Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 2
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Fue más o menos entonces cuando decidí grabar un pódcast. Ahora ya nadie lee libros.

Incluso cuando yo nací, la gente ya estaba preocupada por si la radio acababa con la lectura.

En estos tiempos, si no lo resumes todo en una frase a lo sumo, empieza a darles vueltas la cabeza.

Además, yo tenía noventa años; quería que mi historia saliera a la luz en ese momento.

Podría haber hecho un documental o conceder una entrevista televisiva, pero al parecer los pódcast eran la nueva onda.

Y a Harper le encantaban, o sea que estaba muy claro.

Elegir el pódcast, no obstante, sería una decisión difícil.

Varias personas habían contactado conmigo a través de Arthur Tisdale, que me había dado los mensajes de mala gana (a los abogados por norma no les gustan las entrevistas), así que el martes me senté a llamar a cada una de ellas.

Había transcurrido menos de una semana desde que había matado a Warren, menos de una semana desde que había hecho lo más radical que se me ocurría ahora mismo: confesar.

Y la vida ya volvía a ponerse interesante.

La primera persona era una mujer llamada Holly Blue, aunque sospeché que, si echaba un vistazo a su certificado de nacimiento, encontraría algo más anodino.

—Tengo el pódcast Mujeres de armas tomar , y me encantaría dedicarle toda una temporada. La última se centró en Heidi Fleiss, una mujer que dirigía una red de prostitución de lujo en Hollywood. También he grabado un ciclo sobre Bonnie Parker, la de Bonnie y Clyde, ¿sabe?

—Dime, ¿qué es para ti exactamente una mujer de armas tomar? ¿Es algo bueno? Porque parece que se centra sobre todo en putas y asesinas —le planteé entrecerrando los ojos, confundida.

—Una mujer de armas tomar es independiente.

Sabe lo que quiere en la vida y no le da miedo conseguirlo.

A menudo va en contra de lo que la sociedad espera de ella, ya sea por su forma de vestir o por los compañeros de cama que elige.

Puede que no te caiga bien, pero debes respetarla —respondió Holly, que soltó el rollo con voz cantarina, como si se lo hubiera aprendido de memoria.

—Entonces ¿está bien que las mujeres maten para conseguir lo que quieren? —pregunté.

—Bien, quizá matar no —rectificó Holly—, pero ya me entiende… Si quiere llevar ropa provocativa o acostarse con un montón de tíos, nadie debería juzgarla. Y tampoco si le apetece vivir aventuras o convertirse en una forajida.

Colgué, harta de las divagaciones de esa mujer.

Las siguientes personas con las que hablé, un trío que se llamaban Andy, Tobin y Greg, me aborrecieron en cuanto me dijeron que hacían «comedia sobre crímenes reales» y que eran «monologuistas» así como podcasteros.

—Sí, pues contamos historias de crímenes, pero improvisamos y hacemos cachondeo. Hay gente que no lo soporta, porque no nos da miedo ser un poco ofensivos, pero la mayoría de nuestros oyentes están que no cagan con nosotros —alardeó Andy, que parecía que solo supiera comunicarse chocando los cinco.

—¿Qué tipo de bromas haríais sobre mí? —pregunté.

Hubo una pausa mientras reflexionaban. Si hubieran sido listos, le habrían quitado hierro al asunto, me habrían llevado a su terreno. Pero de nuevo, si hubieran tenido un poco de sentido común, habrían sido agentes de bolsa, no cómicos.

—Bueno… acabas de matar a tu novio chocho, o sea que lo más probable es que hiciéramos bromas sobre tu vida sexual, ya sabes, sobre si tu coño estaba lleno de telarañas.

Y le envenenaste, por lo que seguramente simularemos que nos damos cuenta de que nos has echado algo en la bebida y nos entra el pánico porque creemos que nos has drogado y nos vas a violar.

Y luego supongo que sentimos un gran alivio cuando somos conscientes de que nos vamos a morir.

—Sus risotadas estridentes resuenan en el auricular.

—Vale. O sea, que el chiste es que yo soy una vieja y nadie quiere tener sexo conmigo —deduje con acritud—. Muy rompedor.

Por supuesto, no acepté. Cuando ya tienes una edad, debes saborear al máximo el tiempo que te queda. Y no debía dedicar ni un ápice de ese tiempo a escuchar los chistes malos que contaban unos hombrecitos.

La siguiente persona era Gayle MacPherson, una periodista de la NBC que trabajaba para la serie Dateline .

—Así pues, debo decirle que tengo mis dudas sobre pedirle que participe en este pódcast —dijo Gayle para empezar, sin rodeos—. Si nos pusiéramos de acuerdo, debe saber que le haría preguntas muy duras.

—Bueno, es una manera interesante de convencer a alguien —dije.

—Mire, haremos un pódcast sobre usted, tanto si participa como si no —anunció Gayle con tono enérgico—. Hay que reconocer que no es el momento más oportuno para nosotros, ya que acabamos de lanzar un pódcast sobre dos ancianas que asesinaban a hombres para cobrar la póliza de seguro.

—Disculpe las molestias. Tendría que haber confesado el año que viene —señalé, pero ella siguió hablándome.

—Pero no podemos pasar por alto su historia. Es perfecta para Dateline . Y hemos arrasado con nuestros pódcast sobre mujeres asesinas. No sé si ha escuchado «Lo que pasa con Pam» o «Mommy Doomsday», pero han sido un exitazo.

—Felicidades —dije. Tuve la sensación de que me hallaba en una reunión de trabajo, y que estaba a punto de repasar los números conmigo. ¿Acaso no entendía que yo poseía algo valioso? Según Harper, de pódcast sobre asesinatos había a patadas. Pero ¿un pódcast sobre una asesina? Eso era nuevo.

—Entonces ¿le interesa participar? —preguntó Gayle.

—No —respondí.

—Por mí no hay problema —repuso, categórica, y colgó.

La última persona con quien hablé era Ruth Robinson, una periodista de treinta y pocos años que vivía cerca. Jamás había escrito para ningún diario que yo conociera, y parecía tan primeriza en el mundo de los pódcast como yo.

—Y bien, ¿qué tiene pensado para el pódcast?

Porque he tenido ofertas de Mujeres de armas tomar, Morir de risa y Dateline —expuse.

Lo que no le dije es que ya las había rechazado todas.

Si no aceptaba la de Ruth, le tendría que comprar a Harper un equipo de grabación y proponerle que lo probara ella.

Que valdría la pena solo por la cara que se le iba a quedar a Diane.

—¿ Dateline ? Guau, perfecto. De hecho, no tengo nada pensado, que digamos…

—respondió Ruth con voz temblorosa—. Creía que simplemente nos sentaríamos a hablar sobre su vida, y que luego construiríamos una historia a partir de todo esto.

Quiero hacer también un poco de investigación preliminar también, tratar de hablar con otras personas con quien ha tenido relación a lo largo de su vida o incluso con gente experta en… su situación.

—Yo soy la única experta en mi situación —repliqué.

—Oh, por descontado —tartamudeó Ruth, cediendo.

Por suerte, hablábamos por teléfono, de modo que no pudo ver mi sonrisa—.

Supongo que solo quería hacer un pódcast desde su perspectiva.

Hay muchos programas sobre crímenes reales en los que un presentador se limita a contarte un crimen.

¿Pero un programa en el que el culpable cuenta su historia?

Eso sí que es único. —Su franqueza se podía palpar al otro lado del teléfono.

Era como una girl scout vendiendo las típicas galletas de menta Thin Mints.

—¿Cómo lo titularía? —le pregunté, disfrutando con la situación.

—Bueno, pensé que Los asesinatos de Daphne St. Clair podría funcionar, porque usted tiene un nombre muy elegante —respondió Ruth.

—Un poco soso —señalé con voz áspera, poniendo los ojos en blanco—. Pero quiero probar. Y si no va bien, se acabó y punto.

—¿De veras? Caray, muchísimas gracias. ¡Le prometo que no se arrepentirá! —chilló.

—Ven mañana por la tarde —le dije—. Pero no le comentes a nadie dónde vivo. Se supone que debo mantenerlo en secreto por motivos de seguridad.

No había nada especial en Ruth, tan solo parecía mucho menos pesada que otra gente que deseaba divulgar mi historia a las masas y hacer dinero. De hecho, parecía insegura de sí misma, lo que cual me venía bien. Las personas son como los perros; es mejor para todos saber quién está al mando.