Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 17 #2
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DAPHNE : Mira, Ruth, en la vida debes tener un plan, porque si no estarás a merced de alguien que ya tiene uno.

Mírate a ti, está claro que eres alguien que no tiene plan.

Una lumbrera como tú con un título universitario debería estar forrada a estas alturas.

No deberías recurrir a una vieja para que te echara un cable.

RUTH : Sí tenía un plan. Unos cuantos planes, de hecho. Pero todos se fueron al traste.

DAPHNE : ¡Ajá! ¡No me lo digas! Ahora déjame que te explique cómo perdí peso. Tal vez perderías un par de kilos; una mujer debe estar en su mejor forma cuando está soltera.

RUTH : Voy a ignorar este comentario. (Suspira). ¿En qué consistía tu dieta?

DAPHNE : En zumo de tomate, café solo, pomelo a mitades, cigarrillos, y algún que otro martini para calmar los nervios.

RUTH : Dios, pura acidez para el estómago.

DAPHNE : Mira, antes nadie era sano. Todo el mundo estaba tan contento de haber sobrevivido a la guerra que les importaban un carajo los hidratos de carbono y lo del tabaquismo pasivo.

Y, claro, yo tenía hambre y me sentía como una mierda, pero también estaba como muy receptiva, y eso me divertía, como si después de estar meses encerrada en casa, apagándome poco a poco, me despertara por fin.

Pero en cuanto me desperté, empecé a notar lo vacío que era todo.

RUTH : ¿Vacío?

DAPHNE : Había perdido peso. Me había comprado todo lo que se me podía ocurrir y, luego, lo mismo en otro color. Pero no había nada que me pudiera distraer de mi mayor problema: Geoffrey.

HAUTEHISTOIRE : «¡Ey, hola a todos! ¡Ha llegado el momento para otro vídeo de TikTok inspirado en el viaje por la moda de Daphne!

Pues bien, ¡me alegro muchísimo de que en este episodio del pódcast por fin se interese por la moda!

Me he decantado por un auténtico look de puta rica de los sesenta.

No es un look para hippies adolescentes, ¡sino para una vividora cazafortunas que se lo ha sabido montar y quiere outfits del Upper East Side que estén a su altura!

En realidad, solo hay un diseñador que te podrá dar esa onda a lo Jackie Kennedy con un puntito más, y es Chanel.

He elegido un traje Chanel negro vintage con unos botines de tacón y un collar con incrustaciones para darle un toque moderno.

Cualquier color de traje Chanel queda bien, aunque sugiero evitar los trajes Chanel rosas, ¡porque eran un icono de los sesenta por TODAS las razones equivocadas!

Al fin y al cabo, nadie, ni siquiera la propia Jackie, ha logrado imponer las manchas de sangre como accesorio, ¡aunque me pregunto si Daphne lo ha llegado a probar! ».

Geoffrey se dio cuenta de mi transformación y volvió a mostrar interés por mí.

Ese fue el único inconveniente de todo el viaje, la de veces que me desperté a medianoche con sus zarpas encima, mientras me susurraba cosas cerdas y agrias al oído.

Sin embargo, no impidió que se acostara con otras mujeres.

Cuando un hombre empieza a serte infiel, se convierte en un hábito que es difícil de dejar, como cuando un perro le coge el gusto a mearse en los muebles.

Al principio, Geoffrey estaba encantado con sus «angelitos» y se quedaba embobado contemplando sus minúsculos labios rosas y sus uñas delicadas.

Pero la realidad de la paternidad se impuso enseguida: los pañales sucios, los berreos, las noches que te pasabas andando de un lado a otro del pasillo para tratar de dormir a una para que al instante se despertara la otra.

No es que Geoffrey hiciera nada de eso, claro.

Jamás movió un dedo, me dejaba todo el trabajo a mí y las criadas.

Sin embargo, incluso el hecho de tener que compartir piso con las bebés le sacaba de quicio.

Supongo que lo que había deseado realmente era que diera a luz un niño de diez años, alguien que estuviera preparado para ir a un colegio privado y que solo regresara a casa en ocasiones puntuales para salir a navegar con su padre.

Geoffrey pensaba que tener un hijo sería como comprarse una alfombra, algo bonito para decorar una casa y darles envidia a los demás.

Pero la primera vez que una de sus alfombras le vomitó en su traje hecho a medida, la fantasía se hizo añicos.

Entonces empezó a odiarnos. Venía y se nos quedaba mirando con esos ojos turbios, fruncidos como los de una serpiente, y supe que estaba arrepentido de haberse casado y haber tenido hijos.

No lo habían salvado. Resulta que los bebés no curan el cáncer.

Lo que es asombroso, lo sé, ya que son superfamosos por sus propiedades medicinales.

Para empeorar las cosas, Geoffrey estaba tardando más de la cuenta en morirse. Tenía pesadillas en las que se pasaba años yendo de ligoteo, mientras yo me consumía en el sofá y me convertía en otra antigüedad olvidada de un piso del Upper East Side.

Una noche en que me sentía especialmente sola, estaba sentada en la cama, mirando cómo se preparaba para salir por la ciudad.

Llevaba un vestido nuevo y había ido a la peluquería ese día, pero él estaba demasiado ocupado silbando y arreglándose la corbata para darse cuenta.

No soportaba verlo tan feliz, la idea de que al dejarnos era como si se soltara de una soga y quedara libre.

—Oye, ¿por qué no te quedas esta noche? —le sugerí—. ¿Y si abrimos una botella de champán y nos relajamos?

Me sentí patética diciendo aquello en voz alta. Ni siquiera me gustaba Geoffrey. Solo que me molestaba que él aún siguiera divirtiéndose como lo hacíamos los dos antes.

—¿Mmm? Oh, quizá otra noche —contestó, demasiado atareado con arreglarse como para mirarme siquiera.

—Vamos, dijiste que deseabas esta vida familiar. Me pegaste todo ese rollo. Y no te pienses que he olvidado tu promesa de que adoptarías a James. Menudo cuento. ¿No puedes pasar ni una noche sin follarte con los ojos a las camareras? —le pregunté con amargura.

—Tal vez es que no me gusta tu actitud. ¿Te lo doy todo y te mosqueas conmigo porque quiero ir a tomar algo? —dijo con la voz tirante como la cuerda de una guitarra.

—¡Sales todas las noches! ¡Y tú y yo sabemos que te acuestas con lo que pillas!

Era consciente de que estaba levantando la voz.

No soportaba que me hubiera convertido en esa mujer estereotipada.

¿Dónde estaba la gratitud? Me había suplicado que me casara con él, que le diera un hijo.

Le di dos bebés y enseguida me cuidé para volver a estar guapa, ¿y así me lo agradecía?

¿Una polla de segunda mano que aún olía a la pasta de dientes de otra mujer?

—Tú no sabes una mierda. Eres solo una putita barriobajera que va de diva porque ha trabajado en unos grandes almacenes.

Y yo estoy atado a una mujer desagradecida, a un mocoso que ni siquiera es mío y a un par de bebés que no paran de chillar. ¡O sea que más vale que vea un poco de gratitud cuando vuelva! —Escupió el viejo esnob con total asquerosidad.

—¡Y tú eres un borracho patético que está cagado de miedo de palmarla! —repliqué.

Entonces me dio un fuerte empujón y me caí de espaldas sobre la cama mientras él salía de la habitación hecho una furia.

Me quedé allí tirada, inmóvil, en la misma posición en que me había dejado.

Una mujer normal se habría puesto a sollozar, habría dejado la colcha empapada por las lágrimas, hasta que el sueño la hubiera vencido.

Sin embargo, yo no tenía ganas de llorar.

Sentía un intenso odio que me encendía por dentro.

Es mucho más fácil odiar a tu marido después de tener un bebé.

Es un pequeño secreto vergonzoso que nadie te cuenta.

La misma novia que no puede dejar de hablar del hombre tan especial que ha encontrado se transforma en una persona amargada y resentida que ve que su marido ni se inmuta cuando ella lo pierde todo.

Esas mujeres se pasan los días preguntándose si lloran porque no duermen, por las hormonas o porque sus desgraciados maridos no entienden por qué sus mujeres no quieren seducirlos en los cinco minutos que tienen libres al día.

Y no hay escapatoria. Da igual la ciudad, da igual la clase, es algo que siempre está ahí: mujeres que pierden toda su luz porque no se les permite conservarla.

Por supuesto, la mayoría de las mujeres simplemente se tragan el rencor.

Rezuma por sus poros cuando gritan a sus hijos o lloran por las noches, acechadas por la persona que eran antes.

Pero creo que también hay muchas mujeres que mataron a sus maridos, pobrecitos, y nadie se enteró.

Mujeres que duermen bien sin que les moleste su esposo ni remordimientos de conciencia.

Me apuesto a que hay más mujeres que han fantaseado con eso.

Las mujeres necesitan fantasías, aunque sean feas, para sobrevivir.

Para la mayoría de las mujeres, después de tener hijos, el matrimonio deja de ser una opción.

Sin embargo, yo sabía que me las apañaría sin Geoffrey.

Tener un marido inútil tiene beneficios.

Te envalentona. Cada vez que le veía salir por la puerta principal, decidido a pasar otra noche en la ciudad, con filetes y champán, putas y juegos de azar (¡la cena de Acción de Gracias completa!), sabía que echaba a perder mi futuro.

Cada dólar que se gastaba en un bar de lujo, cada minuto que seguía casada con él, todo ello se restaba a mi felicidad futura.

Necesitaba que muriera lo antes posible. Y entonces fue cuando decidí ayudarle.

[ EDICIÓN: NO INCLUIR EN EL PÓDCAST ]

RUTH : Pero matabas al padre de tus hijas.

DAPHNE : ¿Por qué es tan duro imaginarse que matas a un padre? Fíjate en ti. Me has comentado que tu padre no estaba presente en tu vida, que tuvo una aventura con tu madre y prefería a los hijos que ya tenía a un bebé nacido fuera del matrimonio.

RUTH : A ver, creo que no es preciso tanto detalle. Además, solo estaba yo, una hija.