Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 14
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No me había sentido tan sola en toda mi vida como cuando Carl se fue.

Era como si la ciudad entera se hubiera enfurecido y me enseñara los dientes, y todo parecía mucho más duro que un par de meses antes, cuando estaba enamorada y las calles estaban iluminadas con la luz de las estrellas.

Sin embargo, lo único que sabía con certeza era que deseaba ese bebé.

Sería mi familia y mi oportunidad para empezar de nuevo.

Por la noche, cuando llegaba a casa, me tumbaba en la cama y me ponía las manos alrededor de la barriga, mientras fantaseaba con deseos que no sabía expresar.

Hice todo lo que pude para cuidar de mí misma y de mi futuro bebé.

Comía tanta carne roja como me podía permitir y fumaba solo unos pocos cigarrillos al día.

Ahora bien, no podía hacer nada con el aire de la ciudad, tan contaminado que parecía brillar al otro lado de las ventanas.

Y, de todos modos, debía trabajar, pasarme un montón de horas de pie en lavanderías y fábricas textiles, porque solo en los trabajos más deplorables aceptarían a una mujer embarazada sin estudios.

Di a luz en un hospital lúgubre de la ciudad, sola, excepto por la compañía de una enfermera con cara de pocos amigos que no dejaba de mirarme las manos, como si esperara a que apareciera una alianza por arte de magia.

El parto duró horas, y el dolor fue insufrible.

Todo mi ser abandonaba mi cuerpo con cada contracción y, después, se desintegraba a medida que el bebé descendía poco a poco, dolorosamente, a través de mi torso.

Mi cuerpo se sacudía con cada ola y era como si me desgarraran por dentro.

Al final me quedé tan quieta que la enfermera empezó a buscarme el pulso, convencida de que me moría.

Sin embargo, pude apoyar la barbilla en el pecho y empujar con todas mis fuerzas, sintiendo que una estructura ósea salía penosamente de mi cuerpo en un martilleo de ángulos y pliegues.

—Es un niño —dijo la enfermera mientras me lo daba. Un niño. Chillaba histérico, y ese pito de voz me llenó los ojos de lágrimas. Cogí al pequeñín, envuelto en paños, y sollocé aliviada.

Esa noche, cuando se durmió, observé como se movían sus pestañas y oí el sonido cálido y acompasado de su respiración.

Deslicé la mano por sus dedos diminutos y pensé lo mucho que deseaba dárselo todo.

No quería que creciera en un piso que era una caja de cerillas, ni que tuviera que quitar cucarachas de la cama o que se viera privado de unos zapatos nuevos.

Contemplé a mi precioso niño, y supe que haría todo lo posible para que tuviera la vida que merecía.

Supongo que a una parte de mí le preocupaba que estuviera demasiado estropeada para hacer frente con normalidad a la maternidad, porque un árbol envenenado no da frutos.

Aun así, en cuanto nació mi hijo, lo quise como jamás he querido a nadie.

Apuesto a que esto te sorprende. Es probable que pienses que una persona como yo solo se ha querido a sí misma.

Sin embargo, ese amor también iba asociado a un fuerte sentimiento de odio.

Es como si la gente pensara que, cuando una mujer es madre, ya lo es del mundo entero.

Que al tener un hijo abre tanto su corazón y sus brazos que es capaz de abrazarnos a todos.

Pero se equivocan. Una madre es una criatura peligrosa.

Sería capaz de prender fuego al planeta solo para que su hijo sonriera.

DAPHNE : ¿Tienes hijos?

[Ruth tose y escupe, sorprendida].

RUTH : ¿Hijos? Ni siquiera tengo un perro. ¡O una planta!

DAPHNE : Esto no es un plan de financiación; no empiezas con una planta y vas ascendiendo.

RUTH : ¡Yo no sé nada sobre niños!

DAPHNE : Dios, eres como una niña atrapada en el cuerpo de una mujer. No hace falta ser una lumbrera para ocuparse de un bebé. ¡Antes los niños lo hacían! Tu generación se escaquea de todo. Si no tienes un máster en cambio de pañales, no te sientes cualificado para ello.

RUTH (seca): Supongo que ahora mismo me quiero centrar solo en mi profesión. ¿Tú no tienes una profesión, supongo?

DAPHNE : No, no tengo. Ahora el mundo es distinto para las chicas, incluso para las pobres como tú y yo.

Antes no había palabras para designar de forma específica la brecha salarial de género, ni la violencia doméstica, ni el acoso sexual, porque todo eso no era malo, sencillamente era…

la vida. Así que, no recibí ni educación ni formación, pero con el tiempo aprendí sobre los hombres.

¡Podría tener un máster en hombres! Aprendí a cómo aprovecharme de ellos, para mí y para mi hijo.

RUTH : ¿Y eso… está bien?

DAPHNE : Bueno, era mejor que nada. Y, ya sabes, Ruth, si quieres niños, tienes un montón de tiempo para organizar tu vida. ¿Cuántos tienes? ¿Veinticuatro?

RUTH : Tengo treinta y dos.

DAPHNE : Oh, por Dios.

Ruth estaba sentada ante su penoso escritorio, leyendo las últimas noticias sobre el caso de Daphne en el portátil.

Vio que un coche de policía giraba hacia su aparcamiento y se dejó caer en la silla, mirando por detrás de su ordenador.

La luz enfocaba el rostro del conductor de perfil.

¿Era el agente Rankin? No podía estar segura, pero sintió un punto de inquietud. Sin duda, se le parecía.

Las noticias locales informaron de que, ese mismo día en el centro de la ciudad, había habido una manifestación de protesta en contra de Daphne, organizada por el tiktoker y activista a favor de los derechos de los hombres Tucker Winn.

A juzgar por las imágenes, no había sido una manifestación multitudinaria.

De la treintena de asistentes, solo tres eran mujeres.

La gente ondeaba pancartas donde se leían frases como «Tolerancia 0 con las zorras» y «Fin al genocidio de hombres».

Tucker, de pie en lo alto de las escaleras del juzgado, empezó a hablar.

Llevaba un lazo a modo de broche y una camiseta de manga corta que rezaba: «La vida de los hombres importa».

«Daphne St. Clair es un depredadora que caza hombres.

Esta es la clase de mujer que se ensalza en nuestra sociedad moderna: una mujer que va en busca de lo que quiere, una mujer que no ve a los hombres como figuras de autoridad amorosas, ¡sino como obstáculos que deben ser eliminados!

Ahora bien, no digo que las mujeres no deban tener derechos.

¡Esto es América! ¡Pero las mujeres eran más felices cuando no trataban de ser hombres! ».

Ruth se preguntó cuándo fue exactamente esa supuesta época en la que las mujeres eran más felices.

Sabía que el mundo, e internet especialmente, aún estaba lleno de gente para quien todas las mujeres, no solo Daphne St. Clair, eran una amenaza.

Recordó algo que Daphne le había dicho en una ocasión: «Todos los hombres están a favor de la liberación de la mujer hasta que les cuesta algo.

Un canguro. Una comida casera. Tener que aprender a planchar. Y el problema es que todo cuesta algo».

El móvil de Ruth. Bajó la vista. Otras dos llamadas perdidas de su madre y un texto que decía: «Ruth, tienes que dejar este pódcast. Es demasiado peligroso. Olvídate de todo esto».

Su corazón empezó a latir más deprisa mientras mantenía la mirada fija en la severa advertencia de su madre.

Una extraña mezcla de culpa y rabia se extendió por su interior.

Con razón su madre estaba preocupada. Con razón no quería que Ruth corriera ningún tipo de riesgo. A pesar de todo, Ruth no podía parar.

La diatriba de Tucker se centraba ahora en el pódcast, en el pódcast de Ruth.

«Y cuando escucho la asquerosa voz de Daphne St. Clair en ese…

ese pódcast, contando entre risas que asesinó a dos hombres de familia muy trabajadores, dos padres, uno empujándolo escalera abajo y otro, a las vías del metro, que mató a un anciano cuyo único error fue enamorarse de ella, no me asombra.

¡Este es el mundo que las feministas quieren para nosotros!

¡Os garantizo que los radicales de izquierda convencieron a Daphne de que confesara para que pudieran presentarla como una heroína del movimiento!

¡Por tanto, las feministas pueden seguir con el genocidio de hombres! ».

Ruth apagó el vídeo, ya harta de escuchar a Tucker.

Los asesinatos de Ted y Frankie la traían sin cuidado.

Esos hombres eran unos malditos maltratadores, sin duda el mundo estaba mejor sin ellos.

Ahora bien, Ruth sabía que Daphne había matado a gente inocente, que un asesinato concreto había repercutido en la vida de Ruth, un agujero negro alrededor del que giraba la vida de muchas personas. Y ahora Ruth averiguaría la verdad.

Ruth hizo una inspiración profunda y temblorosa y, luego, se puso a teclear con furia. «Mamá, es ella. Lo sé. Daphne lo mató. Y lo voy a demostrar». Luego, apagó el móvil, sin esperar respuesta.

De ningún modo dejaría esto a medias. Daphne St. Clair le había arrebatado algo, y ahora Ruth se lo arrebataría todo a Daphne.