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Después de una cena patética a base de huevos revueltos en una tostada, Ruth se sentó frente a su viejo escritorio desvencijado de IKEA .
Cuando Jenn vivía allí, Ruth le tomaba prestado su escritorio de época con tapa siempre que podía.
Jenn era también escritora, un autora indie de cierto éxito que escribía novelas de ciencia ficción y distópicas que contaban con un grupo de fans sorprendentemente furibundos.
Además, era disciplinada, y todos los días escribía y hacía ejercicio, y llenaba el piso con los aromas a limón de la fresca cocina mediterránea.
Sin embargo, Jenn, su escritorio y sus deliciosos olores ya no estaban, y las cenas deslucidas que se preparaba Ruth, junto con su incómodo entorno de trabajo, no hacían más que evidenciar que su vida se había desmoronado.
Pero basta de elucubraciones. Ruth debía contactar con Daphne y no podía permitirse perder tiempo, no cuando Daphne podía ir a la cárcel en cualquier momento. Ruth necesitaba encontrar un modo de abrirse camino entre la frivolidad de Daphne.
No obstante, había gente. Y Ruth tenía el presentimiento de que, con los años, Daphne habría revelado facetas de su yo auténtico a los demás, aunque fueran solo pequeños retazos.
Como los asesinatos de Daphne, es probable que esas personas estuvieran diseminadas por todo el país. Pero Ruth podía encontrarlas.
Lamentablemente, en ese momento empleaba sus aptitudes para investigar las tendencias más de moda en TikTok y qué había sido de las estrellas infantiles de los noventa como periodista freelance para webs en busca de clics.
El trabajo estaba mal pagado y era una estupidez, pero Ruth había tratado sin éxito de encontrar un empleo mejor en tantas ocasiones que al final había desistido.
El punto de partida más evidente eran las hijas de Daphne.
A diferencia de su madre, Diane Hatton y Rose Prescott estaban en todas partes en internet.
Sus imágenes llenaban las páginas de la alta sociedad de Florida, un millón de fotos insulsas en las que aparecían sonriendo en actos benéficos, cogidas del brazo de un grupo de ricachones con unos bronceados relucientes y unas frentes estáticas.
Diane estaba casada con un inversor inmobiliario de la zona, el tipo de hombre que no se lo pensaba dos veces antes de drenar un humedal solo para construir otra pista de golf.
(¿Florida no tenía bastantes?). Rose estaba casada con un senador republicano de línea dura, y Ruth se alegraba pensando que pasaría varias noches sin dormir a causa de la mancha que la confesión de su suegra representaba para su reputación.
No esperaba que ni Rose ni su marido senador figuraran en la lista, pero era fácil dar con el número de teléfono del domicilio de Diane en internet.
—¿Hola? —respondió la voz de una mujer. Parecía distraída, y Ruth oyó un televisor de fondo.
—¿Hola, Diane? Me llamo Ruth Robinson y soy periodista. Su madre y yo estamos grabando un pódcast sobre su vida. Espero que me proporcione alguna información preliminar —se apresuró a decir Ruth, consciente de que Diane le podría colgar en cuanto ella mencionara a su madre.
—¡Cómo se atreve a llamarme! Si menciona a mi hermana o a mí en ese pódcast, ¡haré que mi abogado la arruine! —Diane escupió al teléfono, y Ruth se apartó el auricular de la oreja.
Diane era, sin duda, alguien que estaba acostumbrada a conseguir lo que quería. Ruth había conocido a mujeres así, mujeres que se valían de su rabia y reacciones histriónicas para someter a todo el mundo. Decidió aprovechar el agudo instinto de supervivencia de Diane.
—Diane, ya tengo una plataforma para el pódcast, y mi intención es empezar a emitir episodios de forma inmediata. Le puedo garantizar que un pódcast que incluye entrevistas con una asesina en serie va a ser todo un éxito. Esta es su oportunidad para compartir su punto de vista.
—¿Qué punto de vista? No tenía ni idea de todo esto hasta que confesó.
—¿Lo ve? Necesita explicárselo a la gente.
Porque si no lo hace, la gente verá a dos hijas que han vivido durante mucho tiempo con una madre que era asesina en serie.
Y puede que empiecen a preguntarse… ¿cómo es que no lo sabían?
—argumentó Ruth, asombrada de la fuerza de su tono, como si la emoción de la persecución despertara unos impulsos que permanecían latentes en ella desde hacía tiempo.
Se hizo un largo silencio mientras Diane consideraba las palabras de Ruth, y la amenaza que se ocultaba tras ellas.
—Si accedo, debes proteger nuestras reputaciones. Visto en perspectiva, puede que haya habido algunos… sucesos sospechosos a lo largo de los años. Pero en realidad no sabemos nada. Los niños simplemente aceptan lo que les dice su madre.
—No tergiversaré los hechos, pero no trataré de calumniarlas.
Eran unas crías, al fin y al cabo —dijo Ruth, procurando elegir sus palabras con el máximo esmero para mantener abiertas sus opciones.
Si las gemelas eran culpables de algo, se trataba probablemente de ignorancia con una pizca de ceguera deliberada.
No obstante, puede que fueran tan malhechoras como su madre, y debía estar preparada para apretarles más las clavijas si era necesario.
—¿Rose también participará? —preguntó Ruth.
—Hablaré yo en nombre de las dos. Ella tiene que ser muy cautelosa porque su marido es senador.
—De acuerdo. Bien, quiero hacerles varias entrevistas en las próximas semanas, pero lo que necesito ahora mismo es algunos datos previos. ¿Cuál es el verdadero nombre de su madre? ¿Y dónde se crio?
—Sé su nombre de pila, pero desconozco su nombre de soltera. En realidad, se llama Loretta. Me lo confesó una noche después de tomar mucho vino, dijo que siempre lo había odiado.
—¿Y su ciudad natal?
—Está en… Canadá —respondió, como si fuera un secreto vergonzante—.
Es un lugar llamado Lucan, al sur de Saskatchewan.
Solo sé esto porque a veces soltaba que jamás volvería a ese lugar, que cuánta suerte teníamos de crecer en una ciudad llena de gente tan apasionante.
No puedo decir que esté en desacuerdo —afirmó Diane con una carcajada seca.
—Bien, esto me sirve. Solo una última pregunta. ¿Diría que fue una buena madre?
Hubo una larga pausa al otro lado del teléfono. Cuando Diane volvió a hablar, lo hizo con una voz más suave y cargada, como si estuviera congestionada.
—No lo sé. Depende del día. —Y colgó.
Más tarde, Ruth estaba sentada viendo la cobertura del caso de Daphne en televisión.
Si bien la policía apenas había difundido información, alguien (probablemente un empleado de Coconut Grove) había filtrado imágenes de Daphne a los medios, algunas fotos de anciana y una de cuando era joven y glamurosa, luciendo un biquini de los años cincuenta.
Todo el mundo las analizaba minuciosamente, y también el informe no confirmado según el que Daphne era una envenenadora en serie.
Los expertos en lenguaje corporal debatían si tenía «ojos de diablo», las feministas y los activistas a favor de los derechos de los hombres deliberaban acerca de lo que este caso representaba, incluso había una escena cómica en que un hombre disfrazado de anciano simulaba que organizaba una demostración culinaria en la que todos los invitados acababan muertos.
Daphne era objeto de debate también en otros medios.
Los incels en Reddit utilizaban a Daphne para refrendar todas sus teorías poco elaboradas sobre las mujeres.
Ruth había leído artículos de opinión en los principales periódicos que hablaban sobre el hecho de que Daphne representaba una era, un problema, una cuestión, aunque nadie sabía con certeza de qué se trataba.
Todo el mundo hablaba sobre Daphne. En especial, las mujeres.
Esta misteriosa asesina de hombres parecía consolarlas de un modo secreto, vergonzoso, con esa idea de que podía haber algo peligroso acechando dentro de todas ellas, de que puede que no fueran tan frágiles como suponían los hombres.
Y, por supuesto, todo el mundo deseaba saber por qué exactamente había confesado.
¿Qué clase de asesina en serie que se preciara se entregaría?
Ruth estaba viendo como un experto de la CNN hablaba de encarcelar a los ancianos cuando bajó la vista para consultar el móvil y comprobó que tenía una llamada de su madre.
Louise Robinson trabajaba en un centro de llamadas cerca de Tampa.
Era un empleo tedioso, pero era más viable para Louise que hacer de camarera y repartidora, ya que le habían diagnosticado un principio de Parkinson.
Tras toda una vida trabajando mucho como una joven madre soltera, en ese momento Louise trabajaba aún más para mantenerse a flote en un país que disponía de muy poco tiempo para la gente con enfermedades crónicas.
Era duro observar como su madre estaba cada vez peor, era duro ver como los médicos daban palos de ciego con los millones de síntomas distintos que aparecían, y era duro pensar en lo que llegaría a costar la enfermedad de Louise a medida que empeorara, un coste que Ruth debería asumir en solitario.
Con una punzada de culpa, Ruth decidió no devolverle la llamada.
Hacía tiempo que no tenía contacto con su madre, y le preocupaba que, si hablaba con ella, terminara contándole lo del pódcast. Confiaba con que Louise aún no hubiera oído hablar de él.
Era la peor sensación en el mundo, preocupar a su madre, y Ruth lo había hecho durante años.
Pero esto era distinto. Su madre no lo soportaría.