Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 19 #2
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Diane y Rose echaron a correr, cogidas de la mano, y al instante estaban rodeadas de otros niños que se maravillaban de su idéntico parecido.

Siempre sucedía lo mismo. Daba igual que fueran chavales o adultos, todo el mundo se volvía loco con las gemelas.

Ellas aceptaban esa adoración, del mismo modo que aceptaban cuanto se les daba.

James vaciló, examinando el parque mientras hundía el pie en la tierra.

Se me encogió un poco el corazón ante esa carita, que observaba con timidez desde debajo del flequillo.

Pero entonces localizó a otro niño que estaba solo, construyendo una sofisticada montaña con ramitas que representaba que eran árboles y puentes hechos con palos.

Al poco ya jugaban felices, con las cabezas juntas como si hablaran muy serios sobre su proyecto.

Me sentí profundamente aliviada. Jamás le puedes explicar a alguien que no es madre hasta qué punto tu estado de ánimo depende de tu hijo, hasta qué punto las desilusiones del día a día se transforman en tragedias cuando ves que las está experimentando tu hijo.

—Bienvenida a la ciudad. Soy Belinda Vaughn. Ellas son Patsy Beauteen y Carol Davidson —dijo la cabecilla de las arpías, señalando al resto del aquelarre.

Me resultó imposible no fijarme en que el pelo no se le movía ni un ápice, por muy fuerte que soplara el viento. Seguro que se había echado un bote entero de laca. Ni las balas habrían atravesado esa coraza.

—Un placer —dijo Patsy, depositando su refinada mano en mi palma como si fuera un obsequio.

Al instante entendí sus funciones. Belinda era la líder, la jefa que las mantenía a todas a raya.

No era guapa, pero era delgada y sabía maquillarse tan bien que mucha gente confundía eso con la belleza.

Carol sí era atractiva, con una melena rubio dorado y unos ojos azul cielo; sin embargo, cuando la mirabas a los ojos, te dabas cuenta de que no era muy lista.

Me pilló observándola y me sonrió con una expresión boba, como si le acabaran de practicar una lobotomía.

Y Patsy era de aspecto caballuno, la amiga menos agraciada que las otras dos conservaban con la esperanza de que tuviera una vida de mierda, peor que la suya.

Tener un marido borrachín, una suegra malvada y unos jóvenes delincuentes como hijos eran puntos extra.

—Sí, hola. Me llamo Cecilia —dije, asegurándome de clavarle el rubí de la alianza al darle la mano.

—Hemos oído que conociste a David en Nueva York, y que te propuso matrimonio al cabo de una semana, ¿es así? —comentó Belinda. Sonreía, pero sus ojos relucían como los de una paloma de ciudad.

—Al cabo de unas semanas —puntualicé, volviéndome para echar un vistazo a James, que seguía jugando feliz con el otro niño. Me pregunté qué niños eran de cada una de esas mujeres. Teniendo en cuenta mi suerte, todos ellos serían los mejores amigos de mis hijos.

—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Patsy.

Le sonreí y me puse una mano en la cadera.

—Pues es que me moría de ganas de venir y conoceros a todas —respondí con una vez tremendamente dulce.

Fruncieron el ceño, sin saber si era una broma o no.

—Sea como sea, nos alegramos de que esté casado. Todas pensábamos que David se quedaría soltero de por vida. La gente empezaba a inquietarse por él… —dijo Patsy.

Estaba claro lo que había insinuado. En 1968, un hombre que se quedaba soltero de por vida era un eufemismo que los pueblerinos utilizaban para decir que perdía aceite. En la ciudad de Nueva York, era un gay y punto.

—Y estos son tus hijos de un… ¿matrimonio anterior? —preguntó Belinda con delicadeza. Tenía los ojos clavados en mí como un boxeador que busca un hueco.

—Soy viuda —dije en tono categórico.

Las mujeres se relajaron visiblemente.

—Ah, está bien. Bueno, no, bien no… —farfulló Patsy.

Seguí fumando mientras me quedaba mirándola.

—Esto es pequeño, solo estábamos preocupadas por si eras una de esas divorciadas de la gran ciudad.

Van un poco… aceleradas para Leosville —explicó Belinda, como si las divorciadas fueran una especie invasora capaz de arrasar la localidad como una plaga de orugas, seducir a sus habitantes y pervertir a los niños.

Daba la impresión de que, en Leosville, podías hacer cruz y raya a alguien si te servía un postre pasado de moda, mientras que en Nueva York una persona debía condenar a un limpiabotas al infierno antes de que alguien arqueara una ceja.

—No. Cuando yo me caso es hasta que la muerte nos separe —puntualicé con una sonrisa.

Las mujeres me devolvieron el gesto, inseguras.

—Esperamos que te apuntes a la Asociación de Padres y Maestros, a la Liga de Mujeres y a otras asociaciones locales. Somos mujeres como nosotras quienes evitan que esta ciudad se transforme en, oh, por ejemplo… en una ciudad como Nueva York —expuso Belinda con aires de suficiencia.

Sin duda, era la presidenta de todas esas asociaciones. Era muy posible que en Leosville no pudieras abrir un puesto de refrescos sin pedir permiso a Belinda.

—No, gracias —dije, ya cansada de la conversación—. Creo que a esta ciudad no le vendría nada mal ser un poco como Nueva York.

Con el primer cigarrillo encendí el segundo y, luego, tiré la colilla un poco demasiado cerca de sus pies.

Al parecer, se quedaron estupefactas de que no quisiera rendir homenaje a su reina de poca monta.

Pero yo no soy amable con otras mujeres, mucho menos con una cuadrilla de amas de casa que recrean El señor de las moscas .

Y sí, el nuevo amiguito de James resultó ser el hijo de Belinda.

SustoOMuerte:

No es realmente una chica que se lleva con las chicas, ¿verdad?

IncendiariaDeLibros:

No, solo busca atraer a los hombres. Creo que todas las mujeres son competencia. Aunque es interesante que escogiera a una periodista para el pódcast.

SustoOMuerte:

¿Cómo sabes que la eligió ella?

PresaTodoElDía:

Podría haber cogido a cualquiera. ¿Por qué eligió a una escritora cualquiera de quien nadie ha oído hablar?

IncendiariaDeLibros:

Quizá no respeta a los hombres en realidad, no confía en ellos para contarles su historia. O los ve como agresores o como juguetes.

FiestaCapote:

Yo creo que ella no respeta a nadie, eso es.

DAPHNE : Al principio era más bien divertido, como si fingieras ser un ama de casa por televisión.

Iba al supermercado con zapatos de tacón.

Me compré un libro de recetas de cocina.

Lo había pasado muy mal, creí que podía hacer borrón y cuenta nueva en mi vida, llenar mi alma de superficies relucientes y flores recién cortadas.

Incluso intenté disfrutar del aire fresco entre un cigarrillo y otro.

RUTH : Vale, o sea que eras una esposa tradicional de tu época. ¿Qué pensaban tus hijos de Leosville?

DAPHNE : Estaban encantados. Se pasaban todo el tiempo jugando fuera en el huerto con sus amigos.

Incluso les compré un perro al que llamamos Ruffles.

Ver a mi hijo sentado en el porche de atrás, susurrando secretos mientras rodeaba a Ruffles con el brazo, casi compensaba que se te meara en el zapato. Casi.

RUTH : Qué bonito. Me habría gustado crecer en algún lugar así. Una casa grande en una ciudad pequeña. También me habría gustado tener a un montón de amigos que vivieran cerca.

DAPHNE : ¿Cambiaste muchas veces de colegio?

RUTH : Sí. Creo que fui a seis o siete colegios en doce años. Al cabo de un tiempo, dejé de intentar hacer amigos. Me limité a leer muchos libros y pasar desapercibida, mientras esperaba ir a la universidad.

DAPHNE : Me recuerdas a mi nieta. ¡Aunque espero que ella lo haga algo mejor que tú! Y solo un consejo: una vez que eres demasiado mayor para ser scout , ¡también lo eres para llevar mochila!

RUTH : Guau, vale, qué grosería. Pero yo también espero que ella lo haga mejor, aunque tú ahora le has legado una fama un tanto cuestionable.

DAPHNE : Creo que esto solo puede hacerle bien, en realidad. Algún día puede escribir unas memorias sobre mí, cuando yo ya esté criando malvas, unas muy lacrimógenas sobre nuestra relación.

RUTH : Francamente, yo también podría hacer eso.

DAPHNE : Ah, pero necesitas un gancho. Deberías darles algo que el pódcast no tiene.

RUTH : Bueno, tal vez algún día escriba algo realmente explosivo. Podría rebuscar más esqueletos en tu armario o demostrar que me has encasquetado una sarta de mentiras.

[Hay una pausa en la que no habla nadie].

DAPHNE : No eres lo bastante lista para eso.

RUTH : Eso ya lo veremos… Estoy segura de que hay gente que también te ha infravalorado, tal vez incluso algunas de tus víctimas. Pero basta de digresiones. Los oyentes querrán saber cómo era tu vida en Leosville. ¿Hiciste amistades en la ciudad?

DAPHNE : La verdad es que no. Intenté encajar.

Eso es todo lo que, al parecer, hice en Leosville.

Lo intenté. Pero sencillamente no pude. Cada día era igual que el anterior, y eso que no faltaba diversión.

Mis recados eran aburridos, lo que veíamos en televisión era aburrido, y las conversaciones que tenía con David eran aburridas porque, en realidad, ¡de qué íbamos a hablar si deslucía mis mejores zapatos en el puto supermercado!

Eso te resultaría duro, Ruth, en el caso de que tuvieras unos zapatos bonitos.

RUTH : Yo…

DAPHNE : Por favor, no me cortes. En definitiva, en Leosville era como si el tiempo se alargara, se doblara y se enrollara sobre sí mismo.

Ya no me reconocía. En Nueva York había sido una madre, sí, pero eso solo era una parte de mi fabulosa vida.

En Leosville solo podía ser esposa y madre.

Y por las noches me tumbaba en la cama y trataba de convencerme a mí misma de que era feliz.

Cuando era pobre, habría matado por vivir una vida como esta, para tener una casa preciosa y un marido atento con un fajo de billetes en la cartera.

Sin embargo, esa vocecilla interior me susurraba: «No desperdicies tu vida aquí.

Si tuvieras su dinero y fueras libre, podrías hacer lo que te viniera en gana… ».