Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 13
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DAPHNE : Así que me quedé en Nueva York, en el mismo bloque de pisos donde habían vivido los Flanagan. Al principio, estaba bien yo sola. Pero unos años después conocí a Carl, el padre de mi hijo, el primer hombre al que amé de verdad.

RUTH : ¿Te casaste con él?

RUTH : ¿Eráis una buena pareja antes de eso?

DAPHNE : Claro que no. Tenía un amigo que solía decir «si ves mierda, no la toques», y Cari era mierda. Pero no pude evitar recogerla y metérmela en el monedero.

RUTH (entre dientes): Esto es, vaya, muy descriptivo…

DAPHNE : No hay necesidad de ser insidioso. Te estoy contando la historia de mi vida, o sea que voy a describir lo que me venga en gana. Merezco cierto respeto por tu parte.

RUTH (con resentimiento): Mira, solo trato de terminar esto antes de que te metan entre rejas, y últimamente parece que todo el mundo tiene un problema con este pódcast.

DAPHNE : Oh, buaaaaaa, se llama trabajo , Ruth. Si no puedes tolerar un poco de crítica, tira la toalla.

RUTH : ¿Es esto lo que quieres? ¿Quieres que ponga fin a esto ahora mismo? ¿Que esto sea el gran final?

[Un silencio tensa el ambiente. Dura tanto que resulta incómodo. Una cuidadora llama a la puerta].

CUIDADORA : Aquí tiene las pastillas.

DAPHNE : Déjemelas aquí. Me las tomaré después de la entrevista.

[Se cierra la puerta. Alguien tose y se oye el sonido de un cuerpo moviéndose en una butaca].

DAPHNE (en tono formal): ¿Te gustaría que te hablara de Carl?

RUTH : Sí.

Carl era el hombre más guapo que había visto jamás.

Tenía esa mirada profunda tan característica de los irlandeses: el pelo negro como el carbón, la piel lechosa y los ojos de un azul oscuro más preciosos, como unos tejanos que se dejan secar al sol.

Y sabía bailar. Mientras que otros hombres se mantienen al margen, siguiendo el ritmo con los pies, Carl salía a la pista y se movía tan lozano y natural como si paseara por el parque.

Y era siempre el alma de la fiesta, con un whisky en cada mano y dos cigarrillos en la boca.

Fue el primer hombre por el que me sentí atraída, el primer hombre con quien me gustó acostarme.

Normalmente no me gusta el sexo, siempre me ha resultado más fácil matar a un hombre que tener sexo con él, pero el sexo con Carl era distinto.

Llegábamos tarde a casa de una fiesta y nos dejábamos llevar por la habitación, excitados de esa forma adormilada y vibrante típica de cuando estás borracho.

Nos revolcábamos en la cama, brutos y salvajes como animales.

He tenido una vida larga, pero estos son los recuerdos que a menudo se me vienen a la cabeza cuando me tumbo en la cama por la noche, esos momentos en que todo parecía normal y extraordinario a la vez.

En esos tiempos, me hacía llamar Jacqueline, mi nuevo nombre americano para mi nueva vida americana.

Éramos jóvenes y guapos, y estábamos llenos de energía, y de algún modo eso hizo que no nos importara que estuviéramos sin blanca y nos viéramos obligados a coger cualquier trabajo agotador que encontrábamos.

Nos peleábamos continuamente, pero hacíamos las paces aún con más pasión, o sea que pensé que todo iría bien.

Además, estaba sola en un país nuevo y contenta de haber encontrado a alguien.

Durante un año, tuve la sensación de que mi vida finalmente (finalmente) empezaba a encarrilarse.

Casi me sentía esperanzada con el futuro porque era feliz en el presente.

Carl hablaba de viajar y de ganar dinero en alguna parte, tal vez en California, o incluso en Sudamérica, y creí que yo estaría a su lado.

Carl era salvaje, libre y aventurero. Y, cómo no, me quedé embarazada.

Después de dos faltas, sentí una extraña mezcla de miedo y alivio.

Miedo porque al final era feliz y no quería que cambiara nada, y alivio porque, de todos esos hombres terribles que me podían haber dejado preñada, me alegré de que hubiera sido un hombre al que amaba quien me había metido en ese lío.

Carl me dejó una mañana gris de domingo del mes de octubre. Hizo la maleta mientras yo dormía y luego me despertó para darme la mala noticia. Un hijo de puta no podía siquiera dejar dormir a una mujer embarazada.

—Jacqueline, me voy. Nos lo hemos pasado bien, pero esto ya es una carga demasiado pesada. Necesito vivir mi vida, no estar atado a ti —murmuró.

Me senté en el borde de la cama y miré fijamente la pared. No le supliqué. Era demasiado orgullosa para ello, incluso en esa situación. Había temido que eso pudiera ocurrir. Había estado inquieto desde que lo supo, y se había instalado una frialdad entre nosotros.

—De acuerdo —escupí, dejando que la rabia ahogara el miedo—. Pues vete.

¡Qué lujo ser un hombre y poder desentenderse de la paternidad, igual que puedes anular la suscripción a una revista! Carl se detuvo ante la puerta y encendió un cigarrillo. Ni siquiera me miraba, como si yo hubiera dejado de existir.

—Por el amor de Dios, ponle remedio a eso y sigue con tu vida —me soltó haciendo un gesto vago hacia mi barriga—. En el mundo ya hay bastantes bebés no deseados.

Y cerró la puerta de golpe. Oí sus pies bajando por la escalera, y sus pasos se fueron apagando y se volvieron más rápidos mientras me abandonaba.

DAPHNE : Mira, sé que es extraño. Me trata como una mierda y sale adelante. Otros tipos me tratan mucho mejor y terminan muertos. Pero la vida es así. Oye, Ruth, ¿por qué no coges el móvil y lo localizas? Se llama. Carl Fitzroy y era de Rochester, Nueva York.

RUTH : Claro que sí. [Pausa]. Esta es su necrológica. Carl murió hace diez años. En Orlando, Florida. Tenía tres hijos y ocho nietos.

DAPHNE : Vaya, vaya. Estaba en Florida. Podríamos haber coincidido. Pero ya lo ves, si un cabrón te dice que no desea hijos, en realidad quiere decir que no desea tenerlos contigo. Bueno, al menos he vivido más que él. Ya es algo.

RUTH : Es triste, aun así, pensar que simplemente se alejó de ti y de tu hijo. Es que no entiendo cómo alguien puede ser capaz de abandonar a su hijo, cómo puedes seguir con tu vida sabiendo que tu familia está ahí fuera, luchando sin ti.

DAPHNE : Bueno, tú misma dijiste que tu padre reapareció en tu vida cuando ya eras adulta, o sea que intentó hacerlo bien.

RUTH : Sí, pero yo hablaba de James, no de mí.

DAPHNE : Por supuesto. Eh, ¿y si tu querido papá está escuchando este pódcast y está superorgulloso?

RUTH : No es el caso.