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RUTH : ¿Conociste a Andy Warhol? Vaya, es muy famoso.
DAPHNE : Si hubieras vivido en Nueva York durante tanto tiempo como yo, y te hubieras gastado el dineral que yo me gasté, los habrías conocido a todos: a Truman Capote, Mia Farrow, Frank Sinatra. La historia de mi vida es la historia del siglo XX .
RUTH : Y de un buen pedacito del siglo XXI también.
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RUTH : Parece caro, pero, especialmente para alguien que ha vivido a costa de una herencia. Me lo puedo imaginar, de todas formas…
DAPHNE : Sí, tú perdiste a tu abuela, ¿verdad? ¿No te dejó nada de dinero?
RUTH : No, no tenía mucho. Casi todo eran periódicos antiguos y cosas de su exmarido. Estaba un poco obsesionada con él porque la dejó.
DAPHNE : Y no estás incluida en el testamento de tu padre. O sea que pinta que jamás recibirás una gran herencia.
RUTH : Está claro que no. Hubo un tiempo en el que pensé que…, pero no.
DAPHNE : Mmm…
[ FIN DE LA PARTE ELIMINADA ]
RUTH : En cualquier caso, por lo que parece, te estabas fundiendo esa herencia. ¿Qué planeabas hacer cuando se terminara?
DAPHNE : Buscar a otro hombre antes de que fuera demasiado tarde. Es un tipo de planificación económica poco habitual, pero funciona.
RUTH : Entonces… ¿David?
DAPHNE : David estaba en Nueva York por trabajo y, desde el primer día, supe que era decente.
Digamos, simplemente, que era el único hombre rico que tendría un lugar en el cielo.
Lo pasamos genial, y alargó su visita porque se había enamorado de mí.
Lo pescaba mirándome como embobado, como si no se acabara de creer la suerte que había tenido.
RUTH : ¿Sabía que tenías tres hijos?
DAPHNE : Sí. A veces venían con nosotros a las citas. Es difícil, ¿eh? Encontrar a un hombre que acepte a una mujer con mochila.
RUTH : Oh… Ya entiendo, ¡te refieres a los niños! Sí, así es. Mi madre no tuvo nada serio hasta que yo crecí.
DAPHNE : ¿Está casada ahora?
RUTH : Está con alguien, desde hace varios años. Le va bien; él la ayuda. Está un poco delicada… de salud, y él conduce y hace muchas cosas en casa.
DAPHNE : Suena más bien como un cuidador.
David era un primor con los niños. Entonces James tenía once años y las gemelas, seis.
Un día David nos llevó a Coney Island, y nos montamos en montañas rusas y nos tomamos un helado en la playa.
Al final de la salida, me lo soltó en la ostrería de la Grand Central Terminal, algo que no se le habría ocurrido a ningún neoyorquino, porque esa estación era un antro en los sesenta.
Me pidió que me fuera a vivir con él, en su casa de Vermont, me dijo que les haría de padre a mis hijos, y que no debía preocuparme por el dinero.
Fue muy convincente, como un comercial de aspiradoras que se te presenta en la puerta de casa.
RUTH (asombrada): ¿Y accediste? ¿A casarte con él, a mudarte? ¿Así, sin más?
DAPHNE : A ver, antes la gente no le daba muchas vueltas a eso de casarse, se ponían el anillo y ya está, seguían con su vida.
Además, seguro que David me pilló en un mal día, porque yo ya empezaba a pensar que tal vez mi problema era el alto nivel de vida.
Claro, odiaba la vida pueblerina que tenía de pequeña, pero era pobre.
Ser rica en otro lado tenía que ser más divertido.
RUTH : Bueno, no tenías nada que perder.
DAPHNE : Cualquier lugar está bien para ser rica. Tú te criaste aquí, ¿verdad?
RUTH : Sí.
DAPHNE : Te lo tengo que decir: deberías irte de Florida. Te está reteniendo. Aquí es donde te jubilas, no donde encuentras el éxito. Deberías estar en una ciudad tan animada como…
RUTH : No digas Nueva York.
DAPHNE : ¡Nueva York!
RUTH : ¡La solución a todo no es Nueva York! No estoy preparada para dejar Florida; hay cosas que aún estoy tratando de resolver. Y mi madre vive aquí. Pero cuéntame sobre tú y David.
DAPHNE : Pues nos casamos en Nueva York y, luego, nos trasladamos al norte de Leosvllle, Vermont.
Me encantaba Nueva York, pero David jamás hubiera vivido allí.
Y yo quería darles a mis hijos la mejor infancia, toda la felicidad que me negaron a mí.
Supongo que me dejé llevar por el cuadro de Norman Rockwell que me pintó, de los niños jugando en el manzanar y yo sentada al sol con un gin-rickey y una revista Vogue .
RUTH : A decir verdad, suena bien. Aunque tendré que buscar qué es eso del gin-rickey . Bueno, ¿y cómo se lo tomaron los niños?
DAPHNE : Bueno, al principio se quedaron perplejos, pero David les prometió a las gemelas que las apuntaría a clases de equitación, y a James, que le compraría un perro, y vinieron con nosotros.
Además, David les caía de maravilla. Las gemelas se habían quedado sin padre cuando eran bebés, y Geoffrey había sido más bien un compañero de piso rastrero para mi hijo.
David también agradecía tener una familia.
Era estéril porque tuvo paperas de adolescente, y siempre había deseado tener hijos.
Había conseguido el triplete: encontré a un hombre soltero con un buen trabajo, una casa grande, y que estaba entusiasmado con ser padrastro.
RUTH : Sí, parece un hallazgo excepcional.
DAPHNE : Y lo único que conseguí fue ponerlos más en peligro.
[ EDICIÓN: NO INCLUIR EN EL PÓDCAST ]
RUTH : ¿Has roto alguna vez un matrimonio?
DAPHNE : ¿Por qué? ¿Esto es cruzar una línea roja para ti? ¿Matar a mis maridos está bien, pero habría sido mejor que hubieran estado solteros cuando los conocí?
RUTH : Solo me preguntaba…
DAPHNE : ¿Solo te preguntabas si soy como tu madre?
RUTH (molesta): Mi madre no rompió ningún matrimonio. Era solo una mujer joven y él era su jefe. Y ella no destrozó ningún hogar; él nunca dejó a su mujer.
DAPHNE : Vale, vale, cálmate. O sea, que tu madre fue una destroza-hogares fracasada, pues vaya. Y contigo no me meto. Y sí, quedé con varios hombres casados, pero prefería a los hombres con compromisos financieros. No quería cogerle cariño a alguien en una batalla legal.
[ FIN DE LA PARTE ELIMINADA ]
—Esto es mi casa —dijo David, abriéndome la puerta del coche.
Salí y levanté la vista. La casa era azul con adornos blancos, tres plantas con un tejado a dos aguas con mucha inclinación.
Estaba recién pintada y brillaba como si alguien le hubiera sacado brillo.
Todo estaba impoluto, desde las cortinas de tartán rojas a juego en todas las ventanas hasta los cuidados jardines de flores que se extendían más allá de la pequeña verja blanca.
—Es la casa perfecta —murmuré.
Sonrió mientras empezaba a sacar las maletas del maletero. Mis hijos se bajaron del coche y se quedaron junto a mí, contemplando la casa impresionados.
—¿Somos los únicos que vivimos aquí? —preguntó James.
Sonreí.
—Sí, cariño, esto no es como Nueva York. Aquí la gente no tiene pisos, aunque, francamente, son muy pocos los que viven en casas como esta —respondí.
—Esta casa ha pertenecido a mi familia desde hace más de un siglo —aclaró David—. O debería decir a nuestra familia —añadió con cautela, apretándole el hombro a James.
Mi hijo le sonrió, y David le devolvió el gesto. Entonces me di cuenta de por qué se alegraba de tener una familia; un hombre soltero no habría podido soportar estar en una casa tan grande, incapaz de generar el suficiente movimiento y ruido para llenarla de vida.
—Bienvenida a casa —me susurró David al oído, mientras me tomaba la mano y me conducía escalera arriba. No pude evitar sonreír. No estaba nada mal para una chica de campo que había nacido en una choza.
Al día siguiente decidí llevar a los niños al parque.
Caminaba de la mano de James. Las gemelas iban detrás, de mala gana, y daban patadas a la acera adrede para estropear los zapatos.
Nos adentramos en las largas sombras de las casas, con la calle silenciosa a nuestro alrededor.
Era inquietante, como si todo el mundo estuviera muerto al otro lado de la puerta, tumbado en unas alfombras recién aspiradas y cubrecamas que olían a fragancia.
Estaba acostumbrada a un guirigay de bocinas de coche, voces enfadadas que escapaban de ventanas agrietadas, el chirrido de una ciudad que continuamente se ponía en pie.
El parque estaba más animado, y James suspiró aliviado al ver a otros niños que correteaban y gritaban.
Un grupo de esposas sumisas y dóciles se había congregado junto a los bancos.
Iban vestidas como unos huevos de Pascua, en tonos pastel y estampados discretos, con unas cinturas de avispa que indicaban que llevaban unas fajas imposibles.
Yo vestía una minifalda negra y una camiseta a rayas, y calzaba unas botas muy caras.
Parecía una Brigitte Bardot morena, todo tetas y piernas, pero más guapa de cara.
Por desgracia, Doris Day aún era la reina aquí.
Encendí un cigarrillo y observé, despreocupada, como tres mujeres se separaban del grupo y venían hacia mí.
Me miraban de arriba abajo y sonreían, pero en sus ojos contrariados advertí que les parecía preciosa y que ellas tan solo estaban emperifolladas.
Nunca he tenido reparos en reconocer que yo era atractiva.
En la vida, debes ser sincero con tus puntos fuertes y débiles, o perderás el tiempo tratando de ser un neurocirujano cuando eres un tonto del bote.
—¡Hola! ¡Te estábamos esperando para conocerte! —exclamó una de las mujeres, como si yo hubiera cometido algún error al no encontrarlas.
—Tú eres la señora Priestly, ¿verdad? —preguntó otra, con la mirada fija en mi alianza.
—¡Sí, lo soy! —confirmé en tono alegre, procurando transmitir ese entusiasmo especial de recién casada al oír cómo sonaba mi nuevo nombre. Ya me había hecho llamar de tantas formas que tuve que contener las ganas de contestarle: «No lo sé. ¿Lo soy?».
Hice un gesto a los niños para que se fueran a jugar.