Los seis asesinatos de Daphne St. Clair 1 #2
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—No, cariño. Si realmente he matado a todas las personas con las que he fantaseado, sería mucho más prolífica que, digamos, el asesino del Río Verde o el asesino del Estado Dorado.

Ambos fueron asesinos muy famosos, ya sabes —respondí.

Miré a Harper a los ojos y le hice un guiño.

Ella me devolvió la sonrisa y, luego, bajó la vista a su libro, simulando que leía.

—¿Estás diciendo la verdad? —preguntó Diane, que me agarró bruscamente del brazo y acto seguido lo soltó, cuando notó lo flacucho que era. Antes cargaba con una gemela bajo cada brazo, y ahora ella me habría podido partir como un colín. Hacerse viejo es lo peor que hay.

—Bingo. Eh, los padres te pueden dar sorpresas —dije, mientras me invadía una oleada de energía. Me había pasado setenta años contando una mentira tras otra, y era de lo más excitante dejar de hacerlo.

—¡Oh, por Dios! Mamá, pero ¿qué has hecho? ¿Sabes lo humillante que es ser la hija de una asesina en serie? —soltó Diane con tal pito de voz que pensé que se rompería el espejo.

—No, cariño, no lo sé —respondí con serenidad, y le ofrecí mi mejor sonrisa—. Mi madre no era capaz ni de matar una mosca.

—Todo el mundo habla sobre nosotros. Nos hemos dado de baja del club porque con qué cara me voy a presentar. Harper está destrozada, le encantaba jugar al tenis allí —dijo Diane.

—La verdad es que me da igual —intervino Harper. Estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas, leyendo un libro de Harry Potter con una expresión severa—. Odio el club. Todos los demás niños solo quieren hacerse selfis y grabar tik-toks. Qué aburrido.

Sonreí a Harper. Era mi nieta favorita. Me costó bastante llegar a querer a uno de mis nietos.

Tuve que esperar al segundo matrimonio de Diane y a un embarazo subrogado cuando la naturaleza le dijo que se acabó.

Para mi generación, tener un hijo a los cuarenta y ocho era algo insólito, por supuesto, pero al parecer la maternidad tardía parecía ser un símbolo de prestigio entre las amistades de mis hijas; los bolsos Birkin del nuevo milenio.

Me hizo añorar esos viejos tiempos en que las mujeres ricas abrazaban la edad madura pavoneándose con abrigos de piel y perlas, sobreviviendo a base de una dieta estricta de cigarrillos y Manhattans, y desmayándose a las cuatro de la tarde.

Por desgracia, Harper no había heredado mi belleza.

Llevaba unas gafas de cristales gruesos y tenía un pelo castaño grisáceo que le colgaba lánguido alrededor de la cara como unos espaguetis hervidos.

Sus dientes de delante eran también curiosamente largos y redondeados, como los de un conejo.

Sin embargo, era lista y, a pesar de su edad, captó la broma.

Y no tienes por qué ser guapa si has nacido rica.

—¿No entiendes lo que podría significar eso para la carrera política de Reid? ¿Por qué tenías que confesar antes de unas elecciones? —inquirió Rose. Su marido era senador, otro chico más que creía que, por ser de buena cuna, lo tenía todo ganado.

—Sí, supongo que, en realidad, vosotros sois los que os lleváis la peor parte en esto —dije solemne.

—Bueno, al menos eso lo entiendes —murmuró Diane.

—Chicas, no os preocupéis. Mañana a algún político, que no digo que vaya a ser tu marido, Rose, lo pillarán con el rabo fuera y los periódicos se olvidarán de mí.

—¿De verdad lo crees? Mamá, no hay nada que les chifle más a los americanos que los asesinatos. ¡Tu caso ha salido en todas las noticias! ¡La gente ya trata de conseguir información sobre ti y tu familia! ¡Harper me comentó que incluso ha oído tu nombre en un pódcast! —soltó Diane.

—Pódcast… Son como programas de radio, ¿verdad? —pregunté—. Un par ya han contactado conmigo a través de mi abogado, para pedirme entrevistas.

—¿Qué les has dicho? —preguntó Rose.

Me encogí de hombros y me volví hacia Harper.

—¿Tú qué opinas? ¿Debería la abuela grabar los pódcast?

Harper asintió mirándome.

—Sí, deberías ir a My Favorite Murder , ese es el mejor —respondió.

Diane abrió unos ojos como platos.

—¿Y tendré que escoger uno? ¿Un asesinato favorito? —pregunté.

—No, es solo un título —respondió Harper—. ¿Por qué? —preguntó, y los ojos se le iluminaron con curiosidad—. ¿Tienes uno?

—Por supuesto —contesté—. ¿Acaso no es inevitable?

—Pero ¡qué has hecho! —exclamó Diane, dejándose caer en la cama. Hice una mueca cuando chirriaron los muelles. Soy muy especial con los colchones. Nunca dejé que los niños saltaran en ellos cuando eran pequeños—. ¡Harper no va a superar esto jamás!

—Creo que mola un poco, en verdad. ¡Mi abuela es una asesina famosa! —anunció Harper con alegría.

Todos la miramos con mala cara. Incluso a mí me dejó un poco perpleja, y me encantó ese bichito raro.

—Harper, sal y espera en el vestíbulo —ordenó Diane señalando con firmeza la puerta con un enjuto brazo tonificado por el gimnasio.

Harper frunció el ceño y se retiró sigilosamente, encorvada sobre el libro de Harry Potter de modo que nadie pudiera ver su cuerpo de preadolescente.

En cuanto se marchó, Rose se sentó en la cama junto a Diane.

Todavía no me hacía a la idea de que ya eran unas sesentonas, como si mi cerebro se hubiera quedado estancado en esa época en que eran unas niñas y yo tenía treinta y pico.

—¿Por qué lo has hecho, mamá? —preguntó Diane en voz baja.

Me sorprendió la pregunta. Las gemelas siempre se habían mostrado indiferentes, dispuestas a aceptar lo que fuera mientras tuvieran helados y vestidos brillantes.

Podría haberle pegado un tiro a alguien delante de ellas y lo único que se les habría ocurrido preguntar sería si las manchas de sangre se quitaban de la seda.

—Bueno, es complicado —empecé, pensando cómo iba a explicar las pocas opciones que había tenido, cuánta gente me había hecho daño.

Pero Diane me cortó:

—¿Por qué tenías que confesar? Vale, has hecho unas cosas terribles, ¡pero nadie lo sabía! Si ya te falta poco para morirte; ¡te lo podías llevado a la tumba y nos habrías ahorrado este bochorno!

—Sí, lo podría haber hecho —dije asintiendo—, pero a veces simplemente quieres que algo ocurra.

—Y bien, ahora te lo tengo que preguntar. ¿Mataste a nuestro padre? La policía dice que has confesado haber matado a varias personas en diferentes estados. ¿Nueva York es uno de ellos? —preguntó Rose.

—¿De verdad quieres saberlo? —contesté—. ¿O prefieres esperar a oír el pódcast?