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Ruth regresó a Coconut Grove al día siguiente con el renovado propósito de sonsacarle la historia a Daphne.
Era temprano, así que se quedó sentada en el coche, organizando la bolsa y respondiendo correos.
Sin pensar, Ruth entró en el Instagram de Jenn, en busca de cualquier pista sobre su nueva vida.
Lo hizo casi de forma inconsciente, pero el dolor que le suponía ver el rostro de Jenn la sorprendía cada vez, como si hundiera el dedo en una llaga.
Su publicación más reciente era de la firma de un libro, y Ruth examinó una imagen de Jenn de pie sospechosamente cerca de una mujer no identificada.
¿Ya salía con alguien? ¿Debería Ruth volver a tener citas?
Era difícil encontrar pareja en la treintena; la gente tenía ciertas expectativas sobre lo que debería haber logrado una persona a esa edad.
La vida sentimental de Ruth había sido otra de las cosas que había sido inestable en los últimos seis años, y su fluidez en el sexo solo había frustrado y decepcionado a gente de todas las identidades de género.
Era por la mañana, pero hacía mucho calor y humedad; era como si tuviera una almohada encima de la boca y le costara respirar.
Ruth suspiró y se quedó mirando una valla publicitaria próxima con un anuncio del grupo Sunshine Development, la mayor compañía inmobiliaria de la ciudad.
Estaban por toda la localidad, recordando a todo el mundo que, mientras que unos se afanaban en escribir artículos mal remunerados sobre los implantes de glúteos de las celebridades, las familias adineradas como los Montgomery —los propietarios del grupo Sunshine Development— poseían zonas residenciales y McMansions, y transmitían su riqueza y sus empresas de generación en generación.
El bloque de pisos de Ruth lo había construido Sunshine Development, y cada vez que pasaba junto al cartel de la entrada, se imaginaba que lo rompía de un puñetazo.
De nuevo, una cuidadora acompañó a Ruth al apartamento de Daphne. En esta ocasión, la cuidadora le dio las pastillas a Daphne. Daphne se fue al baño mientras Ruth preparaba el equipo. Una vez que salió y estaba acomodada en su butaca, Ruth empezó a hacerle preguntas.
—Empecemos por el principio —dijo.
—Oye, tengo noventa años, toda una vida. Vamos a lo que nos interesa de verdad —alegó Daphne, pero Ruth la interrumpió.
—No, creo que el principio es importante. A la gente le encanta saber ese tipo de cosas. ¿Dónde te criaste?
—En Nueva York. En un pequeño piso de Midtown —respondió Daphne rápidamente, lanzándolo sobre la mesa como si fuera calderilla.
—¿En serio? Porque tu hija me dijo que eres de una pequeña localidad de Canadá —apuntó Ruth, tratando de no sonar triunfal.
Apareció un destello sombrío en los ojos de Daphne. Ruth la había molestado. Pues vaya.
—Entonces ¿por qué lo preguntas si ya sabías la respuesta? —inquirió Daphne con tono agrio.
Cruzó los brazos sobre su blusa de seda color cereza y frunció el ceño.
—Quería saber si me mentirías —respondió Ruth sin rodeos, dejando la libreta sin abrir en su regazo.
El equipo de grabación hacía el trabajo más pesado, de modo que ella podía centrarse en las expresiones que asomaban en el rostro de Daphne, veloces como un estornino que pasa por delante del sol.
Observó como Daphne se sacudía la rabia de su cara, dejándola tan nítida y limpia como una camisa recién planchada.
—Vale, ahí me has pillado. Pero ¿no es cierto que en América una persona puede ser lo que le dé la gana? Soy neoyorquina de corazón; fue solo cuestión de mala suerte el que naciera en medio de la nada.
—¿A qué se dedicaban tus padres?
—Eran granjeros. Por supuesto. En Saskatchewan todo el mundo es granjero —espetó Daphne, como si Ruth supiera algo de Saskatchewan. O de Canadá, ya puestos. No se tenía que estar nada bien allá arriba; al parecer, siempre bajaban a Florida a pasar las vacaciones.
—¿Tuviste una infancia feliz? —preguntó Ruth.
Daphne puso los ojos en blanco.
—¿Has conocido a muchas asesinas en serie que hayan tenido una infancia feliz? Es duro irse a la cama con la barriga llena y el corazón contento y pensar: «Mierda, lo único que me falta es un cajón repleto de dientes de prostitutas».
«Trata de impresionarme», pensó Ruth, y mantuvo una expresión neutral para no dar a Daphne la reacción que ella quería.
La falta de tacto, la irreverencia obedecía al mismo propósito que el encanto superficial que con toda probabilidad empleaba con los hombres: mantener a raya a los demás.
Sin embargo, Ruth debía hurgar más, abrirse paso por debajo de esa superficie tan quebradiza.
—¿Por qué fuiste infeliz en tu infancia?
—Pregúntame por qué fui feliz; la lista es mucho más corta —replicó Daphne.
Otra ocurrencia ideal para una pegatina de coche.
Ruth se quedó sentada, dejando que el silencio llenara la habitación hasta que Daphne suspiró y prosiguió—: Mis padres eran muy pobres, y tuvieron demasiados hijos.
Para colmo, nací en la década de los treinta, durante el Dust Bowl.
Fueron los peores diez años para llevar una granja. La gente lo perdió todo.
—¿Cuántos hijos tuvieron?
—Siete. Y yo era la mayor, lo que significa que pasé mi infancia hirviendo pañales y corriendo detrás de pequeñajos.
—¿Y tus padres? ¿Hicieron que no fueras feliz?
—Pues claro. Mi madre nunca tenía tiempo para ocuparse de nosotros.
Estaba demasiado atareada con el trabajo, siempre estaba trabajando, para intentar mantener la granja a flote.
Esa mujer era la persona más trabajadora que he conocido, y se le notaba.
Cuando cumplió treinta parecía que tenía sesenta; era solo huesos, y con tantas canas…
Creo que podría contar con una sola mano las veces que la vi sonreír.
—Su voz era una extraña mezcla de orgullo y amargura.
—¿Y tu padre? ¿Te llevabas mejor con él? —preguntó Ruth, casi segura de que la respuesta sería negativa. Daphne había confesado haber matado a un montón de hombres. No tenía ninguna pinta de ser la «niña de papá». Aun así, quería que lo dijera en voz alta.
—No. Era un malnacido —replicó Daphne.
—¿Y eso?
—Si crees que voy a hablar sobre mi padre, lo tienes claro.
—Daphne rebosaba ira, por un momento se convirtió en una persona distinta, una máscara que se salía de su sitio antes de volver a encajarse.
Había verdad detrás de la fachada, un sentimiento de frustración que Ruth reconoció al instante.
Pero Ruth debía ser precavida cuando preguntaba por el padre de Daphne.
Sabía que había cosas que cuesta mucho compartir.
Así que dejó que Daphne controlara el tempo de la narración.
Al menos, de momento.
Es difícil explicar a una persona joven cuánto puede cambiar alguien a lo largo de su vida.
El modo en que me crie ya no existe. Las cosas que hoy en día la gente da por descontadas, como las frutas exóticas, tener más de un conjunto de ropa a la vez, viajar a otros países, eran impensables cuando yo era pequeña.
Era un mundo distinto, una época anterior a Hitler, la Guerra Fría, la televisión, el control de natalidad.
Los jóvenes no entienden que un día cambiarán los países sin siquiera moverse, que el mundo en el que han crecido desaparecerá para siempre.
No soy una de esas abuelas que cuentan una y otra vez la historia de su vida a sus nietos, con la esperanza de que memoricen cada uno de sus detalles y me quieran mucho después de haberme convertido en abono.
Casi todos mis nietos son idiotas que o me ignoran o tratan de hacerme bailar en vídeos con ellos para que los desconocidos que nos vean en internet crean que somos graciosos.
Nací en el 1932 en Lucan, Saskatchewan. Era un lugar anodino, agreste.
Con eso ya te lo he dicho todo. Cuando yo nací, Saskatchewan sufría una sequía desde hacía dos años; la gente se refería a ella como «tiempos difíciles».
Los cultivos quedaban abrasados bajo el sol, y todo se secó tanto que la capa superior del suelo se levantó y desapareció.
Al poco, vino el Dust Bowl, en que unas tormentas de polvo descomunales taparon los rayos de sol, derribaron las casas y asfixiaron el ganado.
Estaba cubierta de polvo, tenía arena en el pelo, dentro de los ojos, se me acumulaba en la ropa y en las grietas del cuerpo, secándome, convirtiéndome en fósil.
A veces lo único que tenía en el estómago era polvo, en los meses de escasez.
Y todo ese polvo se nos iba a los pulmones, y nos pasábamos todo el día tosiendo.
Un médico de Nueva York me dijo en una ocasión que me había visto cicatrices en los pulmones provocadas por todo el polvo que había respirado de pequeña.
Había estudiado en Oklahoma y me aseguró que enseguida calaba a una víctima de esas tormentas extremas.
No volví a ir a consulta con ese médico.
No soportaba la idea de que mi cuerpo revelara mis secretos.
Luego los saltamontes llegaron a Saskatchewan, como una plaga bíblica.
Devoraron el resto de los cultivos, las hortalizas del huerto, incluso las prendas y la ropa de cama que estaban tendidas.
Lo único que oímos era un zumbido extraño, como si el aire hubiera sido electrificado.
Era inquietante. Había tantos saltamontes que los trenes no podían circular porque sus cuerpos aplastados se pegaban en las vías.
Y cada vez que salías de casa, caminabas sobre una alfombra de saltamontes y notabas como crujía bajo tus pies, como si se rompieran unos huesos.