Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 18
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Ruth paseaba por la playa con un termo de café bien sujeto entre las manos, impregnándose del aire embriagador del océano. El cielo aún estaba teñido de rosa por la salida del sol y una luz suave bañaba la arena.

Se había despertado temprano, con la cabeza llena de listas de cosas por hacer, y otra llamada perdida de su madre.

Ruth había confiado en que dormiría porque se había acostado pasada la una de la madrugada, intentando leerse todos los correos que recibía de lugares como The New Yorker o NPR , que le solicitaban entrevistas o la invitaban a escribir artículos.

Trató de aplazar todo lo que pudo hasta terminar el pódcast, pero aquello le resultaba muy tentador.

Esa noche Ruth también había dedicado muchas horas a editar el último episodio del pódcast, que ahora se titulaba Los tres asesinatos de Daphne St. Clair .

La historia de Geoffrey había sido fascinante y sería una auténtica bomba para sus hijas, Rose y Diane, pero Ruth aún esperaba escuchar un asesinato distinto, y cada vez era más difícil mantener la paciencia.

Ahora ya era por la mañana, y se había despertado con el corazón acelerado y un fuerte dolor de cabeza, y debía hacer algo que no fuera mirar el portátil.

Aunque era temprano, la playa ya estaba llena de gente que hacía ejercicio y paseaba sus perros, y Ruth se maravilló de que se pudiera tener tanta energía a esas horas.

Muchas de las personas que vio llevaban auriculares.

¿Alguien estaría escuchando su pódcast? Ruth solía pensar en sus oyentes.

A menudo se los imaginaba, diseminados por todo el país, incluso por el mundo, paseando sus perros un día nublado, parados en un atasco deprimente cuando iban o volvían del trabajo, caminando tranquilamente por su barrio con unos bebés chillones que llevaban atados al pecho, mientras escuchaban la voz de Ruth. Pensar eso la reconfortaba.

Un conjunto de bloques de pisos de lujo se elevaba como unos centinelas rubios a lo largo de la calle, todos construidos por Sunshine Development.

Ashburton, Blue Diamond y Seacrest eran algunas de las propiedades más caras de la zona.

Ruth siguió poco a poco con la mirada las líneas curvas y las paredes de cristal reluciente del edificio Seacrest, hasta que llegó arriba, a un ático.

Era espléndido, la proa de un suntuoso buque que salía al mar.

Ruth sabía que las vistas desde el interior eran aún más espectaculares. Ojalá las pudiera contemplar de nuevo.

Esa playa significaba mucho para Ruth. La primera vez que quedó con su padre fue en una cafetería que había allí.

Acababa de cumplir veintiséis, y él tenía unos setenta y cinco.

Ni siquiera sabía cómo se llamaba hasta que él le escribió un correo de forma inesperada y se presentó.

Se habían conocido unos días más tarde, y Richard se había disculpado por haber estado ausente; reconoció que había mantenido las distancias para impedir que su mujer descubriera que tenía una aventura.

Sin embargo, después de que ella muriera de cáncer un año antes, ahora trataba de cambiar su vida.

Ya no ejercía de médico ni trabajaba en el negocio familiar (Sunshine Development), había vendido la casa que tenía en las afueras y había empezado a tener citas.

Aun así, su mayor deseo era la oportunidad de conocer a Ruth.

Ese año su relación fue muy buena; parecía tan orgulloso de lo que ella había logrado y de sus ambiciones que había creído que Ruth era capaz de todo, y quería ayudarla.

Al cabo de unos meses, él le había prometido algo en esa playa que cambiaría para siempre la vida de Ruth.

Había estado reflexionando sobre su herencia, un tema urgente para un hombre que pasaba de los setenta con diabetes y otros problemas de salud, un hombre que había visto como su querida esposa se iba apagando por el cáncer.

Le dijo que no había estado con ella cuando era pequeña, pero que, ahora que era adulta, deseaba darle cierta seguridad.

Ruth pensaba a menudo en ese momento, cuando había creído que finalmente tenía un padre que la quería y que todo saldría bien.

Había sido un recuerdo feliz solo por un instante.

Y luego, durante muchos años, fue una fuente de dolor.

Ruth tomó otro sorbo de café y se quedó contemplando el vaivén de las olas.

Sentaba bien dejar el portátil para hacer una pausa, aunque fuera corta.

Pero Ruth sabía que solo podía permitirse un pequeño respiro.

Cualquier día podían mandar a Daphne a la cárcel, y en cuanto eso ocurriera, Ruth perdería la oportunidad de labrarse un nuevo futuro para sí misma, uno que se asemejaba más al que su padre le había prometido, cuando ella todavía creía en los finales felices.

A Ruth se le estaba acabando el tiempo.

—Eh, abuela, sigo escuchando el pódcast.

Harper siempre hablaba bajito cuando la llamaba, probablemente porque se había escabullido en un rincón para esconderse de su madre.

—¿Qué te parece?

—Es interesante, pero me resulta un poco raro. Quiero decir que ese tipo que mataste era, técnicamente, mi abuelo —respondió Harper.

Asentí.

—De todas formas, tampoco lo habrías llegado a conocer; se estaba muriendo, independientemente de lo que yo hiciera. Harper…, no puedo impedir que lo escuches, pero intenta recordar que yo soy más que esos asesinatos.

—¿Estás segura de que puedes confiar en Ruth? —preguntó Harper—. La verdad es que no parece que esté de tu lado. Lo que te pregunta… es casi como si trabajara para la policía.

—No creo que sea poli. De hecho, da la impresión de que odia a la policía local; creo que tuvo algún encontronazo con ellos. Pero entiendo lo que dices. Es astuta.

—¿La has buscado por internet? He estado mirando ese hilo de Reddit sobre el pódcast y contiene todos esos enlaces a los artículos sobre crímenes reales que escribió. Leí uno que escribió sobre la fiesta de fin de año en Miami. Está muy puesta en la investigación de misterios sin resolver.

—Oh… Me viene bien saberlo —dije, lamentando no haberle pedido a Harper que la buscara por internet antes de contratarla.

¿Qué sabía realmente sobre Ruth? Aparte de que se vestía de una forma horrenda y estaba sin blanca.

No quería que alguien investigara sobre mí, solo quería que alguien pulsara el botón y compartir mi historia en internet.

Puede que me hubiera precipitado al contratarla a ella y confesarle mis secretos.

—El caso es que te he visto en varias fotos antiguas de «Diablos sexis» —dijo Harper.

—Por Dios, ¿qué es eso? —exclamé—. Si es alguna peli porno, no quiero saber nada, y tú tampoco.

—Es una página de Instagram que comparte fotos de delincuentes peligrosos, sobre todo asesinos. Es muy popular.

—Qué honor —dije con sarcasmo. Nunca he estado en Instagram, aunque probablemente me habría encantado cuando estaba en mi mejor momento. Podría haberme pasado todo el día haciéndome fotos, cuando era joven y guapa—. Y bueno, ¿quién más logró aparecer en esta página tan ilustre?

—Oh, ya sabes, son básicamente tíos. Richard Ramírez y Ted Bundy, gente así.

—Nunca le he encontrado atractivo a Ted Bundy —comenté—. A todo el mundo se le llena la boca hablando sobre lo guapo que era, pero tenía cara de zumbado, con esos ojos tan saltones.

Harper se rio. Yo puse los ojos en blanco.

—Creo que no deberías entrar en esos sitios. Se te va a pudrir el cerebro.

—Pero ¿y si un día, cuando sea mayor, me convierto en una detective de homicidios y resuelvo un montón de crímenes por todo lo que estoy aprendiendo ahora? —Planteó Harper.

No sabía si mentía o no. A esa niña le gustaba meter cizaña.

—Oh, ¿como todos los detectives tan listos que me han pillado? No pierdas el tiempo. Búscate un trabajo en el que ganes mucho dinero, pero sin trabajar los fines de semana. Es justo lo que necesitas —dije.

—¿Cómo qué?

—Dentista. O, si realmente te interesa trabajar en este tema, monta una empresa de limpieza de escenas del crimen. Salió en un programa de televisión. Se hacen de oro limpiando eso y laboratorios de metadona.

—¿No es como muy asqueroso? —preguntó Harper.

—Pues claro. Igual que lo es alquilar lavabos portátiles para festivales de música, pero apuesto a que los que se dedican a esto también se ganan bien la vida.

Puedes ser rico y poderoso si estás dispuesto a hacer algo que la mayoría de gente no quiere hacer.

Este es el secreto, Harper —dije dándome unos toquecitos en la frente, aunque ella no pudo ver el gesto.

—¿Como asesinar? —preguntó con picardía.

—No te pases de lista —le respondí.

—Bueno, ¿y esas cortinas? —preguntó Ruth a Daphne—. Hace un día precioso, ¿por qué las tienes echadas todo el tiempo?

Solían charlar durante unos minutos antes de ponerse de lleno con la entrevista, como una oportunidad para que una se acostumbrara a la otra antes de iniciar la grabación.

Daphne normalmente aprovechaba ese rato para criticar la ropa que llevaba Ruth.

Hoy se había fijado en su camiseta de manga corta, que se había lavado tantas veces que era casi transparente, y dijo que la ropa de Ruth le recordaba a los vagabundos que viajaban furtivamente en los trenes en la Gran Depresión.

—Siempre brilla el sol en Florida —dijo Daphne con burla—. Pero resulta que… el personal me ha pedido que tenga las cortinas cerradas porque puede que alguien esté intentando localizarme.

—¿Localizarte? ¿A qué te refieres? —preguntó Ruth, y notó como se le encogía el estómago. Observó los bloques de sombra que formaban las cortinas, con el sol cálido, amarillo como una yema de huevo, escapando por los lados.