Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 15
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PresaTodoElDía:

¿O sea que no hay asesinato esta semana? ¡Quiero un crimen real truculento! Ruth, más vale que des el número de cadáveres o vuelvo a Graphic Detail y Last Podcast on the Left!

IncendiariaDeLibros:

¿Te cabreas porque nadie ha sido asesinado? Qué retorcido.

PresaTodoElDía:

Anda la hostia, que todos estamos aquí por lo mismo.

SustoOMuerte:

No sé, a mí me gusta que los crímenes reales sean divertidos.

AlSueloYTrolea:

OK , te buscaremos asesinatos más divertidos. Es más jodido esto que el hecho de que te guste la parte más heavy, qué quieres que te diga.

SustoOMuerte:

Bueno y ¿dónde está este hijo de Daphne? Ya sabemos quiénes son las hijas, ¿pero y el hijo? No sabemos su apellido, o sea que no lo podemos buscar.

IncendiariaDeLibros:

Es raro que los medios hayan hablado de las gemelas, pero no de él.

FiestaCapote:

Pues entonces debe de estar fiambre.

SustoOMuerte:

Pero da la impresión de que ella quiere a su hijo de verdad. ¿Es de… locos? ¿Puedes ser una buena madre y una asesina en serie a la vez?

PresaTodoElDía:

La hija de BTK dijo que era un buen padre.

AlSueloYTrolea:

Qué va, seguro que miente.

IncendiariaDeLibros:

¿Acaso piensas que todas las mujeres mienten? ¿¡¿Qué coño pasa contigo?!?

AlSueloYTrolea:

De momento, nada, que yo sepa.

Harper me llamó por teléfono. Eran las tres y media de la tarde, por lo que ya debía haber llegado del colegio. Por su voz baja, entrecortada, deduje que me llamaba a escondidas, probablemente desde el armario de su habitación.

—Hola, abuela —dijo.

Había tratado por todos los medios que mis nietos se dirigieran a mí con un apelativo más cariñoso, como «abu» o «nana», pero Diane y Rose habían insistido en que me llamaran «abuela» a secas.

Intuía que querían dejar claro que ahora era vieja y ya no estaba de buen ver, y que mi lugar era la cocina, junto con una bandeja de galletas recién horneadas.

Siempre estuvieron celosas de la atención que recibía, especialmente por parte de los hombres.

—Cuánto me alegro de que me hayas llamado —dije—. ¿Qué me cuentas?

No solíamos hablar por teléfono. De hecho, se nos daba mejor el trato en persona; hablábamos durante unos minutos y, después, cogíamos libros sobre crímenes reales y empezábamos a leerlos juntas.

Al parecer, apreciaba el silencio, después de que durante toda su vida su madre la hubiera obligado a ir a clases de equitación y a quedar para jugar con niños que la odiaban.

—Quería decirte que en las redes todo el mundo está hablando de tu pódcast y, bueno, ¡de ti!

—Qué bien, cariño —dije—. ¿Y qué dicen?

—Ah, sí, que eres un monstruo.

—Y con razón —dije.

—Te han puesto el mote de Viuda Gris —reveló Harper—. Ya sabes, como una viuda negra, pero vieja y con canas.

—¿En serio? —dije—. ¡Pero qué aburrido! Es casi peor que La Abuela Risueña.

—¿Quién es esa?

—Oh, era esa asesina que se reía cada vez que hablaba de cómo había matado a sus maridos.

También la llamaban Asesina de los Corazones Solitarios, que es más elegante, pero Abuela Risueña fue el que caló.

Tal vez debería sugerir yo un apodo para mí y decirle a Ruth que lo emplee en el pódcast. Algo como «Seductora Tóxica» o la «Borgia de Florida».

—Es una buena idea, aunque creo que «Borgia de Florida» no suena bien; cuesta un poco de decir. Bueno, ¿cómo te va con el pódcast? ¡Por el momento, me encanta!

—¿Deberías escuchar eso? Bueno, no soy tu madre.

En cualquier caso, Ruth no acaba de ser lo que esperaba.

Es entrometida y a veces habla con aires de superioridad moral; otras la pillo mirándome como si me hubiera meado en sus cereales o algo así.

Y es también un poco astuta. Pero esto es interesante, de todos modos —dije, reclinándome en la butaca.

Este era el sueño de cualquier anciano de Coconut Grove: que sus nietos los llamaran de improviso, deseosos de saber de sus vidas.

Y lo único que debía hacer era confesar varios asesinatos.

Supongo que «cómo conocí al abuelito en el baile de la parroquia» y «los juegos malabares para poder comprar un abrigo de invierno» no eran las historias demoledoras que creía la gente mayor.

—Ya tengo ganas de escuchar el próximo episodio.

Ahora todo el colegio quiere hablar conmigo.

Ayer, Buckley trajo su loro de apoyo emocional a clase, pero nadie le hizo caso; estaban demasiado ocupados haciéndome preguntas sobre ti.

Ya sabes, cuánta gente has matado, por qué has confesado, si has descuartizado a alguien, ese tipo de cosas.

—Qué bien —dije, sin tener la menor idea de lo que era un loro de apoyo emocional.

Harper iba a una escuela privada muy cara donde los alumnos tomaban pudines de tofu y hacían yoga en vez de jugar al juego del balón prisionero en educación física.

Aun así, no se había librado de sufrir acoso, y me alegré de que finalmente se hubiera hecho tan popular.

Perdona, Buckley, la Viuda Gris tiene más tirón que los loros.

Todavía estábamos hablando cuando mi móvil empezó a sonar; me volvían a llamar. ¡Dos llamadas, todo un éxito para mi teléfono fijo!

—Harper, debo colgar. Puede que sea mi abogado —dije. Él me había ayudado a cambiar el número de teléfono y solo unas pocas personas sabían el nuevo: mis hijas, mi abogado y Ruth.

Nos despedimos y luego cambié a la otra llamada.

—La llamo de recepción —anunció una voz fría al otro lado.

Ah, otro empleado de Coconut Grove que no me podía ver ni en pintura.

—¿Y? —pregunté.

—Acabamos de recibir una llamada de un investigador privado.

No nos ha dicho quién es su cliente, pero está llamando a las residencias para la tercera edad de la zona, tratando de encontrarla.

Nos hemos negado a hablar con él o a confirmarle si se aloja aquí, pero debo pedirle que se mantenga apartada de las ventanas y que tenga las cortinas cerradas.

No sabemos para quién trabaja este hombre, o ni siquiera es un investigador, por lo que lo consideramos una posible amenaza.

—A ver si lo he entendido, ¿se supone que debo quedarme sentada aquí dentro con las cortinas cerradas como un preso solo porque alguien me está buscando? ¿No es excesivo? —pregunté.

Una pausa y, a continuación, una voz prosiguió, más baja y áspera, como si estuviera furiosa pero no quisiera que nadie más la oyera:

—En realidad, no me importa lo que haga.

Que sepa que, al estar aquí, está poniendo a otras personas en peligro, ¡pero a usted qué más le da!

¡Y estaremos encerrados aquí con usted hasta que la policía se la lleve!

O sea que sí, alguien por ahí fuera la está buscando, alguien que podría querer hacerle daño.

No es mi problema lo que usted haga con esta información.

Y acto seguido colgó. Bueno, no era exactamente la misma atención al cliente a la que estaba acostumbrada, cuando yo era solo la novia de Warren y le caía bien a todo el mundo.

Sin embargo, estaba claro que la gente aún estaba dolida por el asunto del asesinato de Warren. ¡Caray, perdón y olvido, dicen!

A pesar de todo, me levanté, crucé la habitación con la ayuda del andador y alcé mis brazos artríticos despacio para correr la cortina.

Al otro lado del césped, había un denso bosquecillo cubierto de musgo español y neblina en el crepúsculo azul.

Me quedé allí un segundo, fijándome en esos árboles por primera vez desde que había llegado a Grove.

Cualquiera podía estar ahí fuera, observando, esperando.

¿Qué debían de ver en este momento? ¿Un rostro arrugado y blanco que los miraba a ellos? ¿Ese rostro de la tele?

Me pregunté si una noche me despertaría y me encontraría una figura sombría al pie de la cama, con las manos extendiéndose hacia mi cuello, dispuestas a hacer realidad alguna obsesión retorcida o quizá vengar un agravio del pasado.

Con un bufido, cerré la cortina de un tirón y comprobé que la puerta estuviera cerrada con llave.

Que vinieran. Pero… todavía no.