Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 16
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A mis veintiocho años, era una madre soltera sin dinero que aún trataba de dejar atrás un pasado muy traumático.

Pero era joven y guapa, y vivía en la ciudad de Nueva York.

En esas circunstancias, puedes lograr que ocurran milagros, sobre todo, si no permites que la moral se interponga en tu camino.

Después de varios trabajos frustrantes, tuve suerte y conseguí un empleo en Bergdorf Goodman, unos grandes almacenes exclusivos en la Quinta Avenida.

Lucía una nueva imagen glamurosa, y me hacía llamar Jacqueline Dubois, un nombre que le venía que ni pintado a una mujer que trabajaba en Manhattan.

Por las mañanas me vestía, me maquillaba con esmero y dejaba a James con mis vecinos antes de tomar el metro hacia la zona adinerada de la ciudad.

En los años sesenta, algunas mujeres tenían miedo de ir en metro solas, pero yo sabía que en cada convoy que cogía ya había una asesina.

Y si alguien me amenazaba, era muy consciente de lo eficaz que podía ser un metro como arma asesina.

Lo mejor de trabajar en Bergdorf fue todos los hombres ricos que conocí.

Estaba detrás de los mostradores de cristal con todas las demás dependientas y solo debía esperar a que se me acercaran.

Tuve un montón de citas en esa época. Tal vez eso me convierta en una zorra, pero es más fácil actuar conforme a unos principios morales cuando tienes las facturas pagadas y te puedes permitir ciertos lujos.

Mis pretendientes no siempre eran guapos ni especialmente jóvenes.

Y es que ya había probado con guapos. Esos me habían dejado preñada y en la estacada.

Además, Nueva York es una ciudad distinta si tienes dinero.

Nueva York está en lo mejor cuando te hace efecto el champán, y toda la ciudad se transforma en una mancha borrosa de destellos y luces al otro lado de la ventanilla del taxi.

Las citas pasaron a ser mi segundo trabajo, y me convertí en una experta en saber qué tipo de mujer deseaba el hombre con quien quedaba, dentro y fuera de la cama.

El sexo no me preocupaba, aunque en realidad no lo disfrutaba.

Supongo que siempre he visto el sexo como una transacción, pero estaba mucho más contenta cuando los hombres lo compraban en vez de robarlo.

Y yo siempre andaba en busca de billetes, ya fuera en forma de regalos o comidas, o incluso aceptaba dinero si un hombre realmente deseaba echar un cable a una damisela en apuros.

Aun así, jamás olvidé que eso lo hacía por James, para que no creciera en la miseria como yo.

Después de cada cita, lo recogía en casa de los vecinos y, luego, nos íbamos los dos a la cama.

Me encantaba acurrucarme junto a mi hijo, mientras el aire fresco me acariciaba la piel sudada.

Entonces era cuando me podía relajar de verdad, cuando podía estar callada y quieta con mi hijo dormido.

En esos momentos, sabía que el mundo estaba en nuestra contra, pero nosotros también estábamos contra el mundo.

Y, de pronto, ocurrió. Un día, en los almacenes, conocí a la especie inusual de Nueva York: un hombre rico sin esposa.

Geoffrey van Rensselaer tenía la tez pálida y suave de un alcohólico rico, como si estuviera conservado en líquido.

Era la clase de persona que jamás había tocado fondo porque cada vez que rompía una red de seguridad, aparecía otra, que normalmente le tendía un viejo amigo de su padre.

Era de estatura mediana y de complexión delgada, pero le colgaba la barbilla; la piel se le hinchaba bajo la mandíbula y le bajaba hacia el cuello.

Aun así, era atractivo. Tenía las facciones finas y la firme altanería de un neoyorquino que ha heredado una fortuna.

Cuando lo conocí, supe que su vida era bastante trágica, al menos tan trágica como podía ser para un propietario de un fondo fiduciario y un apartamento en el Upper East Side.

Geoffrey era hijo único de una familia acomodada.

Su padre había muerto y su madre estaba encerrada en el manicomio después de que hubiera salido a comprar en reiteradas ocasiones en sujetador y calzada con unas botas de lluvia.

No obstante, estas desdichas habían ocurrido cuando tenía veintipocos años, y había crecido entre algodones en escuelas privadas de élite e instituciones de la Ivy League.

Geoffrey irradiaba el peligro sin consecuencias, como si estuviera protegido por los ángeles invisibles del privilegio.

Debía ser prudente con Geoffrey. Era rico y estaba soltero; era justo el tipo de hombre que podría cambiar mi vida y la de mi hijo.

Sin embargo, sabía que había competencia.

Sentía que esas otras mujeres, chicas como yo, dependientas, camareras, aspirantes, lo acechaban como tiburones, haciéndome sombra.

Dejé que me viera con otros hombres hasta que un día me lo encontré indeciso delante del trabajo, retorciendo un periódico.

Le vi manchas de tinta en la frente donde se había secado el sudor.

—Jacqueline, cariño, no puedo soportar que estés con otros hombres. Cuando anoche te encontré casualmente con Terrence Havemeyer…, casi me muero. Estoy preparado para comprometerme; vayamos en serio —suplicó.

Me indignó su autocompasión. Durante toda su vida, Geoffrey había sido mimado y no tenía duda de que le dolía de verdad el hecho de que no me pudiera tener.

Ahora bien, no era porque me quisiera, eso no importaba realmente, era porque esperaba que la vida le diera todo lo que deseaba. Pero daba igual. Yo había ganado.

Los dos meses siguientes fueron los más maravillosos de mi vida.

Geoffrey me llevó por toda Nueva York y toda la ciudad desplegó la alfombra roja para mí.

No hubo ni un músico ni un cómico al que no viera actuar en directo, y era raro que no terminara bebiendo martinis o consumiendo speed con ellos.

Él me dio una paga desorbitante, que me permitió dejar los almacenes y pasar todo el tiempo con James, salvo que Geoffrey quisiera una cita.

Y los hoteles… Durante esos meses, follamos en todos los establecimientos de cinco estrellas que había en Nueva York e incluso un par del área triestatal.

Y entonces, fue cuando tuve mi segundo golpe de suerte.

En mi vida había sido muy desdichada, pero de vez en cuando la fortuna te echa una mano.

Un día, Geoffrey se presentó a una cita muy abatido e insistí en que habláramos.

Nos encontramos en un bar mugriento, con luces titilantes y un suelo pegajoso.

A Geoffrey le habría gustado ir a un sitio más agradable, pero yo quería terminar rápido con «eso», fuera lo que fuese: una mujer y una familia secretas, una adicción al juego que lo había llevado a la miseria, el deseo de hacerse cura católico y dejar de tener sexo.

La gente nunca quería confesarte algo agradable.

—Tengo que decirte algo, mi niña —dijo Geoffrey.

Esperé, sujetando el monedero, preparada para huir en cuanto me diera un motivo.

—He ido al médico y… me ha dado una mala noticia. Dicen que tengo cáncer —reveló con vacilación. Jamás había visto a Geoffrey de ese modo, tan tembloroso y sudado, y asustado.

—¿Te pueden curar? —le pregunté.

—Bueno, pueden probar con algunos tratamientos, pero probablemente me queda un año o dos —respondió con la voz ahogada y los ojos llenos de lágrimas.

Tenía treinta y siete años; supongo que creía que le quedaban otros cuarenta años de vida. Por cómo bebía, yo habría dicho veinte, pero que le quitaran el cero seguro que le había dolido.

—Lo siento mucho —le dije de corazón.

Geoffrey era un borrachín y todo ternura, pero esa especie de pacto de «Geoffrey sigue vivo y me da dinero» había sido en beneficio mutuo.

—Jacqueline, no quiero estar solo. No me queda familia, aparte de mi madre, que no me reconoce. Voy a luchar con todas mis fuerzas para curarme, pero aun así quiero tener una mujer e hijos, una familia.

En ese momento, me cogió la mano. Me quedé helada, tratando de imaginarme de lo que hablaba. ¿Acaso se me estaba declarando?

—¿Me estás diciendo que te quieres casar conmigo? —le pregunté.

Él asintió.

—Y creo que deberíamos tener un bebé. Quiero ser padre, perpetuar mi apellido, y saber que no he desperdiciado mi vida en fiestas y alcohol.

«Sin embargo, lo has hecho», pensé. Y ha sido divertido.

—Pero ¿qué haría yo con un bebé, si ya sabes… ocurriera lo peor? —pregunté.

Geoffrey no pretendía ser un hombre mejor; solo estaba asustado y era egoísta. No importaba lo que estaba bien para mí ni para su hijo; Geoffrey quería saber que no se quedaría al margen, que aún podía tener una familia y un legado, que aún había tiempo para poseerlo todo.

—Yo me ocuparé de que a ti y a nuestros hijos no les falte nada, aunque… yo no esté —afirmó.

¿Hijos? ¿O sea, que quería más de uno? ¿Durante cuánto tiempo pensaba ese imbécil ser un enfermo terminal?

—Eso es pedirle mucho a alguien —dije, aún desconcertada.

—Lo sé —admitió con ojos suplicantes—. Y sé que la mayoría de las mujeres jamás se casarían con un hombre y tendrían hijos con él sabiendo que al poco probablemente se quedarían viudas. Pero, Jacqueline, por favor, dame algo por lo que vivir —imploró.

Llevaba razón. Casi todas las mujeres pasarían de él. Eso me dio fuerzas. Paladeé el delicioso sabor de la ventaja.

—Quiero… quiero… ser tu esposa y la madre de tus hijos —empecé a decir con delicadeza, y me dolieron las muelas por lo almibarado que sonó—.

Pero debo decirte algo. Mi hermana murió en el parto de su hijo.

Y su marido, destrozado, se echó a la bebida.

Así que adopté a su crío. Tiene casi cuatro años.