Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 12
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DAPHNE : La historia se vuelve más jugosa en Nueva York. ¿Has estado allí?

RUTH : Sí, varias veces.

DAPHNE : ¿No te encanta? ¿Acaso no matarías por ser neoyorquina?

RUTH : No lo sé. Es que tiene pinta de ser muy cara. Y fría. Francamente, pienso que hay gente que opta por vivir en Nueva York para aparentar lo que no es.

DAPHNE (molesta): ¿Y tú qué sabrás? Eres de Florida.

RUTH : Y tú, de Canadá.

DAPHNE : ¡Oh, ya veo! ¡La señorita liberal políticamente correcta cree que debería volver a mi propio país!

Soy de Nueva York. Si vives en la ciudad durante más de diez años, te puedes considerar neoyorquino.

Pues estuve allí más de cincuenta años. Si hubiera sido un matrimonio, habríamos celebrado nuestras bodas de oro.

RUTH : O sea que mucho más tiempo de lo que han durado tus matrimonios reales…

DAPHNE : Eso es porque Nueva York nunca me ha decepcionado.

Jamás me ha aburrido. Siempre supe que acabaría allí.

De pequeña, a la gente le servía como modelo para referirse a lo contrario de lo que era Lucan.

Criticaban la nueva música que tocaban en un baile o el sentido de la moda de un profesor, alegando que eso no era la ciudad de Nueva York.

Decían que Nueva York carecía de moralidad, pero lo único que oía era que no tenía nada que ver con Lucan.

Luego me fui a Winnipeg y descubrí que las ciudades, como los hombres, no eran todas igual de buenas.

Quería un lugar más grande, mejor, que fuera realmente importante.

Quería un sitio donde pudiera ser yo misma.

RUTH : Dios, podrías escribir los anuncios publicitarios de Nueva York.

DAPHNE : No podrían pagarme.

RUTH : Y bien, ¿qué hiciste cuando llegaste a la ciudad?

DAPHNE : Encontré trabajo en una fábrica y un lugar donde vivir. Las dos cosas eran terribles, pero fue un alivio poder cuidar de mí misma. No estaba dispuesta a buscar a otro Ted jamás en mi vida…

[Daphne se ríe por lo bajo; es una risa seca, como la tos de un fumador ].

RUTH : ¿Qué es lo que te hace gracia?

DAPHNE : Bueno, sí que encontré a otro Ted, en cierto modo.

El primer piso que tuve en Nueva York fue un cuchitril en Brooklyn, el típico lugar donde no podrían vivir ni las ratas.

Al lado había una familia, los Flanagan; las paredes eran tan finas que parecía que se iban a venir abajo.

Las conversaciones durante las cenas, los anuncios de la radio, lo oía todo.

Y la verdad, lo que oía me resultaba muy familiar, por desgracia…

RUTH : Los Flanagan, eh, háblame más sobre ellos. ¿Había abusos?

DAPHNE : El padre, Frankie Flanagan, era un auténtico cabrón.

Tenía tres hijos, de menos de ocho años, y zurraba a todo quisqui: a su mujer, a los niños, y si hubiera podido romper la pared de un puñetazo estoy segura de que me hubiera atizado a mí también.

En cuanto llegaba a casa del trabajo, todo eran gritos, llantos y golpes.

Ese tipo era una víbora, la peste, daba igual si estaba sobrio o borracho.

RUTH : Qué sinvivir.

DAPHNE : Era difícil pegar ojo, como supondrás.

Por la noche me quedaba tumbada en la cama y apretaba los dientes, mientras oía todas esas miserias.

Había venido a Nueva York para huir de mis problemas, y todos los días me los recordaba un matón de mierda que se cagaba las patas abajo con La ley del revólver .

RUTH : ¿Llegaste a hablar con su mujer?

DAPHNE : No, aunque tampoco sé qué le habría dicho.

Sylvia Flanagan era un alma en pena. Siempre iba correteando de un lado a otro, muerta de miedo.

Y los niños estaban amargados. Jamás los vi sonreí.

Aun así, sabía que ella no lo dejaría. Él siempre le decía gritando: «Si intentas huir, mataré a los niños y luego te mataré a ti».

Y Frankie Flanagan estaba como una cabra, o sea que era muy capaz.

RUTH : ¿Cómo acabó la cosa? ¿Lo sabes?

DAPHNE : ¿Tú qué crees? ¡Por algo te cuento esta historia, y no es por mi salud!

RUTH : ¿Lo mataste? ¿Mataste a Frankie Flanagan?

DAPHNE : Mira, los fanáticos de la Biblia dicen que todo el mundo debe expiar sus pecados el día del juicio final, así que decidí presentar al señor Flanagan ante Dios, antes de que matara a uno de esos chiquillos.

RUTH : A los malos padres los tienes entre ceja y ceja, ¿no? Da la impresión de que siempre tienes que decirlo, cuando un hombre ha sido un mal marido o un mal padre. ¿Pero eso basta para justificar que los mataras? La gente es complicada; la mayoría hace algunas cosas buenas y otras malas.

DAPHNE : Perdona, ¿hablamos aún de Frankie Flanagan? Porque, por lo que yo vi, no le hizo ningún bien a nadie.

RUTH : No, hablaba más en general. ¿Es algo que te motiva? ¿Te ves a ti misma como una especie de vengadora?

DAPHNE : Esto no viene mucho a cuento. Nunca he pensado en estos términos.

RUTH : Vamos a ver, la pregunta es muy sencilla: ¿crees que recurres al asesinato para conseguir algún tipo de justicia?

DAPHNE : Tal vez sea solo una firme defensora de los desvalidos. Resulta que unas veces un desvalido es una mujer y unos hijos maltratados. Y otras veces soy yo.

RUTH : Vale, o sea que todos los días oías que un hombre maltrataba a su mujer y a sus hijos, y que amenazaba incluso con matarlos. ¿Por qué no te limitaste a llamar a la policía? Además, nadie habría sabido que fuiste tú.

DAPHNE : Sí, claro. En los años cincuenta a la poli le importaba una mierda lo que un hombre pudiera hacer en su propia casa.

No sé si esto ha cambiado mucho hoy en día.

¿Has visto el artículo que ha salido esta mañana en el periódico sobre el tipo que asesinó a su exmujer?

Ella lo hizo todo bien: se apuntaba las matrículas, registraba las llamadas, obtuvo una orden de alejamiento, y, sin embargo, cuando llamó a la policía para decirles que él andaba por el barrio, ¿acaso corrieron en su ayuda?

Qué va. Y cuando llegaron, él ya la había apuñalado delante de su hijo.

RUTH : Bienvenida a Florida. La policía provoca más asesinatos de los que soluciona.

DAPHNE : ¡Ya se nota que no te mola la pasma! ¡Cuéntame! ¿Por qué te buscan? ¿Cruzaste la calle por donde no debías o ejerciste la prostitución en la calle?

RUTH : No, yo tengo un problema con un cuerpo de Policía por una historia de racismo, brutalidad policial y corrupción. A diferencia de ti, no magnifico mis propias experiencias.

DAPHNE : Vale, vale. Solo bromeaba. ¡Dios, no sabía que en Florida podía encontrar a alguien con la piel tan fina!

RUTH : Venga, sigamos. Te quería preguntar sobre el título del pódcast. Pensaba que podía cambiar el título para reflejar el número de asesinatos que se tratan en el pódcast. Por tanto, ahora sería Los dos asesinatos de Daphne St. Clair y lo iré revisando a medida que avancemos.

Salvo que quieras darme ahora el número total de personas que has matado.

¿Quizá puedas avanzarnos sus nombres y ubicaciones?

DAPHNE : ¿Y qué gracia tiene esto? No corras tanto. Pero me gusta tu propuesta de título. Vamos allá.

RUTH (suspira): Bueno, ¿y qué le ocurrió a Frankie Flanagan?

Un día, me levanté a las seis de la mañana para ir a trabajar.

Estaba trabajando en una fábrica textil del Garment District, por aquel entonces un lugar caluroso y ruidoso donde acababa con dolor de espalda y zumbidos en los oídos.

Bajaba la escalera de mi parada de metro cuando lo vi, justo delante de mí: Frankie Flanagan.

Probablemente había salido para descargar mercancías en el bar donde trabajaba.

El mismo pelo rubio ralo, la misma piel cenicienta y ese cuerpo musculoso de buscabroncas.

Su hijo mayor estaba con él y, aunque tenía unos ocho años, estaba segura de que su padre le obligaba a cargar con barriles pesados por cuatro monedas, a tomar viento la seguridad infantil.

No conocía personalmente a Frankie. Aunque solo lo había visto de lejos, lo odiaba. Todas las noches, mientras escuchaba sus tandas de violencia, se me aceleraba el corazón y me tenía que fumar un cigarrillo tras otro para calmar los nervios.

Los seguí mientras entraban en la estación de metro y se dirigían al mismo andén que yo.

Ni siquiera hablaba con su hijo. La única vez que dio muestras de que sabía de su existencia fue cuando el niño no caminaba lo suficientemente rápido, y lo agarró por el cuello del abrigo para empujarlo hacia delante.

El niño apenas reaccionó, como si esa fuera la forma normal de tratar a alguien.

El andén estaba abarrotado, como era habitual por las mañanas, y el humo de cigarrillo enturbiaba el aire.

Frankie se abrió paso a codazos hacia la primera fila de la multitud, sin ninguna consideración por las mujeres mayores ni las familias jóvenes.

Empujaba a su hijo hacia delante y yo iba detrás, avanzando a través de los espacios que dejaba su cuerpo voluminoso.

Me quedé atónita al ver sus manos, gruesas y carnosas, con los nudillos al rojo vivo.

Recibir un golpe de una de ellas debía ser como si te arrollara un tren.

Frankie y su hijo llegaron a colocarse delante, aunque me di cuenta de que el niño se quedaba un poco apartado de su padre, fuera del alcance de esos puños en tensión.

Me detuve detrás de Frankie, con la mirada fija en su ancho cogote.

Había tanta gente que mi cara estaba a solo unos centímetros de él.

Venía un convoy, uno que no tenía parada allí.

Oí ese estruendo y chirrido inconfundibles procedentes del interior del túnel, como una gran bestia que se mueve en su guarida.

Frankie vio que lo miraba, se volvió hacia mí y frunció el labio con asco.

—¿Qué cojones…?