Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 8
19%

8

El móvil de Ruth sonó mientras aparcaba el coche en Coconut Grove. No reconoció el número, pero respondió, por si era alguien que preguntaba por Daphne.

—Eh, Ruth, soy el agente Rankin. No sé si me recuerda… Ha pasado mucho tiempo.

—Sí, le recuerdo —respondió Ruth, sujetando el volante con fuerza. Ya había subido las ventanillas y notó como la temperatura ascendía a su alrededor, en el aire viciado del coche, como si fuera una langosta metida en agua que poco a poco se lleva a ebullición.

—Supongo que le sorprende mi llamada —dijo riendo por lo bajo, como si la idea de pillar a Ruth desprevenida le hiciera gracia.

—Pues sí, la verdad —confirmó Ruth, tajante. Lo cierto es que ya no esperaba saber nada más del agente Rankin, ni de ningún otro policía de Palm Haven.

—El asunto, Ruth, es que este pódcast que está grabando…

es un problema. Es un problema para los Montgomery y también para la policía.

Y bueno, digamos que yo represento a estas dos partes interesadas.

Por consiguiente, le sugeriría que se olvidara de esto.

Se trata de una investigación en activo.

Todavía no sabemos por qué ha confesado y ni siquiera si está diciendo la verdad sobre el resto de los asesinatos.

Podría recibir una citación judicial; hay quienes incluso podrían acusarla de obstrucción a la justicia.

Realmente no sabemos cómo lo consideraría un fiscal del distrito o un juez.

Puede que la castigaran duramente, que la pusieran como ejemplo para todos los influencers y aspirantes a periodistas que complican las cosas.

—¿Que yo estoy complicando las cosas para los Montgomery? —preguntó Ruth.

—Para todos, Ruth —puntualizó en voz baja, reteniendo una amenaza entre los dientes.

Ruth siempre se había preguntado qué tipo de relación mantenían los Montgomery con el agente Rankin, hasta qué punto influían en los casos que él trataba de resolver, en la gente que deseaba investigar. Esta conversación arrojaba mucha luz al respecto.

Ruth abrió la puerta del coche de par en par y respiró hondo, tratando de conservar la calma, aunque una sarta de blasfemias empezaron a aflorar en sus labios.

—No estoy interfiriendo en la investigación. Y la Primera Enmienda protege a la prensa. Además, este pódcast podría ser útil. Tengo grabaciones detalladas en las que Daphne ha confesado sus crímenes —alegó Ruth.

Rankin gruñó.

—¿Me va a dar lecciones a mí de lo que dice la ley? Soy agente de policía, Ruth. Creo que conozco la ley algo mejor que usted. Y, cuando tenemos motivos suficientes, solemos encontrar algún tipo de infracción…

—¿Es una amenaza? —inquirió Ruth, mientras la rabia la atravesaba por dentro. Creían que aún era una niña ingenua de veinte años a la que podían mangonear a su antojo. Pero no tenían ni idea. Corría el año 2022 y la gente ya no se fiaba de los policías.

—Por supuesto que no, la policía no amenaza a nadie, y menos a los periodistas. Considérelo una sugerencia. Este pódcast…, bueno, podría causarle muchos problemas —aseguró con voz suave y complacida, como si entendiera exactamente quién tenía el poder.

—Perfecto. Pues gracias por sus apreciaciones —murmuró Ruth.

Luego colgó y entró a toda prisa en Coconut Grove, sin esperar apenas a la cuidadora que debía acompañarla.

Taconeaba con una fuerza considerable sobre el suelo enmoquetado, como si tratara de sofocar las ascuas de la amenaza que había supuesto esa llamada de teléfono.

—¿Alguien ha matado a tu gato? —preguntó Daphne, dirigiéndose a su butaca con la ayuda del andador.

—Yo no tengo gatos —repuso Ruth, dejándose caer en el asiento que había enfrente de ella.

—Pues nadie lo diría. ¿Qué te ocurre? —le preguntó Daphne.

—Acabo de recibir una llamada de la policía de Palm Haven, básicamente amenazándome para que no haga el pódcast. ¡Los polis de aquí son una panda de ignorantes e incompetentes!

—despotricó Ruth, apretando y aflojando los puños.

Respiró hondo, recordándose a sí misma que era periodista, una profesional, y que quería que Daphne la viera calmada y serena.

—Sí, no puedo decir que sean santo de mi devoción —comentó Daphne, aún examinándola.

A Ruth no le gustaba que la escudriñara; Daphne calaba con facilidad a la gente.

Ruth inspiró profundamente. La conversación con el agente Rankin la había provocado, pero sabía que debía tranquilizarse y concentrarse en la entrevista.

La mejor forma de deshacerse de pájaros de mal agüero como el agente Rankin era sacar un segundo episodio rompedor.

—Evidentemente, seguimos adelante con el pódcast. Bien, háblame sobre tu primer asesinato —dijo Ruth.

Después de haber tensado tanto la cuerda la última vez, parecía que Daphne se estaba comportando mucho mejor. El primer episodio había sido un éxito rotundo, y Ruth había empezado a confiar en que tal vez lograría su propósito, a la vez que, idealmente, se embolsaría algo de dinero.

—Bueno, jamás olvidas el primero —respondió Daphne con una carcajada.

Ruth se contuvo y reprimió un mohín. Se limitó a permanecer sentada en silencio hasta que Daphne retomó la palabra, como una maestra que espera a que se calme el payaso de la clase.

—Era mi… novio. Suena incluso gracioso llamarle «novio» a un hombre de unos treinta años, pero es que fue mi primer chico. Tan solo llevaba unas semanas en Winnipeg cuando lo conocí.

—Por tanto, tenías dieciséis años. ¿Aún piensas en él?

—No, está muerto —respondió Daphne encogiéndose de hombros—. Una vez que están muertos, lo único que puedes hacer es… olvidarte de ellos.

Ruth apartó la mirada para que Daphne no viera su mueca.

Era un comentario muy cruel, sobre todo teniendo en cuenta que familiares de las víctimas de Daphne podrían estar escuchando.

Sin embargo, eran unas declaraciones fantásticas para el pódcast. Resultaba extraño, estar sentada allí, hablando con Daphne, y al mismo tiempo estar editándolo todo mentalmente, puliéndolo para su público imaginario.

—Pero a ti no te olvidará la gente cuando hayas muerto, ahora no.

—Sí, de eso se trata —dijo Daphne—. Un 99 % de la gente que vive hoy no desea caer en el olvido, pero ese será el destino de la mayoría. Admítelo, a ti te importaría una mierda Ted, un tipo que murió en otro país hace más de setenta años, si no fuera por mí. Tiene que contar para algo.

«¿Contar con quién?», se preguntó Ruth.

SEGUNDO EPISODIO: 1948-1952

RUTH : ¿Cuál fue tu primera impresión de Winnipeg?

DAPHNE : Bueno, nunca había estado en una ciudad de verdad. Sabía tan poco sobre el mundo que no podía pensar mucho, de lo contrario habría entrado en pánico. Así que lo único que debía hacer era lanzarme, como una vaca que embiste una vieja cerca. Necesitaba que mi vida diera un cambio a mejor.

RUTH : ¿En qué sentido?

DAPHNE : Pues, en esa época, creo que quería estar a salvo. Quería un trabajo, libertad para tomar mis propias decisiones, y tal vez un poco de emoción. Enseguida encontré una habitación en una pensión. Consistía en una cama que habían metido en la vieja despensa.

RUTH : ¿Una despensa?

DAPHNE : ¡Señor, creía que tenías un título universitario!

Seguro que fuiste a una de esas universidades falsas que anuncian por la tele.

Me refiero a un lugar donde guardas comida, pero que no necesita frío.

Como decía, me gustaba la casa porque siempre entraba y salía gente, así que sabía que nadie se fijaría en mí.

Pero el problema fue que no encontraba trabajo.

La ciudad estaba repleta de antiguos granjeros que habían visto sus sueños hacerse añicos en la Gran Depresión, y también de antiguos soldados cuyos escuadrones habían desaparecido en la guerra, y todos ellos querían un empleo.

Cada día que no trabajaba, veía más reducido mi dinero.

Pronto solo me quedó para pagar una semana más de pensión, y me asusté.

RUTH : ¿Te asustaste por si tenías que volver a casa?

DAPHNE : Oh, sabía que jamás regresaría a Lucan.

Me habría tirado al tren antes que eso. No, estaba asustada simplemente de verme en la calle, o tal vez incluso de tener que vender mi cuerpo por dinero, porque detestaba a los hombres.

Es curioso: después de tantos años, aún recuerdo lo horrorizada que estaba.

Por las noches me quedaba tumbada en la cama, paralizada por esa losa.

Y fue entonces cuando conocí a Ted, en mi momento más bajo.

Pero eso siempre es así cuando conoces a hombres como Ted, la vida te ha ganado la batalla…

Esa última semana de desesperación fue uno de los episodios más difíciles de mi vida.

Me pasaba todo el día andando, buscando trabajo por la ciudad, y tenía todo el cuerpo maltrecho por la ansiedad.

Me dolían los pies, enfundados en los zapatos de la viuda, pero no me podía calzar mis viejas botas porque entonces todo el mundo sabría quién era yo exactamente.

La mayoría se lo olían, de todas formas.

Entré en una panadería y la dependienta me echó un vistazo, quemada por el sol, nerviosa, vestida con una ropa que no me correspondía, y me dijo que no contrataban basura.

Probé suerte en todas las tiendas y restaurantes que encontré, pero nadie tenía un empleo para una adolescente sin estudios ni experiencia laboral, salvo que no fuera cultivar la tierra.

Un comerciante señaló a los veteranos que hacían cola delante de la tienda, con la esperanza de que alguien les diera trabajo como jornaleros, y me preguntó qué me hacía pensar que yo era mejor que ellos.

Bajé la cabeza y me fui, aunque realmente quería preguntarle qué le hacía pensar que él era mejor que yo, si bien mi única pertenencia era una maleta llena de prendas robadas que ya había empezado a vender a otras mujeres de la pensión.