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RUTH : Hola, me llamo Ruth Robinson y voy a entrevistar a Daphne St. Clair.
Y bien, ¿qué es lo que sabemos hasta ahora?
Sabemos que Daphne ha sido acusada del asesinato en primer grado de Warren Ackerman aquí, en Florida.
También sabemos que Daphne ha confesado haber matado a más personas a lo largo de varias décadas y en diferentes lugares.
Ha dado detalles sobre estos asesinatos a la policía, pero estos aún no se han hecho públicos.
Y puesto que Daphne ha confesado haber asesinado a Warren y que, con toda seguridad, se declarará culpable, no será sometida a un juicio penal.
Por consiguiente, este pódcast es un registro de lo sucedido, una oportunidad para llegar al fondo de los hechos antes de que Daphne vaya a la cárcel o, siendo realistas, a juzgar por su edad, fallezca y se lleve su historia a la tumba.
Cabe tener en cuenta, no obstante, que Daphne probablemente solo dará su versión de lo sucedido.
Por tanto, vamos a resolver un misterio juntos.
Vamos a descubrir quién es Daphne St. Clair. Y qué ha hecho exactamente.
Ruth Robinson cruzó Coconut Grove acompañada de una mujer con el semblante adusto.
Era muy menuda, y Ruth, que medía un metro ochenta, se elevaba sobre ella.
Caminaba deprisa, y unos rostros arrugados escudriñaban a Ruth desde las habitaciones que iban dejando atrás.
Puede que su presencia impusiera, pero los residentes parecían asustados.
El ambiente era silencioso y apesadumbrado, como si el hecho de saber que se hubiera cometido un asesinato en la propia residencia, y que la criminal estuviera en el pasillo, los hubiera paralizado a todos.
—Perdona, ¿podría ir un momento al baño? —preguntó Ruth cuando pasaron junto a los servicios.
La mujer resopló con irritación, pero se detuvo y aguardó fuera con mala cara mientras Ruth entraba.
Ruth se quedó de pie enfrente del lavabo, mientras una ansiedad extraña se apoderaba de ella.
Se echó agua en la cara y se arregló la lacia coleta frente al espejo, contemplando su reflejo.
A decir verdad, no imponía a nadie. Sin duda, tenía unas cejas vistosas, gruesas y oscuras, muy arqueadas.
Sin embargo, lucía una piel cetrina, lo que no era nada habitual en alguien que había vivido tanto tiempo en Florida, y una ruptura reciente le había provocado unas ojeras oscuras como moratones por la falta de sueño.
Sabía que debía salir de ese baño, encontrarse con Daphne, grabar un pódcast revelador y dar un nuevo impulso a su carrera profesional, pero parecía incapaz de mover los pies.
Últimamente se había sentido muy frustrada y enfadada con la vida.
Era como si no pudiera salir de ese agujero en el que estaba atrapada desde los veinticinco años, como si no pudiera romper con el pasado.
Esa era la oportunidad de su vida, la gran ocasión para cambiarlo todo.
Pero ¿y si lo jodía? Ojalá pudiera llamar a Jenn.
Durante los dos últimos años, Jenn había sido quien había hablado por Ruth.
Sin embargo, una separación se trataba de eso: de arreglártelas tú solo.
Ruth respiró hondo, se tiró de la blusa hacia abajo y salió muy decidida del baño, confiando en que la propia inercia la llevara a actuar si no lo hacía la fuerza de voluntad. La empleada de Coconut Grove acomodó su paso al suyo, sin mediar palabra hasta que se detuvo en seco.
—Ese es su apartamento —dijo la mujer, señalando una puerta a la vuelta de la esquina.
—Creía que le habrían puesto vigilancia —comentó Ruth.
La mujer se rio con sorna, y sus dientes blancos relucieron bajo las tenues luces del techo.
—Apenas puede andar. Tenemos cerradas con llave la puerta de su habitación y las que dan al patio, y nuestras instalaciones están equipadas con unas excelentes medidas de seguridad.
—De acuerdo. Bueno, gracias por acompañarme —dijo Ruth.
—Es mi trabajo. Personalmente, me repugna que esté usted aquí. Todos queríamos a Warren —repuso la mujer con tono categórico, mientras llamaba a la puerta de Daphne y luego la abría con llave.
RUTH (voz en off ): Es una situación extraña entrevistar a una asesina en serie en una residencia de ancianos.
No había grilletes ni guardias armados para protegerme, sino que me encontraba en una estancia espaciosa con una mujer mayor sentada en una butaca de rayas, con la luz del sol iluminándole su permanente teñida de negro.
Daphne no parecía peligrosa; daba la impresión de que estaba a un paso de la muerte.
Sin embargo, su último asesinato era muy reciente, por lo que debía andarme con mucho cuidado en este lugar.
Daphne me saludó y me ofreció asiento, y su voz me impresionó al instante.
Era más seca en persona, usaba un tono cortante, como si tan solo tuviera un minuto para hablar antes de volver a sus tareas.
RUTH : Hola, muchas gracias por recibirme, señora St. Clair.
DAPHNE : Puedes llamarme Daphne. Vamos a pasar mucho tiempo juntas, de modo que quizá sería mejor que prescindiéramos de «señora» y todas esas bobadas. Vamos a tutearnos.
RUTH : Muy bien, Daphne. En ese caso, llámame Ruth, por favor.
DAPHNE : ¿Ruth? Hay muchas Ruths aquí. Aquí todo el mundo se llama Ruth, Doris o Phyllis. Pero las jóvenes ya no se llaman Ruth.
RUTH : Apuesto a que mi madre me odia.
DAPHNE : Es lo más posible, pero probablemente jamás lo reconocerá.
RUTH : ¿Sueles ser tan tajante o solo con los periodistas?
DAPHNE : No te alteres. Es solo mi forma de hablar.
RUTH : Bien. Estamos aquí para hablar de ti. Así pues, ¿por qué motivo has decidido confesar estos asesinatos?
DAPHNE : Estaba aburrida. En este lugar, todos los días son idénticos. Tan solo me apetecía que ocurriera algo.
RUTH : ¿Eres consciente de que en la cárcel también todos los días son iguales, y de que será mucho menos agradable que este lugar?
DAPHNE : Sí, Ruth, no se me ha ido la cabeza. Tal vez también quería que la gente supiera que no soy el típico carcamal. Cuando cargas con algo durante tanto tiempo, quieres que se sepa.
RUTH : Vale, de modo que no eres como las otras chicas. No es habitual, sin embargo, que los asesinos en serie den un telefonazo y confiesen un asesinato que se está considerando como una muerte natural, ¿verdad?
DAPHNE : No. Normalmente solo confiesan cuando la policía ha estrechado el cerco lo bastante como para trincarlos. Y la policía de Palm Haven jamás me detendría; son una panda de inútiles con la piel quemada por el sol y montados en Segway.
RUTH : No te digo que no. Tu historial de investigaciones de crímenes deja mucho que desear. Tuvieron suerte de que confesaras.
DAPHNE : Pero los asesinos en serie confiesan, ¿sabes?, de vez en cuando. Ed Kemper llamó a la policía y confesó. Estoy casi segura de que el «asesino del ferrocarril» también lo hizo.
RUTH : ¿Estás muy puesta en el tema de los asesinos en serie?
DAPHNE : Leo un montón de libros sobre crímenes reales. Aunque también leo mucho en general. No hay gran cosa por hacer aquí. O sea que no te imagines lo que no es.
RUTH : Yo también. Libros, documentales, pódcast, desde que encontré, cuando era pequeña, un ejemplar de The Stranger Beside Me de Ann Rule en un motel. Después se volvió un poco como una obsesión.
DAPHNE : Y ahora vas y te metes en la mente de un asesino. ¿Es por eso por lo que te gustaban, ¿verdad? ¿Porque te enseñaban sobre los monstruos?
RUTH : Mmm… Supongo que esto es interesante.
De todos modos, para mí, era la resolución de un misterio.
Mi parte favorita era siempre cuando detenían al asesino e intentaban que confesara, que revelara los nombres de toda la gente que había matado y todos los lugares donde había abandonado los cuerpos.
Pero supongo que tu historia es distinta porque has confesado cuando nadie ni siquiera sospechaba que había ocurrido un asesinato.
¿Ha sido la culpa lo que te ha llevado a hacerlo?
DAPHNE : No, no creo que este sea el caso. Siempre he tenido una autoestima muy alta.
[Llaman a la puerta].
CUIDADORA : Las pastillas.
DAPHNE : Y la sonrisa, ¿qué?
[Se cierra la puerta de un portazo].
DAPHNE : ¡Joooo! Qué susceptible. Me las tomaré en el baño. Vamos a hacer una pausa.
[Sonidos de Daphne levantándose, arrastrando los pies y abriendo puertas].
RUTH (voz en off ): Daphne se ha ausentado un rato.
Me he levantado y he empezado a dar vueltas por el salón.
Había un gran televisor y una estantería repleta de libros.
Casi toda la gente mayor tenía los salones llenos de fotos de sus familiares, pero las únicas imágenes que había allí eran cuadros.
He visto un par de grabados de Edward Hopper y varias obras David Hockney (una de ellas incluso he pensado que podía ser original).
La puerta del dormitorio estaba entornada, y la he empujado para abrirla, consciente de que ahora sí estaba fisgoneando.
Había una cama grande de tipo hospitalario que se podía elevar y reclinar.
El armario estaba abarrotado de ropa, calzado y joyas, todo relativamente nuevo.
En la mesita de noche, situada al otro lado, encontré la única fotografía del apartamento: una pequeña foto en blanco y negro enmarcada de una mujer con un niño pequeño, tal vez de dos o tres años, en brazos.
La mujer tenía el pelo oscuro y la tez marfil, y lucía una sonrisa luminosa.
Estaba deslumbrante, enfundada en un vestido de tubo de los años cincuenta.
Sin embargo, ha sido el modo en que rodeaba al niño con sus brazos, en que pegaba su mejilla a la de él mientras reían, lo que me ha hecho que me detuviera.
Este ha sido un momento de auténtica felicidad.
DAPHNE : ¿Se puede saber qué haces?
RUTH : Yo… esto… ¡perdón!
[Pasos que abandonan la sala, y un portazo].
DAPHNE : La típica periodista, siempre hurgando en la basura de los demás.
RUTH : Lo siento mucho… Oye, seguro que estás cansada. Puedo volver mañana.
DAPHNE : Vale, vuelve otro día. Ahora quita esas pezuñas de mis cosas.
RUTH (voz en off ): Y esta fue la primera entrevista.
Estaba claro que Daphne jugaba conmigo. Se encogió de hombros cuando le hice las preguntas, como para dar a entender que no se tomaba nada, ni siquiera los asesinatos, muy en serio.
Y vi que no quería que ahondara mucho, para no mostrarse del todo.
Sabía que la próxima vez que la visitara, debía contar con un plan mejor para controlar la entrevista.
Ruth abandonó en coche Coconut Grove, tratando de quitarse de encima ese malestar.
Se sentía como el mar un día de viento, agitado en una espuma espesa, llena de burbujas y remolinos.
Fuera había mucha humedad, y se cogió el pelo y se lo levantó de la nuca mientras trataba de hacer unas inspiraciones profundas.
Ruth había fingido que había quedado maravillada con Daphne para conseguir el trabajo, suponiendo que Daphne no quería una periodista que la acribillara a preguntas.
Sin embargo, ahora había un desequilibrio de poder porque Daphne estaba aplastando a Ruth, lo que dificultaría la grabación del pódcast. Los oyentes debían saber quién era Daphne: de niña, como mujer, como madre, y como asesina.
Cualquier otra cosa no sería la verdad. Pero, al parecer, Daphne no estaba interesada en revelar nada.
De nuevo, se preguntó por qué motivo Daphne había confesado.
Tenía una vida cómoda; ¿por qué iba a cambiarla por una celda adusta, bombillas fluorescentes, suelos de hormigón y un mundo que la llamaría monstruo?
¿Por qué querría alguien pasar por el infierno de una investigación criminal si tuviera ocasión de evitarlo?