Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 11 #3
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O sea que sabemos que a las gemelas les apasionan las marcas.

Un simple vistazo en Google y quedarás encandilado con Versace, Gucci, Pucci.

Si la prenda es sofisticada y tiene una etiqueta con un precio con muchos ceros, es suya.

Opté por una blusa de seda Gucci vintage , una cinta para el pelo Prada y un pantalón corto estrecho estampado Versace.

Lo rematas con unos tacones y tienes el look perfecto para ir a comprar, descansar en el bar club de Palm Beach o visitar a tu madre en una cárcel federal».

Las cosas finalmente estaban cambiando para Ruth.

El pódcast era un éxito y le empezaba a llegar el dinero.

Embriagada por esta exaltación, accedió a ir a una fiesta con su mejor amiga, Chelsea, que había venido a verla desde Nueva York y se alojaba en su casa.

En circunstancias normales, Ruth se habría negado a acudir a una fiesta donde se encontraría a sus antiguos compañeros de universidad, plenamente consciente de que era la típica estudiante brillante que no había triunfado.

Y, por supuesto, les habrían llegado rumores sobre ella.

Todo el mundo los habría escuchado. Sin embargo, esta vez tenía el pódcast y media botella de prosecco en el estómago, así que ¿por qué no?

Mientras se preparaban, Ruth pensó en Daphne y eligió una minifalda ceñida y un labial color ciruela.

Ya quedaban muy lejos esas camisetas con eslóganes que solía llevar y esos tejanos ajustados pasados de moda (¿de verdad que sus favoritos era de Costco?

Dios santo), pero no había duda de que el look le favorecía, al ser tan alta.

Chelsea aún se estaba maquillando (¿cuándo todo el mundo menos Ruth había aprendido a realzar sus rasgos faciales?), de modo que Ruth se sentó en el sofá y cogió el móvil.

Dos llamadas perdidas más de su madre. Joder. Pero esta vez había dejado un mensaje de voz. Era la voz de su madre, pero mucho más tirante y nerviosa que de costumbre, como si solo dispusiera de un momento para hablar y estuviera ansiosa por que Ruth la oyera.

—Ruth, tienes que dejar de grabar este pódcast. Las cosas que dices… es peligroso. Déjalo ya, antes de que ocurra algo.

Ruth dejó el móvil y tomó un trago de prosecco.

Su madre parecía tan preocupada y asustada que Ruth se desmoronó.

Ruth sabía que el Parkinson podía volver paranoica a la gente, que también podía intensificar los rasgos de personalidad y mostrarlos sin filtro.

No obstante, Ruth también sabía que su madre tenía muy buenas razones para advertirla sobre este pódcast, aunque ella estuviera decidida a continuar.

Además, puede que Louise no quisiera reconocerlo, pero necesitaban dinero.

Al cabo de unos años, Louise podría precisar de cuidadores y un tratamiento especializado, sillas salvaescaleras y bañeras adaptadas, y Ruth necesitaba una forma de ayudar a pagar todo eso.

Pensó que ya intuía por qué alguien podría matar por dinero. Por qué ella podría matar por dinero.

Ruth apuró el vaso de prosecco y borró el mensaje del móvil. Con suerte, Louise lo entendería una vez que el pódcast se hubiera terminado. Además, ese no era un buen momento para pensar en negativo. Debía ir a una fiesta.

En cuanto Ruth entró, sintió que se convertía en el centro de atención de la fiesta.

—Ruth, ¡me encanta el pódcast! Pensé para mí: ¡sí, al final esta es la Ruth que todos estábamos esperando!

—Ruth, ¿cómo es que perdimos el contacto? ¡Ha pasado tanto tiempo! ¿Cómo es Daphne realmente? ¿Y por qué llamó a la poli y confesó? ¿Alguien estaba a punto de descubrirla?

—¿Has entrevistado a la policía? Recuerdo que tuviste problemas con ella hace un tiempo. ¿Te sirve esto de estímulo?

Todavía no había caído en la cuenta de cuánta gente escuchaba el pódcast. Pero aquí estaban los compañeros de la universidad que, de repente, estaban fascinados con su trabajo.

Era un poco desalentador, porque si bien algunos de ellos eran amigos de verdad, muchos de ellos no se habían molestado en mantener el contacto una vez que la vida de Ruth se convirtió en una espiral deprimente de problemas económicos, ansiedad y dramas personales.

Sin embargo, contra todo pronóstico, la más aplicada de la universidad que llevaba unas zapatillas del montón y debía devolver un enorme préstamo para pagar los estudios, había triunfado.

Ruth engulló de un trago un par de tequilas y trató de sintonizar con Daphne, la mujer fatal tan segura de sí misma que iba en busca de una víctima.

Sintió que la invadía una nueva clase de poder mientras hablaba con la gente, consciente de que ahora todo el mundo la veía distinta y fascinante.

Algunos incluso la consideraban algo más: atractiva.

Ese pensamiento le produjo dolor físico, mientras pensaba en el tiempo que había transcurrido desde que se había divertido con alguien, maltrecha por las complejidades de una relación a largo plazo.

¿Cuánto hacía que no salía por la noche, resuelta a tomar algunas decisiones deliciosamente perversas?

Esa noche no regresó sola a casa.