Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 8 #2
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Me había mudado a Winnipeg con algo nuevo —esperanza—, y que me la hubieran arrebatado tan rápido era más dañino que no haberla tenido nunca.

Era incapaz de comer. Notaba un gusto agrio y seco en toda la boca, y tenía un nudo perpetuo en el estómago.

Era como si se estuviera a punto de acabarse el mundo.

Lo único que podía oír era un tictac audible, que ahogaba el ritmo de mis propios latidos.

—¿Por qué llora esta cosita tan linda? —me preguntó una voz queda y afable.

De nuevo, estaba sentada en la escalera de la parte de atrás, secándome con rabia algunas lágrimas, mientras me frotaba el rostro con mis manos rojas y huesudas. Faltaban solo dos días para que se me acabara el dinero.

—No estoy llorando —murmuré, alzando la vista.

Había un hombre de pie delante de mí, vestido con una camisa blanca pulcramente planchada y un pantalón con la raya muy marcada.

Le eché unos treinta y pocos, pero era difícil de adivinar; su pelo rubio y sus mejillas sonrosadas le daban un aspecto más joven.

Me sonreía, y esa brizna de amabilidad tras varias semanas angustiantes como una forastera en Winnipeg me hizo llorar aún más.

—No mientas, siempre sé cuándo una muchacha guapa está mintiendo —me dijo con un brillo en los ojos.

Se sentó en la escalera junto a mí, pero no lo suficientemente cerca para que nuestras piernas se tocaran.

No era feo. Tenía un porte elegante y los ojos azul claro, como dos ventanas que se abrían al cielo, pero sus grandes orejas le sobresalían de la cabeza, hasta el punto de que parecía que el sombrero de fieltro se apoyara en ellas; y eso le restaba belleza.

—No encuentro trabajo —confesé, procurando que no me temblara la voz—. Vine aquí sola y no me queda dinero apenas. He preguntado en todas partes. —Se me quebró la voz y las lágrimas volvieron a borbotear bajo mis manos.

—Cariño, no tienes de qué avergonzarte. Es difícil encontrar trabajo en esta ciudad. Escucha, pareces una chica simpática. Déjame adivinar: tú debiste de crecer en un pequeño pueblo, ¿ah que sí? ¿Por qué no vuelves? No todo el mundo está hecho para la vida en la ciudad.

—No —dije con firmeza—. No puedo volver.

Y con eso me saltaron más lágrimas. Esperaba que se levantara y se fuera, abandonándome como si fuera una causa perdida más, que había sido expulsada de las praderas y había sido condenada a las calles.

Sin embargo, se quedó sentado a mi lado. Noté que me colocaba un pañuelo en la palma de la mano y me cubrí el rostro con él, mientras todo mi cuerpo se sacudía por el esfuerzo de reprimir los sollozos.

—Eh, oye, no debería hacer esto, pero no puedo soportar ver a una jovencita en apuros.

Alquilo unos pisos en el North End. Tengo un sitio donde podrías alojarte.

No es nada del otro mundo, solo una habitación con un baño compartido al final del pasillo, pero es tuya.

Puedes hacer tareas domésticas en mis propiedades en vez de pagar un alquiler.

—¿De veras? —pregunté en voz baja, sin acabar de creer lo que decía.

—Pues claro —respondió, anotando una dirección en la parte posterior de una caja de cerillas—. Ven mañana. Me llamo Ted, por cierto.

—Yo…, Rose —dije, dándole el nombre que había elegido para mí cuando llegué a Winnipeg. Sentí que la puerta a mi vida anterior se cerraba detrás de mí, que los últimos retazos de Loretta Cowell se diluían. Pero lo que tenía por delante, lo desconocía.

HAUTEHISTOIRE : «Hola, gente, bienvenidos a mi serie de TikTok inspirada en Daphne St. Clair y el pódcast Los asesinatos de Daphne St. Clair .

De algún modo esperaba que las cosas serían un poco más glamurosas en este episodio, pero bien…

no ha sido así. Pero no sufráis: sé por las noticias que Daphne se hace rica en algún momento de su vida, o sea que contamos con esto…

En cualquier caso, aquí estamos. Pues bien, en lo que respecta a la moda, los años cuarenta fueron…

un poco un asco. Todo el mundo estaba demasiado ocupado combatiendo en guerras y racionando telas para divertirse.

Sin embargo, había multitud de trajes de falda, o sea que he elegido un Miu blanco con unas grandes hombreras y conjuntado con una camiseta corta de baloncesto para darle un aire moderno.

Es un look más de oficina. No es que Daphne trabajara en una oficina…

, pero es definitivamente el tipo de look que podría inspirar a un joven conspirador a llegar hasta lo más alto, sin importar las consecuencias.

De verdad, chicos, tengo muchas ganas de que se haga rica pronto».

Al día siguiente fui al North End, más allá de los patios de maniobras ferroviarios, y Ted me enseñó el piso.

Era una sola habitación con una pequeña y ordenada cocina y una cama bajo una ventana que daba a una calle por la que pasaban todos los migrantes que se dirigían a la ciudad.

Sonreí. Una habitación para mí. Había crecido en una chabola de una sola estancia que debía compartir con toda la familia, ¿y ahora tenía el lujo de disponer de mi propia habitación?

Probablemente transcurrieron unos veinte minutos antes de que mantuviéramos relaciones, apenas había tenido tiempo para que mis ojos se acostumbraran.

No era idiota. Sabía que debería acostarme con Ted. Toda la ciudad estaba llena de recién llegados, pero Ted había decidido ayudar a la joven y preciosa muchacha que no estaba en condiciones de negarse. A este piso —este lugar limpio y tranquilo— atravesado con hilos ocultos.

Pero supuse que estar con un solo hombre era preferible a convertirme en prostituta, y no me quedaban muchas opciones.

No me agradaba la idea, por supuesto. De hecho, me daba asco pensar que debería acostarme con Ted.

Me habría gustado dejar todo eso tan bochornoso en Lucan, Loretta Cowell, la hija sucia del borracho del pueblo.

La clase de niña que debía mantenerse alejada de las demás para que no las contaminara con su conocimiento ganado con esfuerzo sobre el lado repugnante de la vida.

Sin embargo, haber crecido en Lucan durante la Gran Depresión me había enseñado otra cosa.

Había visto como una persona tras otra —gente bondadosa, decente— perdía sus granjas porque no tenían cosechas suficientes para vender.

No importaba lo bueno que fueras, lo mucho que hubieras ayudado a otra gente en el pasado; si no podías pagar al banco, tu familia estaba en la calle y tú estabas arruinado.

En los tiempos difíciles, todo el mundo se convirtió en lo que podía vender.

Todas esas cualidades más refinadas —caridad, empatía, castidad— vendrían más tarde, cuando pudimos volver a tomar decisiones.

En el momento en que decidí acostarme con Ted, traté de ser optimista.

Tal vez ese fuera el inicio de un gran romance.

Tal vez el sexo fuera tan apetecible que ni siquiera lo identificaría con la única vez en la que me habían forzado.

Quería utilizar el sexo para borrar el pasado, para empezar con una pizarra en blanco.

Era pedir mucho para algo que hacían los animales de granja.

—Te lo agradezco mucho, Ted —dije, apoyándome en la pared.

Me acarició la mejilla y sonrió.

—No te preocupes, querida, ahora estás a salvo.

Entonces se me acercó y me besó en la boca con suavidad.

Fue un momento cálido, y me di cuenta de que pensaba que sí que parecía distinto, de que tal vez íbamos a hacer el amor.

Esa esperanza se desinfló en cuanto Ted se puso a actuar de una forma que, sin duda alguna, jamás había consultado con una chica.

Me toqueteó los pechos como si fueran una masa de pan y me metió un dedo delgado y lo hizo girar dentro de mí.

Trató los preliminares como si fueran el prólogo de una novela, algo que casi podía saltarse porque no merecía la pena prestarle atención, antes de tumbarme encima de la mesa y empezar a taladrarme.

Por un momento, me asaltó el miedo, como si me ahogaran y tuviera que hacer inspiraciones profundas y temblorosas y recordarme a mí misma que no estaba de vuelta en Lucan.

Ted se dio cuenta de mi reacción desbordada, pero dio por hecho que solo estaba superada por su poder, y eso le animó a acelerar el ritmo.

Seguí respirando hasta que al final el pánico remitió y lo único que quedó fue hastío.

Me quedé mirando la encimera y conté mentalmente —un Misisipi, dos Misisipis—, con la esperanza de que pronto llegaría al orgasmo. Conté hasta 179.

—Gracias por esto. Eres una gran chica —dijo Ted, después de arreglarse la ropa.

—Gracias a ti también —dije, aliviada de haber pagado la factura.

Me instalé ese día. Por supuesto, acepté la habitación y el trabajo. En 1948, si el propio diablo me hubiera ofrecido un rincón acogedor en el infierno, me lo habría quedado. Y eso hice.