Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 11
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RUTH (voz en off ): Usa Díaz regenta una tienda Etsy de artículos de asesinas en serie.

RUTH : Y bien, Lisa, veo que hoy llevas una camiseta de Daphne. Para nuestros oyentes, hay un dibujo de Daphne sonriendo y, debajo, aparece escrito “destrozahogares”.

LISA : Sí, ¿te gusta?

RUTH : Es… interesante. ¿Has tenido muchas ventas en tu tienda Etsy?

LISA : Por supuesto, los artículos promocionales de Daphne se están vendiendo mucho más que los de Aileen Wuornos, que son los que me solían reportar más beneficios. ¡Hay que querer, a esas chicas de Florida!

RUTH : ¿Qué es lo que has vendido más?

LISA : Probablemente, las copas de vino de Daphne.

Es una colección de copas de vino grandes con eslóganes e imágenes de ella.

Al parecer, hay muchísimas personas a quienes les apasionan los crímenes reales que también son unas apasionadas del vino.

Nunca he sabido muy bien por qué… Pero también tenemos estos magníficos delantales con la inscripción: “¡La cocina asesina de Daphne!”.

RUTH : ¿Qué opinión te merecen las críticas que te acusan de estar ensalzando a estas asesinas?

LISA : Bueno, ve a casa y mira la sección “artículos personalizados de asesinas en serie” de Etsy. Eso sí que es un gran negocio. La gente quiere comprar estos productos, ¿y quiénes somos nosotros para decirles que esto no está bien? No es ilegal y no hacen daño a nadie.

RUTH : ¿Por qué crees que el público está tan fascinado con Daphne?

LISA : Creo que todo el mundo se pregunta lo mismo. ¿Por qué a una mujer que ha salido impune de varios asesinatos durante décadas de pronto un día llama y confiesa? Se lo podría haber llevado a la tumba, ¡para lo que, seamos sinceros, no queda mucho! ¿Ya te ha dicho por qué lo ha hecho?

RUTH : Dice que quería que sucediera algo, que estaba aburrida. Y que quería que todo el mundo supiera que había salido impune de los crímenes en varias ocasiones.

LISA : ¿Eso es todo lo que ha dicho? No sé, me apuesto a que la historia es más jugosa.

Bueno, en cualquier caso, ¡Daphne St. Clair es un negocio muy lucrativo!

Y, para rematarlo, era un bombón de joven, o sea que los artículos son un poco más fotogénicos.

En realidad, nadie quiere una camiseta con Nannie Doss o Rose West estampada.

Lo supe a las malas después de perder un dineral en una línea de camisetas cortas de Rose West.

RUTH : ¿Son principalmente mujeres las que adquieren todos estos productos?

LISA : Creo que sí. Tal vez, de algún modo extraño, lo ven como empoderador.

Nos centramos tanto en las mujeres víctimas que es renovador escuchar una historia de una asesina en serie.

Y quizá esta sea una forma de que las mujeres digan: no des por hecho que puedes aprovecharte de mí.

Si echas un vistazo a las tiendas Etsy que venden material sobre asesinas en serie, verás que son mucho más populares.

Solo digo que, antes de comprarte una camiseta de Ted Bundy o un póster de John Wayne Gacy, piensa en una sudadera de Myra Hindley o un posavasos de Belle Gunness.

Te mandaré una copa de vino de Daphne. Te encantará.

RUTH : Podría ser una opción interesante para una fiesta, pero se lo podría comentar a Daphne. Le encantaría una gran copa de vino con su rostro estampado en ella.

LISA : ¿Es un poco narcisista?

RUTH : Eso lo has dicho tú, no yo.

Después de mucho insistir, Diane, una de las hijas de Daphne, finalmente quedó con Ruth para que la entrevistara. Ruth circuló por las deslumbrantes calles de la comunidad privada, examinando las imponentes McMansions, en busca de la dirección correcta.

Las viviendas eran una mezcla confusa de estilos.

Había pasado junto a una casa Tudor blanca y negra con hiedra, que estaba situada al lado de una de estilo colonial con unas enormes columnas que se elevaban hasta el cielo y esta, a su vez, estaba junto a una casa que no parecía seguir ningún estilo arquitectónico reconocible, salvo que todo era “a lo grande”.

Tuvo la impresión de que ser rico era sinónimo de vivir en otro país.

Ruth se dejó caer en la butaca. Se preguntó si alguno de los Montgomery residía en esa propiedad privada.

No Lucy, por supuesto; Ruth sabía en qué edificio de lujo vivía exactamente.

Ruth aún no se había recuperado del impacto de la carta que los Montgomery le habían enviado, y había estado hasta pasada la medianoche leyendo blogs de leyes sobre derechos periodísticos.

Aunque no le serviría de mucho si los Montgomery decidían ir a por ella.

No disponía de suficiente dinero para ganarlos en un juicio y sospechaba que los promotores de la inmobiliaria tenían a gente de dudosa reputación que trabajaba para ellos, gente que encontraba formas extrajudiciales para hacer valer sus intereses.

La amenaza del desahucio también la agobiaba enormemente.

Cuando tenía siete años, las habían echado de un piso de alquiler y habían acabado en un motel que se pagaba por semanas, donde siempre oía pasar los coches y olía los gases de sus tubos de escape.

Ruth iba andando al colegio, aterrorizada de que una de sus compañeras de clase se enterara de dónde vivía.

Esa situación había sido de lo más extraña e incómoda, aunque en todas las habitaciones del motel se alojaban familias apretujadas entre sus posesiones materiales.

Estuvieron allí varias semanas, hasta que al final su madre se había venido abajo y había llamado al padre de Ruth para que la ayudara, algo que había hecho solo dos veces durante la infancia de esta.

Louise nunca hablaba del padre de Ruth, ni siquiera le reveló el nombre de su hija.

Ruth no había sabido quién era hasta los veintimuchos, cuando él se había puesto en contacto con ella.

Aun así, todavía recordaba la primera vez que lo vio.

Se apeó de un Lexus y le dio a su madre un sobre con dinero.

Tenía el brazo bronceado, la tarjeta de estacionamiento de Sunshine Development, y un reluciente Rolex dorado en la muñeca.

Apenas había mirado a la pequeña Ruth, que estaba sentada en el bordillo de una acera próxima, sola y asustada, antes de irse.

Ruth había sabido desde una edad muy temprana que no controlaba casi nada en su vida; se lo había enseñado la constante amenaza del desahucio y la pobreza.

Daphne había tenido una infancia similar, pero al parecer había llegado a una conclusión muy distinta. Estaba mal, por supuesto, pero Ruth no pudo evitar pensar que tal vez cualquier cosa era mejor que una sensación perpetua de impotencia.

—Hola —dijo Diane con frialdad cuando abrió la puerta—. Pase, por favor.

Llevaba un vestido fucsia de seda y estaba cubierta de alhajas de oro. A Ruth le sorprendió que pudiera tenerse en pie con tanto metal a cuestas.

Sus tacones repiqueteaban sobre el suelo de mármol mientras Ruth andaba detrás de ella, con sus mocasines baratos, que empezaron a rozarle los talones mientras se adentraba en la casa palaciega.

Se preguntó qué clase de persona habría sido si se hubiera criado con su padre y no con su madre, si eso era lo que ella consideraría normal.

Se sintió desleal solo de pensarlo, pero quizá una infancia dura no escocía tanto cuando tú manejabas las riendas.

Al menos la hubiera hecho algo más llevadera.

—Si algún vecino la ve y le pregunta qué hace aquí, dígale que es la masajista de mi perra. De todas formas, tenía pensado contratar a una, para ayudarla con la ansiedad.

—¿Cómo sabe que tiene ansiedad? —preguntó Ruth.

—Se hace pipí en los ordenadores portátiles —respondió Diane, poniendo los ojos en blanco como si Ruth tuviera que saber que unas pérdidas de orina de perro en un teclado era una señal inequívoca de una crisis de salud mental canina.

Diane condujo a Ruth a un salón cuya cara decoración era, sin duda, de muy mal gusto. El estampado de los sofás era una mezcla de huellas de animales, y las paredes estaban cubiertas con un papel oro Versace.

Un ama de llaves entró afanosamente en la sala con una jarra de agua de pepino y unos vasos de la marca Gucci. Ruth tomó un buen trago antes de examinar su vaso.

—¿Son…? —empezó a preguntar.

—Sí, cubitos Gucci —aclaró Diane dando unos toquecitos a la jarra, llena de letras G flotando.

—Muy bonito —dijo Ruth. Le pareció rematadamente estúpido, pero también se moría de ganas de saber cuánto pagarían los ricos idiotas por una bandeja de cubitos de marca. Se preguntó si vendían agua Gucci a juego.

—Bien, dispongo de muy poco tiempo —dijo Diane con voz gélida—. Y me gustaría haber terminado antes de que mi hija regrese del colegio, para protegerla de esto.

—Claro —accedió Ruth, sacando el equipo de grabación.

Ya había oído hablar a Daphne por teléfono con Harper, y le había sorprendido esa conversación tan relajada y cordial.

Ruth había tenido una relación estrecha con su abuela, pero esta veía concursos de la tele y se quejaba de sus cuidadores, unas actividades muy inofensivas para una mujer mayor.

¿Realmente era bueno para Harper que intimara tanto con una mujer que había confesado ser la autora de varios asesinatos?

Por otro lado, todo el mundo tarde o temprano perdía a su abuela; en el caso de Ruth, fue por un aneurisma, en el de Harper, sería por una celda.

—Pues empiezo a grabar ahora —anunció vacilante, pulsando el botón—. Solo para situarnos, ¿ha escuchado el pódcast?

—No —gruñó Diane—. ¿Por qué debería querer prestar más atención a mi madre? ¿Justamente ahora? Pero Harper sí lo escucha, o sea que seguro que me lo dirá si se me pasa algo importante.

—Ah, entendido —dijo Ruth, desconcertada por un instante—. Y bien, ¿cómo lleva la confesión de tu madre? —preguntó.

Diane resopló con fuerza.