vez no te sepa muy mal por mí. Lo entiendo. Cuando era más joven, habría matado por tener esta clase de problema de persona rica. De hecho, ¡lo hice! Pero solo quiero que sepas que lo intenté. Matar a David no fue más que un plan B.

HAUTEHISTOIRE : «Hola, tiktokers adictos a la moda, ha llegado el momento de viajar al pasado, a la América de mediados de siglo.

¡Pensad en Las poseídas de Stepford , pensad en Florence Pugh en No te preocupes, querida , pensad en Betty Draper antes de que descubriera que Don Draper era un mujeriego!

¡Volvamos a la época en que se pasaba la aspiradora con tacones, te arreglaban el pelo y eras adicta a las pastillas en secreto!

Pues bien, aquí tenemos un vestido de tirantes rojo de flores de Dolce se había criado en un entorno rico en una pequeña población tranquila donde todo el mundo lo conocía y apreciaba.

Sí, le había costado un poco casarse, pero está de sobra demostrado que si tienes el dinero suficiente al final alguien se acabará casando contigo, sobre todo si eres un hombre.

Aunque te saliera una nariz en la frente, alguna pechugona de veinticinco años aún ensalzaría con bellas palabras tu gentil persona y tu agudo sentido del humor.

—Es que no me gusta Leosville —murmuré—. Me crispa los nervios. Creía que mi vida iba a ser… especial.

—Cariño, ya verás como todo será más fácil —dijo David, rodeándome por la cintura con sus brazos—. Tu vida ha cambiado, y solo necesitas tiempo para adaptarte.

—No quiero adaptarme —mascullé, soltándome de él.

Pareció ofendido, y contuve las ganas de darle un bofetón.

David era demasiado bueno. Tendría que haberme sentido satisfecha, después de todos los hombres malos con quien había estado, pero da igual por lo que haya pasado una mujer, si cataloga a un hombre como «majo», quiere decir que no cuenta para nada para ella.

—Date tiempo, solo tienes que acabar de situarte —dijo David saliendo pausadamente de la cocina.

Apoyé la frente en la puerta del armario que tenía delante, con la mirada fija en las pieles de patata que flotaban en el fregadero lleno de jabón. Las palabras «acabar de situarte» resonaron en mi cabeza y, de pronto, se me vino la imagen de una roca que se hunde hasta el fondo de un lago.

Esa noche, mientras yacía en la cama junto a mi marido, me molestó que él durmiera tan plácidamente.

¿Acaso no le importaba que yo fuera tan infeliz?

¿Por qué no se agitaba y daba vueltas, inquieto por buscar alguna forma de ayudarme?

David estaba muy agradecido de tenerme, pero toda esta gratitud digamos que me molestaba.

Estaba acostumbrada a tener algo a lo que oponerme, un odio que me llenaba de fuerza y energía.

Yo era como un perro sarnoso que muerde la mano que lo alimentaba porque lo único que sabía era luchar.

Está mal matar. Lo sé. Por supuesto, no había vuelto a pisar una iglesia (algo que suele ocurrir cuando te ha agredido un cura), pero el «No matarás» tiene mucho que ver con el cristianismo.

Sin embargo, nunca me había sentido mal matando; en cambio, viviendo sí.

Vivía en un mundo al que le importaba una mierda yo y lo que yo quería.

Matar era una liberación de todo eso. Era mi declaración de independencia (¡al fin y al cabo, ahora era americana!), y siempre era emocionante sentir que eres la ama del mundo.

No me avergonzaba de lo que había hecho, pero sí de lo que me habían hecho.

Me quedé mirando el techo negro y observé como la infinidad de estrellas centelleaba en la oscuridad.

El corazón me martilleaba en el pecho y tuve la sensación de que iba a explotar por dentro si algo no cambiaba.

Podía limitarme a dejar a David, pero tenía dinero ahorrado solo para cubrir los gastos de seis meses en Nueva York.

Podría vivir de otro modo, por supuesto, pero el único lugar donde realmente me sentía a gusto era la ciudad.

Sin dinero, era la misma chica de campo con los zapatos sucios de estiércol.

Una certeza tenebrosa se apoderó de mí, instigada por mis pensamientos acelerados y sus ronquidos suaves.

Ya lo había hecho y, ahora, pensaba hacerlo otra vez.

David iba a tener que perder la vida para que yo no perdiera la mía.