Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 17
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Me puse de parto una noche sofocante de julio en Nueva York.

Yo había querido alquilar una casa de verano en el campo, un lugar donde James pudiera nadar e ir en piragua, y donde yo pudiera dormir con el fresco de la brisa procedente del lago.

Sin embargo, Geoffrey había insistido en que los mejores doctores estaban en la ciudad y que suponía que no era mi intención dar a luz en la consulta de algún médico pueblerino de los Catskills.

Por supuesto, sabía que la auténtica razón era que Nueva York concentraba el mayor índice de prostitutas por kilómetro cuadrado, y eso no se lo podía perder.

Ese día me encontraba especialmente mal.

Me dolía todo, no había podido probar bocado, y lo único que quería hacer era tumbarme en la cama y ver mis telenovelas.

Pero mi hijo tenía ganas de jugar, y lo saqué; me pasé la última hora tirada boca arriba en el césped, contemplando cielo resplandeciente con la mirada perdida.

Estábamos cruzando una calle bulliciosa cuando me subió la primera oleada de dolor desde los tobillos, que me arrolló como un tsunami, y la calle se desvaneció a mi alrededor.

Mandé a James a casa de un amigo que vivía en el mismo bloque y supliqué para volverlo a ver.

Sentí que la frontera entre la vida y la muerte empezaba a desdibujarse.

No es como ahora; entonces, cuando te ponías de parto, notabas la presencia de la muerte en el umbral de la puerta, esperando para colarse.

Si tiene que ser uno de nosotros, recé, que sea el bebé.

De Geoffrey no te podías fiar. Si yo moría, metería a mi hijo en un orfanato mucho antes de que a él le llegara la hora.

Pero ni siquiera sabía a quién rezaba. No creía en Dios, y aunque existiera, jamás me había ayudado.

Si Geoffrey se hubiera apresurado a ir hacia el hospital en ese momento, cuando estaba tan asustada y sola, se habría ganado mi confianza para siempre.

O por lo menos durante un año o dos, que era lo que iba a tardar en palmarla.

Le había dejado un mensaje al portero, pero dudaba que Geoffrey regresara a casa a tiempo para recogerlo.

Me prometí a mí misma que, si sobrevivía a esa noche, le daría un giro a mi vida.

No quería que las cosas volvieran a ser como antes, cuando trabajaba un sinfín de horas y nunca veía a James.

Quería la vida que Geoffrey me debía; a él no le quería en ella.

Estaba tendida en una cama de hospital, sin saber si habían pasado horas o solo minutos.

A veces había otras personas en la sala, médicos y enfermeras, que se movían como sombras por la pared, pero en mis recuerdos siempre estoy sola.

Apenas era consciente de que veía la llamarada roja de la puesta de sol en el horizonte.

La mente se me iba a esas puestas de sol del tamaño de un estadio que había visto en la pradera de Saskatchewan, cuando me detenía a secarme el sudor de la cara o corría hacia el lavabo de fuera mientras los vientos helados aullaban a través de la nieve, secos como la arena.

Volví a sentir miedo, como un animal acorralado que correteaba con los ojos desencajados, y me trasladé de nuevo a esa granja, donde vivía atemorizada por el tiempo y por mi padre.

Entonces, por suerte, otra contracción me borró los recuerdos, y me encontré mirando fijamente unos bloques de pisos que brillaban como unas tartas de cumpleaños.

—Es el momento de empujar —dijeron.

Pero yo ya lo sabía. Hay cosas que el mundo enseña a una mujer, y hay cosas que ya sabes al nacer.

Algo salía en mi interior, separándose de mí.

El dolor me segaba de cintura para abajo, y con los brazos toqueteaba la cama y me aferraba a ella.

Chillé y empujé y, de pronto, algo cayó de mí, muy arrugado y resbaladizo, como un pollo sin cocinar.

Oí un grito agudo y me dejé caer en la cama, consciente de que el bebé estaba allí.

—Es una niña —anunció el médico.

Sonreí cansada. Adiós a los planes de Geoffrey para Geoffrey júnior.

Una parte de mí se alegraba de que no le pusiera su nombre a mi creación, que no pringara con su identidad a mi bebé, como los besos de borracho que me plantaba en la cara.

En algún lugar de la ciudad, ese cabrón coqueteaba con la hija de alguien, sin siquiera saber que acababa de ser padre.

El dramatismo del momento se estaba consumiendo.

Un parto no se puede describir. Es un momento de peligro, de insensatez, de muchas sensaciones para las que no hay un nombre.

Sentimientos que las mujeres reviven de vez en cuando a lo largo de sus vidas, mientras tratan de usar sus pequeñas palabras inútiles para describir cosas que nunca se pueden asimilar.

En ese momento, me asaltó otra oleada de dolor, y chillé, impactada por la traición de mi propio cuerpo. Ya había expulsado a la bebé. ¿Qué más quería?

El doctor y la enfermera me palparon la barriga con cuidado, murmurando términos médicos entre ellos. Yo estaba tumbada allí, apenas consciente de la niña que una enfermera se había llevado para lavarla.

—Son gemelas. Debemos sacar a este segundo bebé.

Me recosté de espaldas, retorciéndome de dolor y agarrándome la barriga.

Ese fue el momento en que supe que me moría.

Estaba ya tan agotada que empecé a oír voces.

Yo lo había dado todo en el primer parto, me había desgarrado por todas partes, y ahora estaba derrotada y desamparada en la cama.

Sentía que mi vida patética, la inmundicia, la desesperación, todo lo que me habían hecho los hombres, se empezaba a difuminar.

Mi visión se oscurecía y se volvía borrosa, y vi una figura que asomaba en la esquina.

¿Era Ted? ¿Esperándome para arrastrarme finalmente al infierno?

¿Era mi padre? ¿Qué había venido a llevarme de nuevo a casa? En ese caso, me quedaría con Ted.

Cerré los ojos, preparada para que todo terminara.

Había luchado durante mucho tiempo. Pero de pronto se me ocurrió algo.

Sí, había sido muy duro. Durante años y años.

A pesar de todo, había salido adelante. Habría podido morir de muchas formas distintas si no me hubiera andado con ojo.

Me podría haber quedado en Lucan y acabar preñada a los dieciséis, morir desangrada en mi cuchitril mientras intentaba dar a luz un hijo fruto del incesto.

Me habría podido ahorcar en el establo para evitar que el cura me volviera a violar, porque sabía que nadie me creería.

Podría haber sido yo la que hubiera acabado al pie de la escalera de Ted, un amasijo de huesos rotos y pequeños sueños lastimosos.

Ya había sobrevivido a Ted. Iba a sobrevivir a mi padre, al cura, a Geoffrey, a todo el puto mundo.

E iba a hacer cosas que ellos jamás habían soñado. Solo tenía que salvarme.

Así que empujé con todas mis fuerzas, y el dolor lo borró todo, llenando mi mundo de blanco. Empujé y empujé, sola en el ruido.

—¡Gemelas, y qué preciosidad! —exclamó la enfermera con una sonrisa, depositándome los dos fardos en los brazos, como unas barras de pan.

No me inspiraron el mismo torrente de amor que sentí por James.

Tal vez fuera porque me recordaban a Geoffrey, o quizá no podía perdonarles del todo que fueran gemelas.

No obstante, mientras me tumbaba en esa cama de hospital, agotada y resentida, no olvidé la promesa que me había hecho. Las cosas iban a cambiar.

DAPHNE : Desde el día uno me vi cuidando a marchas forzadas de dos bebés, además de un niño pequeño.

En un mal día me sentía atrapada bajo sus cuerpos dormidos, como si me hubieran enterrado viva.

Y sabía que con tanto niño era menos atractiva para los hombres.

¡Debían pensar que era la típica chica que se quedaba preñada cada vez que se me ponía un tío delante!

Eran los sesenta; todo el mundo quería ser Jackie Kennedy, no Ethel.

RUTH : ¿Querías a tus hijas cuando eran bebés?

DAPHNE : Bueno, es complicado de responder. Fue fácil querer a James; el simple hecho de observarlo ya era un placer. Él era la prueba de que yo no era una mala persona. Querer a Diane y Rose resultaba más difícil. Eran adorables, claro, pero estaban hechas la una para la otra, no para mí.

RUTH : Debe de costar admitirlo, sobre todo, teniendo en cuenta que lo pueden oír, ¿verdad?

DAPHNE : A ver, ya he confesado los asesinatos, o sea que ya me puedo quitar la careta del todo.

Pero las madres no hablan de ese tipo de cosas, y menos en esos años.

Es de locos. Te ocurre algo que te destroza el cuerpo, pone en peligro tu vida y, luego, aniquila tu libertad, y ni siquiera puedes decir que no es como pasear cada maldito día por un bosque de bastones de caramelo.

Aun así, hice lo mejor para mis hijas porque sabía lo que era crecer sin amor.

RUTH : ¿Y las llegaste a querer?

DAPHNE : Sí. Y era divertido comprar para las niñas.

Me encantaba ir a Bergdorf Goodman a comprar juguetes y conjuntos caros a mis antiguas compañeras de trabajo, me encantaba ver cómo se morían de envidia.

Si te soy sincera, quizá gasté un poco demasiado en esa época.

E igual que con los hombres, siempre me desencantaba con mis compras una vez que me las llevaba a casa.

Pero cuando nacieron las gemelas, las compras fueron mi única vía de escape, bueno, comprar y hacer dieta.

RUTH : ¿Hacer dieta?

DAPHNE : Decidí perder peso poco después de tenerlas. Quería estar lo más guapa posible cuando me quedara viuda, sobre todo porque debería hacerme cargo de tres niños. Ya me entiendes, solo para tener abiertas las puertas.

RUTH : ¿Geoffrey ni siquiera estaba muerto y ya pensabas en quién sería tu siguiente marido?