18 #2
¿Cómo eran los demás, aquellos que querían que se hiciera justicia por los asesinatos no resueltos, pero que no tenían acceso como ella?
¿O que buscaban algo mucho más turbio? Ruth entendía ese impulso.
Era duro, estar sentado un día tras otro escuchando como Daphne fanfarroneaba de los hombres que había matado, sobre todo, cuando los delitos que se castigaban con la pena de muerte se iban volviendo más difíciles de justificar.
A Ruth cada vez le costaba más dormir del tirón y continuamente notaba como una pesadez en el estómago.
Sin embargo, debía contenerse, por mucho que le costara, debía aguantar hasta que llegaran al momento adecuado, al hombre adecuado, al asesinato adecuado.
—Algún investigador privado, o un hombre que se hace pasar por él. No lo sé, creen que puede ser peligroso, y por eso me tienen cerrada bajo llave.
—Es extraño que todo el mundo intente proteger a una asesina en serie del público —dijo Ruth con ironía, tratando de mantener una expresión neutra.
—Sí, la vida es un chiste. Así… ¿te han preguntado alguna vez cómo es entrevistar a una asesina? —preguntó Daphne.
—Todo el tiempo —respondió Ruth apretando los puños, que le dolían por la infinidad de horas que se había pasado en tensión frente a la pantalla del portátil.
—¿Y tú?, ¿qué les dices? —preguntó Daphne, con la mirada clavada en Ruth, como una mariposa en un panel de exposición.
A Ruth no le gustó el brillo depredador de sus ojos, como si Daphne hubiera recordado a los noventa años que aún podía ser muy peligrosa.
—Bueno, digo que es interesante hablar contigo…
, quiero decir, entrevistarte —balbuceó Ruth—.
Pero que es extraño hablar con alguien que ha cometido unos crímenes tan terribles.
Que siempre me preguntaré si me estás contando toda la historia, o si tienes intención de no desvelar algunos secretos —añadió, examinando la reacción de Daphne.
«Dime solo si no me equivoco con él», pensó Ruth.
—Te lo estoy contando todo —dijo Daphne bruscamente—. Yo soy la que confesó, ¿recuerdas?
—Por supuesto, pero ahora el escenario ha cambiado.
Una parte de mí se pregunta: ¿matará a alguien que me importa?
, ¿me matará a mí también? —murmuró Ruth.
Estas preguntas eran el eje alrededor del que giraba esta historia, pero Ruth trató de mostrarse natural, como si fuera simplemente una periodista diligente que hacía unas comprobaciones rápidas.
El silencio se instaló en la sala. Un silencio incómodo, que te removía el estómago, mientras las dos mujeres se miraban.
Ruth sabía que Daphne no soportaba que la pusieran en apuros, no soportaba a los periodistas al estilo «te pillé».
Que quizá, de un modo extraño, veía a Ruth como una amenaza tanto como Ruth lo era para ella.
La asustaba el modo en que Daphne la observaba fijamente, esa rabia contenida a duras penas que había bajo la superficie.
Sin embargo, también la molestaba. ¿Cómo se atrevía esta mujer a decidir quién vivía y quién moría?
Desde que Ruth conocía a Daphne, se había dado cuenta de que era ella, la asesina que había estado esperando, había notado esa ira que crecía en su interior, agitándose en sus tripas, enroscándose alrededor de su corazón, pulmones, cabeza, para desplazar cada vez más a su empatía y tolerancia.
—Yo no me preocuparía —dijo Daphne al final, midiendo las palabras, pero con un punto de advertencia—. Solo mato hombres.
Más silencio. Ruth sintió un extraño impulso de agarrar a Daphne por sus hombros huesudos y zarandearla, de ver como esa permanente teñida de negro y su rostro arrugado se bamboleaban sobre su frágil cuello.
—Sigamos —concluyó Ruth, dejando pasar el momento, y retomó la tónica habitual—. ¿Qué ocurrió después de que Geoffrey muriera?
—Se abrió todo un mundo para mí —respondió Daphne—. Vendí su apartamento y me compré una vivienda espaciosa en el centro de la ciudad. Tenía una empleada interna que me ayudaba con los niños y, cuando se acostaban, la ciudad era toda mía.
—¿Buscabas hombres? —preguntó Ruth.
Daphne negó con la cabeza.
—¡No! En ese momento, no quería saber nada de hombres. ¡Era rica! ¡Era libre! Por supuesto que tenía alguna que otra cita, pero ya está. Entonces creía que esa vida sería para siempre. —Daphne estaba como eufórica.
Ruth se dio cuenta de que esa era una de las pocas veces que parecía contenta al hablar de su pasado, ese breve momento en que creía que finalmente estaba satisfecha.
Ruth suspiró y, de pronto, se sintió exhausta.
Si la historia hubiera terminado allí, si Daphne hubiera ido por el buen camino y hubiera pasado el resto de su vida cuidando de sus tres hijos, utilizando el dinero de Geoffrey para darles las oportunidades que ella jamás había tenido, entonces tal vez se podría haber salvado.
Sí, había matado a cuatro hombres (en principio), pero dos eran unos cabrones violentos y el otro era un enfermo terminal al que le chiflaba follar.
Vale, y estaba Warren, pero era muy mayor.
Cualquier vida humana es preciosa, por supuesto, pero la mayoría de la gente reconocería que algunas eran un poquitín más preciosas que otras.
Si la historia hubiera terminado allí, hay quien aún habría podido perdonar a Daphne.
—Entonces ¿qué cambió? —preguntó Ruth.
Daphne se encogió de hombros, con una expresión ausente y los párpados pesados.
—Me empecé a aburrir.