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Era una mañana preciosa en que soplaba un poco de brisa, y Ruth estaba sentada en The Long Bean, su cafetería favorita, tratando de remediar con cafeína otra noche sin dormir.
Ruth siempre había tenido problemas para dormir.
Antes pensaba que era por los canapés de mierda en los que dormía de pequeña, pero en los últimos tiempos parecía que cada vez que se iba a dormir recordaba el pasado.
Su madre. Su padre. La época en que iba a la universidad.
Los momentos de su vida en los que daba la sensación de que todo iba bien, justo antes de que las cosas se volvieran a torcer.
Esa noche había dado vueltas en la cama mientras repasaba la historia del cura que le había contado Daphne, tratando de entender cómo una víctima había pasado a ser un verdugo, tanto si había sido un proceso gradual como si había ocurrido de golpe.
Era, simplemente, otro pensamiento sombrío que los antidepresivos de Ruth no acababan de aplacar.
Sin embargo, entrevistar a Daphne no era tarea fácil.
Divagaba mucho, daba la vuelta a las preguntas y esquivaba constantemente los recuerdos que le hacían parecer vulnerable.
Aun así, había cierta afinidad con Daphne.
Ruth sabía lo que era ser pobre, y estar rabiosa y frustrada.
Sentir que todo el mundo se une contra ti.
Por supuesto, jamás se había puesto un saco de harina como camiseta, pero en el instituto Katie Weir le había preguntado por qué siempre llevaba las mismas tres camisetas para ir a clase, y si no tenía más ropa.
Ruth debía mantener las distancias como profesional, pero le costaba permanecer sentada un día tras otro escuchando la historia de alguien y no sentir una conexión.
—¿Ruth Robinson?
Ruth alzó la vista y allí, enfrente de ella, enfundada en un vestido blanco de tenista y unas zapatillas de diseño, estaba un fogonazo del pasado. Que no era bienvenido.
Erin Demarco. Ruth había ido a la universidad con ella.
Durante cuatro años habían vivido en una proximidad constante —en la residencia de estudiantes, en las clases de periodismo, en el trabajo de final de carrera—, aunque ninguna disfrutaba lo más mínimo de la compañía de la otra.
Tenían amistades en común, amigos íntimos, de hecho, pero Erin y Ruth eran demasiado distintas.
Erin tenía a un dermatólogo en marcación rápida, mientras que Ruth se había comprado una caja de limpiadores faciales en una liquidación por cierre.
Al terminar la universidad, Erin se valió de su posición acomodada de la que siempre había alardeado para cursar una serie de prácticas en Nueva York, que le pagaron sus padres, y luego consiguió un empleo en Vanity Fair .
No ayudó el hecho de que Erin fuera también bastante cabrona.
—Soy yo —respondió Ruth con un pequeño saludo (Oh, Dios, ¿por qué había hecho eso?) y sonriendo.
—¡Dios, cuánto tiempo! ¡Pero si estás igual! ¡Bueno, te vistes igual, al menos! ¡Ahora ya no podrías pasar por una de veintiuno, claro! —le soltó Erin riendo, mientras se alisaba su lustroso pelo color nuez.
—¿Te has mudado de nuevo a Florida? —le preguntó Ruth, decidida a desatascar la conversación.
—No, solo estoy de visita, en casa de mis padres. He tenido mucho trabajo últimamente. Pronto saldrá «Hollywood Issue»… —Erin se calló. Observó a Ruth expectante, como esperando que le preguntase algunos detalles jugosos, pero Ruth no mordió el anzuelo.
—¿«Hollywood Issue»?
—¡Sí, de Vanity Fair ! Y, por supuesto, luego tenemos que pensar en los Óscar y en la fiesta que le sigue después… ¡Un faenón! —respondió Erin, y a continuación le preguntó—: ¿Y tú a qué te dedicas? ¿Sigues repartiendo paquetes para Amazon?
Ruth puso los ojos en blanco. Hacía muchos años que lo había dejado. La noble profesión de escribir artículos sobre chapuzas en operaciones de cirugía estética había sustituido el trabajo de repartidora.
—Ahora mismo estoy grabando un pódcast. ¿ Los asesinatos de Daphne St. Clair ? Estoy entrevistando a Daphne, analizo su vida y comparto confesiones detalladas sobre sus crímenes.
—Oh, no he oído hablar de él —dijo Erin, pero el hecho de que evitara el contacto visual la delató. Puso cara de sensiblera y preocupada, y añadió—: Me sorprende que precisamente tú te dediques a los crímenes reales, ¿no? ¿No te hace sentir incómoda?
—¿Que si el pódcast sobre crímenes reales número uno del país me hace sentir incómoda? Sí, creo que sí, en cierto modo, pero me las arreglaré —repuso Ruth con desdén, ignorando deliberadamente las pequeñas pullas que le lanzaba.
—Sí, bueno, supongo que es solo un pódcast —dijo Erin, y enfatizó la palabra solo poniendo morritos. Dio la sensación de que quería añadir algo más, pero optó por callar.
—Uno de los medios que crece más rápido. Oye, ¿cómo le va a la industria de las revistas? —preguntó Ruth, plenamente consciente de que abandonaban a toda velocidad un territorio pasivo-agresivo y se adentraban en la pura agresividad.
—Bueno, debo irme. Que te vaya bien todo eso del pódcast. Creo que es un poco de mal gusto idealizar a una asesina en serie, ¡pero si a ti no te importa, felicidades!
—La verdad es que… —empezó a responder Ruth, pero Erin ya había salido por la puerta.
Puede que no hubiera tenido la última palabra, pero Ruth se había dado cuenta de que Erin conocía el pódcast cuando le había mencionado el título.
No había nada tan gratificante como saber que Erin Demarco le tenía envidia. Y eso era solo el principio.