21
DAPHNE : Cuando David murió, el doctor Penney estaba seguro de que había sido por cáncer.
Supongo que para él era más llevadero que uno de sus primeros pacientes hubiera muerto sin un diagnóstico ni tratamiento.
Así pues, cuando la necrológica salió en el periódico, el «cáncer» se había convertido en una «leucemia en fase terminal».
Tan solo una de las muchas muertes tristes y comunes que ocurrían en una pequeña ciudad.
RUTH : ¿Cuánto tiempo te quedaste en Leosville tras su muerte?
DAPHNE : Dos meses. Odié todos y cada uno de los minutos de ese tiempo, pero debía ser discreta, asegurarme de que nadie cuestionara la muerte.
Luego vendí la casa a unos forasteros y me embolsé la herencia.
David era más rico de lo que imaginaba, el típico individuo que siempre ganaba y nunca gastaba en él.
Lo destinaba todo a mí, conmigo tenía una fuga.
Era un buenazo, sin duda. Después cargué a los niños y al perro en el maletero del coche y me fui de la ciudad.
RUTH : ¿Con el perro también?
DAPHNE : Oh, sí. Ruffles también vino. Ese maldito perro sobrevivió a las dos siguientes relaciones que tuve. Al final murió de viejo, algo insólito en mi casa.
RUTH : ¿Cómo se lo tomaron los niños que os fuerais?
DAPHNE : Oh, lloraban y lloraban, pero sabía que también serían felices en Nueva York.
Y yo estaba muy animada; tenía la impresión de que se me abría un mundo de posibilidades en todas partes.
Leosville era un rincón de mala muerte. Si David hubiera vivido en algún lugar con tiendas decentes y vida nocturna, puede que hubiera durado dos años más conmigo.
RUTH : No… no… ¡Es que no puedo creer que hicieras eso! ¿Mataste a un hombre que adoraba a tus hijos, que te adoraba a ti, solo porque te aburrías? ¿Porque no soportabas vivir en una ciudad pequeña y querías regresar a Nueva York?
DAPHNE : Realmente, fue lo mejor.
RUTH : ¿Para quién? ¡Para David seguro que no! ¡Me habría encantado tenerle como padre! ¿Te da absolutamente igual? ¡Mataste al único padre decente que habían tenido tus hijos! ¿No se te ha ocurrido pensar que los hombres que matabas tenían madres, hermanas, hijos?
DAPHNE : ¿De quién, exactamente, estás hablando? David estaba solo.
RUTH : ¡Solo hablo en general! La gente a la que mataste, afecta a otros.
DAPHNE : Bueno, lo que es seguro es que te ha afectado a ti.
RUTH (turbada): ¿Qué quieres decir con eso? Yo solo estoy aquí para contar tu historia.
DAPHNE : Pero con este pódcast has saltado a la fama. Deberías estar contenta de que hubiera matado David, le da al público lo que desea realmente: una villana, alguien que les haga sentir mejor respecto a todos sus pequeños secretos tan burdos. «¡Oh, al menos no soy tan mala como ella!», piensan.
RUTH : No trato de convertirte en una villana. Ni en un ángel. Solo trato de contar la verdad sobre ti.
DAPHNE : Sí, vale, pues eso es. David era bueno y lo maté. Lo maté y me quedé con su dinero, y luego me fugué a la gran ciudad. Para entonces ya sabía que le había pillado el gusto a eso de matar. Que no lo utilizaba como último recurso, que solo lo hacía para divertirme.
Cuando Daphne terminó de hablar, Ruth permanecía sentada en silencio, con un nudo en la garganta por la emoción.
Por primera vez, realmente se estaba dando cuenta de la realidad de la situación.
«Estoy sentada enfrente de una asesina».
Lo había sabido en un plano intelectual, pero ahora tomaba conciencia de verdad de las repercusiones de lo que había hecho Daphne.
Había arrebatado a la gente el único tiempo que podría pasar en la tierra.
Ruth miró a Daphne a los ojos, que, a pesar de que estaban rodeados de pliegues de piel fláccidos, eran vivos como los de un cuervo.
Antes de David, los tres hombres a quien Daphne había matado eran tan abominables que su asesinato casi se podría justificar.
Sin embargo, la muerte de David marcaba un punto de inflexión en la historia, ya que cortaba el vínculo entre Daphne como víctima y Daphne como depredadora.
Le demostraba que Daphne era la asesina que buscaba, esa pieza del puzle que le faltaba y que había perseguido durante tanto tiempo.
Porque si Daphne había sido capaz de matar a David, era capaz de matar a cualquiera.
Ruth sacó la botella de su bolsa y tomó un sorbo, a pesar de que tenía el estómago revuelto.
Trataba de ganar tiempo para sofocar el pánico y el horror que le nublaban los pensamientos, y que le decían «corre, corre, corre».
Ruth finalmente entendió que, si la situación era propicia, Daphne no dudaría en matarla.
No importaba que fuera una buena persona, o que la madre de Ruth la echara en falta, o que Ruth no hubiese hecho nada para lastimar a Daphne; ella la mataría igualmente.
Porque su vida no le importaba a Daphne. Era espantoso. Exasperante.
—Pues bien, eso es todo lo que ocurrió en Leosville —recapituló Daphne, mientras se reclinaba en la silla y se crujía con ímpetu esas manos huesudas en sus frágiles piernas. A Ruth le dio rabia ver cómo actuaba, pero se mordió los labios al pensar que había matado a una persona inocente.
—¿Qué hiciste luego? —preguntó Ruth, tratando de avanzar en el hilo narrativo hasta que pudiera encontrar una tierra más firme, con la esperanza de que llegaran a un punto donde pudieran detenerse de forma natural, y ella pudiera poner fin a la entrevista e irse.
Así no tendría que seguir mirando a la mujer que le había arruinado la vida.
—Me volví a Nueva York, claro. Me había dado cuenta de que una vida normal, aunque fuera cómoda, no me llenaba del todo.
Yo quería una vida fabulosa, llena de glamour , emociones y lujo, y sabía que en Nueva York la iba a encontrar.
También decidí utilizar el nombre de Daphne.
Mis hijos crecían, y sabía que no podía cambiarme de nombre continuamente, así que escogí uno que me gustaba mucho.
—¿De dónde sacaste el nombre? —preguntó Ruth medio ahogándose, mientras trataba de tragarse otro sorbo de agua.
—De un programa de televisión —respondió Daphne encogiéndose de hombros.
—¿Fue de… Scooby-Doo ? —Quiso saber Ruth.
Daphne soltó una risita. Se reía de un modo raro, casi como si se le resquebrajara la garganta y se le escapara el sonido.
—No, pero no era mucho mejor. Era un culebrón titulado Confessions , al que me enganché en las horas muertas que tenía en Leosville. Daphne era ese putón rico que coleccionaba maridos, o sea que supongo que a veces la vida imita el arte.
—¿Y has sido siempre Daphne desde entonces?
—Hasta el día que me muera —respondió Daphne con voz firme y el rostro impasible.
Era obvio que la muerte había sido una compañera leal para esa mujer durante mucho tiempo, una vieja amiga a quien nunca se cansaba de ver.
«Le voy a enseñar al mundo quién eres», pensó Ruth, mientras daba por terminada la grabación y comenzaba a recoger sus cosas. Sabía que lo primero que haría cuando llegara a casa sería empezar a editar esos archivos, para poder sacar el siguiente episodio.
Pero no sin antes volver a cambiar el título del pódcast.
Los cuatro asesinatos de Daphne St. Clair.
Ruth se encontró con un atasco terrible en el trayecto de vuelta a casa y, cuando entró en el aparcamiento que había junto a su bloque, ya se había puesto el sol, aunque notaba aún el aire cálido y aterciopelado sobre su piel.
El cielo se había teñido de un azul regio, y las escasas farolas del aparcamiento estaban separadas unas de otras, como focos de luz ámbar en un paisaje tenebroso.
La escalera ascendía en espiral por el interior del bloque, y el aire era húmedo y estaba oscuro.
Mientras subía, y la luz que tenía encima parpadeaba frenética, Ruth advirtió una presencia detrás de ella.
Dedujo que era un hombre, corpulento, que había salido del segundo rellano y que ahora estaba inquietantemente cerca.
Notó un cosquilleo en la nuca y se sintió desprotegida, incómoda de tener a un desconocido detrás.
Los pasos de ambos resonaban en el rellano.
Llevaba sandalias, que golpeteaban contra el suelo, pero podía oír el crujido de las deportivas de él, y supo que justo detrás de ella.
«Adelántame, —pensó—. Adelántame de una vez, joder; me estás poniendo de los nervios». Tal vez no hubiera peligro. Los hombres no se daban cuenta de la frecuencia con que creaban inseguridad a las mujeres sin querer. Pero muchos también lo hacían adrede.
Tuvo la impresión de que su cuerpo se aproximaba, que sus pies se apoyaban en el suelo justo en el momento que ella levantaba los suyos.
Pasaron por el rellano del tercer piso, y la escalera siguió serpenteando hacia arriba, en la oscuridad, como las vigas de un antiguo campanario.
¿Debería girarse y enfrentarse a él? Pero ¿y si le detectaba algo peligroso en la cara?
¿Una expresión que le indicaba que él había estado esperando a que ella mirara, que entendiera lo que estaba a punto de ocurrir?
¿Y si echaba a correr, así sin más? Aunque puede que él también estuviera esperando eso, ¿o no?
Además, estaba tan cerca que podía agarrarla con facilidad.
Se preguntó si alguien lo podía haber enviado.
Quizá los Montgomery habían contratado a un matón para que la arrojara escaleras abajo y hacer que pareciera un accidente.
Sin duda, aquello le iría muy bien a Lucy.
A medida que se aproximaban a su rellano, Ruth aceleró el paso al máximo.
Tiró de la puerta del cuarto piso, con el corazón latiéndole con tanta fuerza que tenía la sensación de que se le clavaba en las costillas con cada golpe.
Entró rápidamente y, justo cuando iba a cerrar la puerta, se lo encontró allí mismo, bloqueando la puerta giratoria con su cuerpo robusto.
—¡Oh, Ruth! ¡Menuda sorpresa!